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¡Sí, no tiene dedos para el piano!

Sin su correctivo emocional, las personas tienden a sobrestimar sus capacidades y subestimar los riesgos asociados con un cargo para el cual no están calificados.

No presenta problema alguno no tener la capacidad ni los dones que deseamos. Es más, lo normal es que nuestras capacidades sean limitadas, y que sirvamos para hacer bien solo algunas cosas. Es poca gente que es buena para todo. Recuerdo, de hecho, que cuando me invitaban a jugar a la pelota, más de alguien preguntaba ofendido, ¿para qué lo llaman, si saben que “no tiene dedos para el piano”?

Esta pregunta que, en mi caso no pasaba de ser una anécdota divertida, adquiere ribetes preocupantes cuando el convocado no asume su realidad y se cree lo que no es.

Me acordé de esto cuando la máxima autoridad de la República le reclamó a la Banca que eran “coñetes” y les instó a que abrieran su caja crediticia.

La esfera de la vida pública, sobre todo en aquella sublimada en el ejercicio del poder en las altas esferas, suele ser un vicioso crisol en el que convergen tanto grandes y nobles virtudes, como los defectos más perniciosos del ser humano, entre los que destaca la arrogancia o, si se quiere, la ausencia de humildad.

Contrariamente a lo que la narrativa popular supone, ésta no implica sumisión, sino que por el contrario la sabiduría para reconocer las propias limitaciones. La vanidad, el orgullo, y la arrogancia se alimentan por su ausencia. Sin su correctivo emocional, las personas tienden a sobrestimar sus capacidades y subestimar los riesgos asociados con un cargo para el cual no están calificados.

Esta sobrevaloración de uno mismo que suele justificarse con la idea de que “cualquier persona puede aprender”, termina siendo desastrosa cuando camuflada con una seguridad aparente o derechamente falsa, le permite al arrogante y mentiroso hacerse del poder. Poder que logra recurriendo a una retórica, sin sustento y vacía, pero tapizada de eslóganes panfletarios, citas y frases comunes.

Quien, cegado por su arrogancia, y catapultado por la mentira asume un cargo para el que no está preparado, junto con faltarle el respeto al pueblo, y erosionar la confianza y la fe pública que son esenciales para el buen funcionamiento de una sociedad, termina transformando a quien debe ser parte de la solución EN EL PROBLEMA.

Sin embargo, por su penosa arrogancia, cómica soberbia, sobreactuada prepotencia, ausencia absoluta de humildad y carencia completa de sabiduría, el incompetente que oficia como gobernante, o seudo jefe o líder de los acólitos oportunistas que lo secundan, nunca reconocerá que no tiene dedos para el piano.

Al revés, insistirá inevitablemente en moverse en su danza descoordinada de incompetencia. Lo más seguro es que mostrará sorpresa cuando las cosas no resultan como esperaban, o incluso peor, cuando los problemas que no tiene idea de cómo manejar comienzan a apilarse en su escritorio.

Pero estos individuos que son maestros del fingimiento y que interpretan con excelencia la coreografía de la negación, la desviación y el juego de la culpa, se vestirán lo aseguro, de soberbia y echarán mano al escudo de la prepotencia, para marchar orgullosos aferrados a sus tronos de cartón, ignorando la evidencia.

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