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La ironía del poder

No importa cuán desastrosos sean sus mandatos; las culpas siempre recaen en un “otro” abstracto. Culpan sin ruborizarse a gobiernos anteriores, al imperialismo, al capitalismo, desviando así la atención de su evidente inaptitud.

En la escena política contemporánea, uno se encuentra repetidamente atrapado en una red de paradojas frustrantes que invitan tanto a la risa sardónica como a una desesperación angustiosa. Los mismos actores que antes, desde las sombras, levantaban sus voces contra las injusticias del sistema, ahora, una vez en el poder, perpetúan y exacerban las prácticas que solían denunciar. Esta hipocresía extrema no solo es irritante; es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Veamos, punto por punto, cómo estas contradicciones han emergido como el rostro de una kakistocracia que, de un tiempo a esta parte, ha dominado en nuestro país.

  1. Los críticos feroces de los apitutados y de los exorbitantes sueldos gubernamentales, hoy y por las razones que ya sabemos, mutis por el foro. Solo resta preguntarse ¿Cómo pueden mirarse al espejo sin sentirse estafadores del “pueblo” que invocaban, si el sistema que hace poco cuestionaban y prometían cambiar, no solo sigue y peor que antes, sino lo que es más grave se ríe y con sorna de todos nosotros?
  2. El cinismo en el ámbito empresarial resulta sorprendente, puesto que mientras acusan a los empresarios de falta de confianza y de poner obstáculos a la inversión, rechazan por razones políticas y con argumentos que carecen de toda sustancia, proyectos que son aprobados por la institucionalidad. Es un juego cruel de “siga participando” donde las reglas cambian según el capricho del poder, dejando al progreso estancado en un lodazal de retórica vacía.
  3. Claman y reclaman por seguridad, pero indultan y hasta premian a quienes debían haber sido castigados, por saquear, quemar y destruir. ¿Qué mensaje más peculiar para el pueblo víctima, para las víctimas mismas, y para todos los que sufrimos con el estallido delictual?. La ligereza con la que se jugó con la vida y la seguridad de todos nosotros transformó y ha venido transformado la frustración en ira.
  4. En cuanto al apoyo a las fuerzas del orden, la hipocresía se muestra en su forma más descarnada, toda vez que mientras presenciamos con estupor cómo se llora públicamente por los carabineros caídos, constatamos en los hechos, que se aplauden y financian persecuciones judiciales contra aquellos que, en cumplimiento de su deber, se vieron obligados a usar la fuerza. ¿Cuánto es – me pregunto – lo que soporta un pueblo que es testigo de cómo se deshonra su memoria y la de sus defensores?, y ¿Hasta cuánto puede soportarse la hipocresía, la doblez y el cinismo?
  5. Y si de cinismo hablamos, también lo es despotricar contra aquellos que no pagan impuestos mientras los bolsillos se llenan con cargo a las arcas públicas. Es el colmo del absurdo que los impuestos, ese deber cívico que nos prometieron apoyarían el bienestar común, se conviertan en la piñata personal de unos pocos privilegiados.
  6. Se señala con dedo acusador a quienes llevan sus capitales al extranjero, al mismo tiempo que se diseña un entramado fiscal que desalienta cualquier inversión local mediante impuestos que castigan. Este espiral autodestructivo no solo perjudica el crecimiento económico, sino que, en su miopía, asegura un ciclo inquebrantable de mediocridad.
  7. Las leyes laborales y ambientales se convierten en laberintos insostenibles que sólo logran aumentar el costo de hacer negocios formalmente. Es una trampa perfecta, donde los informales quedan bajo una malla de invisibilidad que los deja operar impunemente.
  8. A nivel macroeconómico, la miopía es aún mayor. La insistencia en modelos que han fracasado es estar en una cueva, donde la luz del éxito económico de países como Estonia e Irlanda es ignorada voluntariamente. En su lugar, abrazamos fórmulas obsoletas, condenándonos a una espiral de subdesarrollo y estancamiento.
  9. El enfoque sobre los derechos de las mujeres es igualmente desconcertante. Se proclaman defensores de la equidad, pero solo cuando es conveniente atacar a un adversario político. Cuando el agresor es de “los suyos”, el silencio es ensordecedor. Esta doble moral perpetúa un ciclo de injusticia y desprecia el sufrimiento de las verdaderas víctimas.
  10. En medio de esto, nos llaman a ser “solidarios”, compartiendo nuestros ahorros y trabajo, mientras ostentan un egoísmo indescriptible cuando se trata de lo propio. La solidaridad de boca y con la plata ajena nunca ha llenado estómagos ni ha resuelto necesidades reales.
  11. Respecto a la propiedad, la incoherencia sigue reinando. La condena pública al lucro se disuelve en cuanto se trata de las arcas privadas o de los amigos cercanos. La ética queda enterrada bajo una montaña de hipocresía.
  12. El uso y abuso del Estado corona esta vergonzosa lista. Aquellos que condenaban la corrupción y el tráfico de influencias ahora son autores de manual de esas mismas prácticas, dejando claro que ni la vergüenza ni la decencia son obstáculos en su camino hacia la satisfacción personal.

Finalmente, los responsables de esta odisea de bajezas y falsedades nunca encuentran culpa en sí mismos. No importa cuán desastrosos sean sus mandatos; las culpas siempre recaen en un “otro” abstracto. Culpan sin ruborizarse a gobiernos anteriores, al imperialismo, al capitalismo, desviando así la atención de su evidente inaptitud.

En resumen, lo que tenemos no es una kakistocracia de incompetentes declarados, sino un gobierno poblado de expertos en la manipulación y el desvío de culpas. La habilidad con la que logran disfrazar la verdad, manipulando el discurso público a su favor, es un testimonio de hasta dónde puede llegar la desfachatez en el poder. Es hora de reconocer y enfrentar estas paradojas con una ira fundamentada, exigiendo rendición de cuentas y transparencia verdadera. Solo entonces podremos comenzar a construir una sociedad justa y equitativa, libre de las sombras de la hipocresía política.

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