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Ley de Educación Ambiental Integral: Apuesta por una pedagogía situada

En los años 60 emerge una educación ambiental arraigada en las necesidades de los territorios. Sostenida por la corriente de la educación popular y con raíces en el trabajo de Paulo Freire, cuya premisa fue la del aprender haciendo y en relación con la creación de sentidos locales, en y para los territorios y sus luchas.

El 26 de enero se celebra el día internacional de la Educación Ambiental, esta fecha es particularmente relevante este año. Todos aquellos vinculados al campo de la educación ambiental esperamos –ojalá sin más demora- la promulgación de una Ley de Educación Ambiental que garantice el derecho de formación de niños, niñas y jóvenes en cada escuela de nuestro país.

Para impulsar esta Ley de Educación Ambiental Integral se ha tejido un largo camino. Ya a principios del siglo XX, la poeta y maestra Gabriela Mistral, cuestiona la fase modernizadora de la escuela clamando a favor de una educación fuera del aula y en relación directa con las “cosas de la vida”. Llevó a sus estudiantes a aprender en la naturaleza, convirtiendo la experiencia en conocimiento encarnado, y de esa forma haciendo visibles otras posibilidades de aprender.

En los años 60 emerge una educación ambiental arraigada en las necesidades de los territorios. Sostenida por la corriente de la educación popular y con raíces en el trabajo de Paulo Freire, cuya premisa fue la del aprender haciendo y en relación con la creación de sentidos locales, en y para los territorios y sus luchas.

La progresiva pérdida de una concepción de la educación basada en la experiencia y la acción cotidiana, está relacionada con la concepción moderna de la escuela que se separa a los estudiantes de sus comunidades para dotarlos de conocimientos en función de aquello que -universalmente- “vale la pena saber”. Allí, el conocimiento basado en la experiencia diaria se convierte en conocimiento de “segunda clase”.

Una apuesta clara para acortar la distancia entre las niñeces y la ciudadanía, a través de un aprendizaje situado, construido sobre sus experiencias diarias, sus afectos y necesidades.

No solo lo sostenemos sino que también lo hemos vivido a través de la apuesta de la Escuela básica y especial Novomar, en Puente Alto. Novomar pasó de ser la escuela más vulnerable de la zona sur de Santiago a convertirse en referente que se sostiene -entre otras- en prácticas semanales de interacción de los estudiantes en espacios fuera de la escuela, en la naturaleza, la cultura local y comunitaria. Las prácticas de la “escuela nómada” tienen el potencial de crear un territorio nuevo en el que se amplía el ecosistema de aprendizaje promoviendo la formación de ciudadanía facilitando espacios de implementación de proyectos que son pedagógicos, comunitarios, interculturales y ecológicos simultáneamente.

Las prácticas de la “escuela nómade” tienen el potencial de crear nuevos territorios, un ejemplo de cómo un proyecto educativo puede generar experiencias multidimensionales situadas que apuntan a diferentes objetivos de aprendizaje simultáneamente -derribando las barreras físicas que separan la escuela de la comunidad-. Es ese carácter situado, contextualizado, el que posibilita la emergencia de aprendizajes complejos en tanto se construyen ejerciendo su derecho ciudadano a transformar sus vidas y los espacios que habitan.

En la Escuela Novomar, se trabaja con un grupo de docentes que conforman una “coordinación territorial” que planifica y coordina con actores locales, co-creando las experiencias de aprendizaje nómada. Uno de los nodos de aprendizaje es el Cerro La Ballena dónde los estudiantes son protagonistas de los recorridos y los docentes y actores locales facilitan que la experiencia integre elementos diversos como son el currículo y los saberes locales.

El caso de la escuela Novomar es muy relevante para aquellos que sostenemos que la educación no tendrá norte mientras sea un simulacro de la vida. En ese contexto, una Ley de Educación Ambiental debe asegurar que las infancias y juventudes tengan el derecho a vivir una experiencia integrada de configuración de conocimientos para la acción, desde sus afectos, en la reflexión crítica y en la posibilidad de imaginar y crear otros territorios posibles. Esa experiencia es en síntesis aquella que posibilita enfrentar los enormes desafíos socio-ambientales actuales y de paso, abrir otras perspectivas educativas y oportunidades para transformar el mundo.

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