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Sinsentido

Aparte del estrés absurdo que supuso el proceso, no puedo dejar de preguntarme cuántos recursos se usaron, cuántos se podrían ahorrar e invertir mejor, y sobre todo cuánto podría influir en la salud mental de los chilenos -tan venida a menos, según múltiples estudios- si la vida cotidiana fuera menos enrevesada, menos absurda, más amigable y solidaria.

Llevo más una semana obsesionada con la burocracia en Chile. O más bien con la dificultad para encontrar información clara y transparente que haga más fácil cumplir con trámites sin pasar por tiempos muertos, viajes inútiles, frustraciones innecesarias.

Me explico: como miles de otras personas, cuando a fines de marzo llegó la hora de pagar el permiso de circulación del auto familiar, nos enteramos de que teníamos multas pendientes que había que saldar antes de poder completar la mentada diligencia.

A través del Registro de Multas del Registro Civil constatamos que debíamos un buen montón de dinero por haber transitado sin TAG en el año 2023 por tres comunas del norte de Santiago.

Ni modo, nos dijimos, hay que pagar. Nostra culpa.

Y ahí partí yo, con la mejor de las voluntades, a remediar la falta. Llevaba en la mochila, la buena noticia de la existencia de la ley 21.547, que en casos como este permite condonar el 80% de lo adeudado. La solicitud para aplicarla, sin embargo, no se puede hacer online.

El sinsentido comenzó al intentar entender cuál era el procedimiento a seguir.

Las respuestas son tan numerosas como búsquedas se hagan. La IA dice una cosa, las municipalidades otras, los amigos tienen sus teorías, los taxistas lo han hecho así o asá.

Elegimos un punto de partida y caímos rápidamente en un pozo oscuro, ilógico, un cuento kafkiano donde abundan las contradicciones, pero sobre todo de falta de soluciones.

Recorrimos tres juzgados de policía local, una dirección del Tránsito y una Tesorería Municipal, a la que tuvimos que ir tres veces porque cada vez agregaban un nuevo requisito, mientras nos repetían sin cesar -con orgullo incluso- que cada municipio tiene sus reglas y que solo algunos aplican la ley del 80%-20%, vaya uno a saber por qué.

Nos dieron números de ROL escritos a mano en pedacitos de cartón, nos hicieron firmar documentos y dejar la huella dactilar, nos llenamos de recibos.

Estuvimos de martes a sábado, yendo y viniendo pa-ra-pa-gar; no para solicitar o comprar algo a nombre de un tercero, y cuando por fin lo logramos nos informaron que la actualización del Registro Civil podía durar semanas, si no meses.

Aparte del estrés absurdo que supuso el proceso, no puedo dejar de preguntarme cuántos recursos se usaron, cuántos se podrían ahorrar e invertir mejor, y sobre todo cuánto podría influir en la salud mental de los chilenos -tan venida a menos, según múltiples estudios- si la vida cotidiana fuera menos enrevesada, menos absurda, más amigable y solidaria.

Porque lamentablemente lo que cuento aquí no es una anécdota. Ojalá lo fuera.

En estos días, cada vez que me he subido a un Uber y he vomitado mi trauma burocrático, los choferes no solo han empatizado conmigo, sino que han compartido sus propias experiencias pesadillescas sobre pago de infracciones sobre las que supuestamente han sido notificados, intentos de cambio de compañía de teléfono, o reprogramación de una hora médica en un hospital.

Puede que estemos acostumbrados, y que si no nos enfurece hasta nos riamos al contarlo, pero no es normal que cueste tanto.

No es normal que para llegar a la información necesaria haya que pasarse horas investigando; no es normal que uno entre a una farmacia a comprar con excedentes y le digan ajá, a ver si el sistema funciona sin que se ofrezca una alternativa; ni es normal la falta de prolijidad y coherencia que existe en la señalización de calles y carreteras, donde los nombres de los destinos cambian aleatoriamente exigiendo al usuario saber que cuando ahora dice Vitacura se refiere al Oriente del cartel anterior.

Está tan devaluado el término que ya no recordamos que la burocracia no nació para abrumarnos y que, de hecho bien, llevados los procedimientos que crea son pilares necesarios para la existencia valores democráticos como la justicia y la igualdad.

¿De quién es la responsabilidad? No lo sé. ¿Funcionarios frustrados, empleados mal pagados, reglas arcaicas, sistemas informáticos mal conectados?

Lo cierto es que nos enfrentamos más de lo necesario a abusos de poder, desidia, inflexibilidad, ineficiencia, rigidez.

A un horror que Franz Kafka convirtió en arte en libros como El proceso y La Metamorfosis a comienzos del siglo XX, a tal punto que su apellido derivó en un adjetivo para describir situaciones absurdas, angustiosas.

Hace ya más de 100 años que murió. ¡Qué lento cambian algunas cosas!

Debo admitir que cuando por fin obtuvimos el permiso de circulación derramé más de una lágrima.

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