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Capacitar sin desmontar el estigma: la deuda pendiente con la inclusión autista

Una escuela verdaderamente inclusiva necesita más manuales para manejo de crisis y claros protocolos, pero también necesita procesos reflexivos y colectivos que permitan revisar los miedos, los juicios y las expectativas que el mundo adulto proyecta sobre los cuerpos y mentes no normativos.

Ley de Inclusión. Ministerio de Educación.

En mayo de 2025 se cumplen diez años de la Ley de Inclusión Escolar. Desde entonces, Chile ha avanzado en regulación: se prohibió la selección y el copago, se ha trabajado por fortalecer los Programas de Integración Escolar y se promulgó la llamada Ley TEA, que mandata al Estado a garantizar la inclusión de estudiantes autistas. Pero las transformaciones normativas no bastan si no se abordan las raíces culturales de la exclusión. El reciente proyecto de ley del diputado José Miguel Castro —que propone capacitaciones periódicas sobre desregulación emocional en estudiantes autistas— vuelve a una fórmula conocida y limitada: formar técnicamente sin transformar creencias.

Las investigaciones en psicología social y educación han sido claras: el estigma hacia las personas con discapacidad intelectual y autismo no desaparece con capacitaciones aisladas. Estudios en el área de estigma muestran que incluso profesionales de la salud y la educación mantienen actitudes implícitas negativas hacia estas poblaciones, aun cuando declaren tener posturas inclusivas. Es decir, el prejuicio no es solo individual ni consciente, sino estructural y persistente.

En el sistema escolar chileno, esto se traduce en una sospecha constante hacia la neurodivergencia. Estudiantes autistas son percibidos como disruptivos, impredecibles, riesgosos y francamente violentos, especialmente cuando presentan desregulación emocional. Pero la desregulación no es violencia, y el problema no está en el estudiante, sino las fallas sistemáticas para determinar qué tipo de apoyos requiere cada estudiante y avanzar en la garantía de sus derechos a través de la entrega de ajustes razonables.

Una escuela verdaderamente inclusiva necesita más manuales para manejo de crisis y claros protocolos, pero también necesita procesos reflexivos y colectivos que permitan revisar los miedos, los juicios y las expectativas que el mundo adulto proyecta sobre los cuerpos y mentes no normativos. Capacitar sin reconocer que hay estigma en el corazón del problema es como intentar apagar un incendio sin mirar dónde comenzó el fuego.

¿Queremos inclusión? Entonces debemos dejar de medicalizar la diferencia y comenzar a transformar las relaciones pedagógicas. Escuchar a las personas autistas, incluir sus voces en el diseño de apoyos, y reconocer que la exclusión parte muchas veces de quienes enseñan, no de quienes aprenden.

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