Una famosa, aunque reciente película inglesa cuenta las aventuras del fonoaudiólogo encargado de hacer hablar a Jorge VI de Inglaterra. Este, hermano menor del que debía por lógica reinar, era un ser tímido y hogareño que sufría de un persistente tartamudeo. Juan Antonio Kast no sufre de ningún impedimento visible para expresarse. Su tono es justo y equilibrado, aunque monocorde, su pronunciación perfectamente estándar. Su problema no está en la dicción sino en la afición incurable que tiene de salirse del libreto. Tampoco estas salidas tienen nada de espectacular, solo que con su germánico sentido común siempre escoge mal el ejemplo que es más fácil de rebatir, la idea peregrina más peregrina de todo.
Es para evitar este extremo que sus jefes de comunicaciones y su equipo más cercano se reunió durante días a crear un discurso bien amarrado, coherente, hilado, largo pero carente de la letanía de cifras y logros que vuelven interminable estas alocuciones. Entre medio encontraron una perla. Remontaron hacia la etimología de la palabra emergencia, para relacionarla con la palabra emerger, sugerir, flotar, resucitar también.
Todo el discurso se basó en esta idea central. La campaña agitó todos los espantos que la sociedad chilena quiso temer. El candidato prometió para cada uno de esos espantos soluciones rápidas, mágicas, instantáneas. El presidente en cambio dice no solo que esas soluciones mágicas no existen, sino que los problemas mismos no son tan urgentes, tan infinitos, tan enormes como parecían. La inmigración no es una cruz que lleva a Chile sobre sus hombros, el crimen organizado sigue siendo grave pero los planes para combatirlo siguen siendo graduales, consensuados, realistas. De todas las urgencias queda solo una, la del crecimiento económico, para el que tampoco se tiene una receta mágica, o breve, o infalible
Solo una intuición, solo una idea.
El discurso del presidente Kast fue parco en cifras y en medidas para insistir en dos o tres ideas que parecen ser las suyas: el esfuerzo, la voluntad, despertarse temprano, hacer la pega. El discurso sugiere que es exactamente lo que no hizo el gobierno anterior. ¿Y los que lo eligieron? ¿Y los que antes votaron por la convención constituyente? ¿Y los que antes salieron a la calle masivamente el 18 de octubre?
¿Pertenecen ellos a ese grupo de chilenos que “no hacen bien la pega”, los que no saben cuáles son sus responsabilidades?
Detrás del discurso de Kast y más aún detrás, o delante, del discurso de Quiroz, flota esta idea: la de unos chilenos que quieren que Chile avance y de otros que quieren que retroceda. La de los que viven del estado y los que viven en contra del estado. Los que se acostumbraron a beneficios y garantías del primer mundo viviendo en el tercero, y los que se han dedicado a proteger su patrimonio de las andanadas del estado.
Quiroz fue más explícito. Donde Kast habló de esfuerzo y madrugadas, el ministro habló de disciplina fiscal como si fuera un valor moral, casi una virtud teologal. Juntos forman un díptico coherente: el padre que despierta temprano y el contador que anota lo que gastaste mientras dormías.
Se trata del error inverso al de Salvador Allende, que al preguntársele si era el presidente de todos los chilenos respondió que antes que nada era el presidente de los trabajadores. Kast no dice nada parecido, pero el desdén con que miran él y Quiroz a los millones que no podrían respirar sin ayuda del estado, la manera de tratar los beneficios sociales como zanahoria y palo, recuerda esa misma división: los chilenos que sirven a Chile y los que se sirven de él.
Tal como lo hicieron con el rey de Inglaterra, los expertos en comunicación del segundo piso, que no en vano lideraron la campaña política más exitosa de la historia reciente de Chile, hicieron de los defectos del presidente su principal virtud. Su incapacidad de darle dramatismo a sus palabras, su visión simple del mundo y de las cosas, su buena voluntad mezclada con un inesperado fanatismo le permitió lanzar varias cuñas, varias provocaciones, varios exabruptos que la oposición, demasiado ocupada en gritar antes que escuchar, no notó. No hubo mea culpa alguna por la bochornosa instalación de su gobierno.
Ninguna explicación a la falta de plan, de programa, de políticas que no sean del día a día. No se habló de Irán, no se habló del Papa y sus advertencias sobre la IA, la zanja pasó a mejor vida, la cuenta de las pobres cifras económicas se la endilgó enteramente al gobierno anterior.
No hubo un gran proyecto, una idea inevitable, un horizonte de esperanza, pero sabiamente el presidente y su equipo convirtieron esto en una ventaja. Chile sin horizonte de esperanza se mira en un lejano siglo XIX, el de Montt, de orden, paz, familia y progreso. Todos tenemos una casa, o el rincón de una casa, en la ciudad, en el campo o en la playa en que fuimos felices sin preguntarnos cómo seguir siendo. Un mundo en que los abuelos daban las órdenes y las órdenes no se contradecían porque los abuelos sabían. A ese mundo recurrió, con esa limpidez de quien no conoce la angustia, de quien la niega de entrada, el presidente Kast.
Kast hace lo mismo. La pregunta no es si su discurso fue bueno, sino cuánto tiempo puede gobernar un país con la sola virtud de no prometer nada. Por ahora le alcanza. La oposición todavía no sabe que perdió.