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Buenistas

Y si además de honestos fuéramos elegantes y bondadosos, como propone Borges emocionado al caer en la cuenta de que la muerte ridiculiza cualquier pretensión de superioridad, pondríamos nuestra inteligencia al servicio de la razón, y no de nosotros mismos.

En una de las muchas entrevistas que dio Borges y que hoy circulan por las redes, dice que cada vez que muere alguien, piensa: “No me hubiera costado nada ser más bueno”. Ya está viejo y como el emperador Adriano en la novela de Margarite Yourcenar, parece haber llegado a esa edad en que “la vida es una derrota aceptada”. Considera una mezquindad y una descortesía pretender tener siempre la razón. Tener la razón en las discusiones constituiría -según él- una crueldad, un acto de soberbia. “Uno debe tratar de no tener razón”, asegura.

En la última escena de Rembrand (1936), la película dirigida por Alexander Korda que narra la vida de uno de los pintores más extraordinarios de la historia, Charles Laughton, quien lo encarna, se suma en plena calle a una patota de artistas jóvenes y snobs que andan de fiesta y que tomándolo por loco lo invitan a una taberna para divertirse a costa suya. Ellos visten a la moda, ellas lucen sombreros alones con plumas de colores que no se distinguen porque el filme es en blanco y negro, hablan fuerte y es evidente ese aire de superioridad tan propio de las elites intelectuales y artísticas de todos los tiempos. Rembrand, en cambio, que ya había vivido las de Kiko y Caco, amores, traiciones, miserias y glorias, a esas alturas maestro de maestros y genio indiscutido, llevaba la tenida de un tendero y en la cabeza un pañuelo con cuatro nudos, como los que usaban antes los albañiles y que acá llevó a la televisión Don Fermín, el personaje de Ronco Retes.

Ya en la mesa de la taberna, la pandilla de bohemios brindó “por la belleza”, “por la mujer”, “por la juventud”, “por el amor”, “por el dinero” y “por el éxito”.

Y tú, abuelo, tú no has brindado por nada- le dijo una de las muchachas provocando las carcajadas de todas las otras que, al igual que ella, esperaban de él un nuevo insumo para sus burlas.

Las palabras del rey Salomón -dijo él entregándose al juego y descomponiéndolo- son las mejores que conozco: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Y mientras todos reían a mandíbula batiente festejando las rarezas de su juguete humano, agregó: “He visto todas las obras que se han hecho bajo el sol, y todo es vanidad y vejación del espíritu… y aquél que acrecienta su sabiduría, acrecienta el dolor”.

Como ya estaban algo borrachos, pasaron rápido de la perplejidad a la chacota, y todavía se hallaban festejando el misterioso ingenio del hombrecito cuando un gentilhombre entró a buscarlo en la cantina y lo llamó por su nombre. Entonces los snobs enmudecieron, las damiselas se disculparon y Rembrand, procurando seguir siendo el mismo insignificante al que ahora trataban con reverencia, se despidió deseándoles seguir divirtiéndose, y no olvidar las palabras del rey Salomón.

“Si fuésemos honestos por naturaleza”, escribió Arthur Schopenhauer, “intentaríamos simplemente que la verdad saliera a la luz en todo debate, sin preocuparnos en absoluto si ésta se adapta a la opinión que previamente mantuvimos, o a la del otro”. Si el argumento viene de una autoridad reconocida o de un pordiosero. Del compañero de partido o del adversario político. Y si además de honestos fuéramos elegantes y bondadosos, como propone Borges emocionado al caer en la cuenta de que la muerte ridiculiza cualquier pretensión de superioridad, pondríamos nuestra inteligencia al servicio de la razón, y no de nosotros mismos. Pero estas son cosas de las que hoy, como cantaba Luca Prodán, es mejor no hablar. Son descartadas sin más bajo el epíteto despectivo de “buenistas”.

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