Hablamos más que nunca, pero escuchamos cada vez menos. En política, el fenómeno se expresa de una manera muy concreta: tendemos a pensar la comunicación como emisión. Un líder habla y los demás escuchan. Como si bastara con un discurso bien armado, un mensaje claro o una mejor explicación.
Esa misma idea aparece también en buena parte del debate público. Cuando se explican las dificultades políticas como “problemas de comunicación”, muchas veces se apunta solo a la forma en que un mensaje fue presentado: si faltó claridad, si hubo errores de tono, si no se explicó bien o si hubo que corregir demasiado. El supuesto de fondo es el mismo: habría un mensaje correcto, ya definido, que simplemente no logró llegar bien a sus destinatarios.
Por el contrario, la comunicación política funciona como puente. Permite que las decisiones, los argumentos y las preocupaciones circulen entre la autoridad y la ciudadanía; y también entre gobierno y oposición. La autoridad debe explicar lo que hace, por supuesto, pero también debe leer, oír e incorporar lo que ocurre fuera de sus propios equipos y diagnósticos. Cuando la comunicación política se vuelve monólogo, y la discusión un litigio, aumenta la sensación de que el poder no escucha.
El resultado es conocido: desconfianza, irritación, abstención, polarización y una mayor disposición a castigar a quienes parecen incapaces de mirar más allá de su propio diagnóstico. Esa distancia no queda limitada a un gobierno o a un partido: termina proyectándose sobre el sistema político completo.
En la relación con la oposición ocurre algo parecido. Declarar voluntad de diálogo no crea, por sí solo, las condiciones para dialogar. Y eso vale en ambos sentidos: también desde la oposición, estar disponible para conversar exige algo más que decirlo. Supone, entre otras cosas, no convertir cada frase del contendor en una prueba de mala fe, no leer cada error como una oportunidad de ventaja inmediata y no llegar a la conversación con la conclusión escrita de antemano.
No faltará, por supuesto, el lector que a estas alturas ya tenga preparada la sentencia: que todo esto no es más que una forma elegante de justificar la cobardía, la falta de determinación o esa supuesta tibieza que explicaría, con una sonrisa burlona de por medio, “por qué estamos como estamos”. Pero esa reacción confirma precisamente el problema. Porque es justamente al revés: escuchar no es señal de debilidad, sino de una identidad política suficientemente definida como para no sentirse amenazada por cada desacuerdo. El sano escepticismo, la disposición a admitir que los otros pueden tener parte de razón y la conciencia de que nadie alcanza a verlo todo no nacen de la indefinición, sino de entender que los problemas públicos son demasiado complejos para ser vistos desde un solo lugar. Hay ahí una forma de humildad epistémica que la política suele despreciar, pero que resulta indispensable para gobernar una sociedad plural.
Por eso, hoy necesitamos mucho más que mensajes claros. Necesitamos liderazgos capaces de escuchar. Porque solo desde esa escucha la política puede volver a construir decisiones que hagan sentido más allá de quienes ya estaban convencidos.