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Carlos Williamson: “La gratuidad ha tenido sus costos”

El rector de la Universidad San Sebastián regresa al cargo para impulsar a la casa de estudios hacia una nueva etapa. Conspicuo escritor de columnas y cartas al director, el economista pone énfasis en temas como la duración de las carreras, la gratuidad, la violencia estudiantil y la importancia de la enseñanza de las humanidades.

Cualquier lector atento a la página de Opinión de “El Mercurio” conoce el nombre de Carlos Williamson. Prácticamente no hay mes en que no aparezca una carta o columna suya opinando sobre diversos temas o polemizando con firmas de la talla de Carlos Peña, Álvaro Fischer o Axel Kaiser. Tanto así, que en 2019 publicó un libro de 500 páginas que reunía sus opiniones, titulado Sociedad Civil, Estado y Educación. Según dice, ya tiene material para un segundo tomo. Carlos Williamson sí tiene a quién escribir.

Sentado en su oficina, a la cabeza de la rectoría de la Universidad San Sebastián —cargo al que regresó el 1 de abril tras haber ejercido un primer período entre 2018 y 2022—, el economista, que anteriormente fue vicerrector de Finanzas de la PUC, afirma que hoy la USS es una universidad diferente a la que dejó hace cuatro años. En sus palabras, es una institución mucho más madura, algo que, junto con el proceso de acreditación que vive la casa de estudios, fueron motivos de peso para volver. El otro factor, dice, es la decisión de darle un espacio al área de formación humanista para formar buenos profesionales y ciudadanos.

“Hoy, en el mundo laboral, cuando te contratan te preguntan si tuviste cursos de ética. Lo que nosotros estamos implementando en este momento son cursos de antropología que tienen que ver con cómo son el hombre y la mujer en el siglo XXI, cómo ha ido transcurriendo el desarrollo del ser humano y cómo se inserta una persona en una sociedad que tiene ciertas características. Con el tema de la inteligencia artificial, que está irrumpiendo con una velocidad y una fuerza gigantescas: ¿qué significa la ciudadanía?, ¿qué significa tener una especie de espacio civilitario? Todo eso tienes que entregarlo de forma tal que el ingeniero, el médico o el abogado lo internalicen como propio, porque en el trabajo se lo van a pedir. En Estados Unidos, la gran mayoría de quienes llegan a CEO estudiaron filosofía, porque te da un mayor conocimiento del mundo”, señala.

—Se ha dicho que la educación dejó de ser un vehículo efectivo de movilidad social en Chile. ¿Cuáles son, a su juicio, los principales factores que llevaron a este estancamiento en la última década?
“Sería muy presuntuoso decir que la educación superior ha dejado de ser un vehículo de movilidad social. Sí han ocurrido ciertos hechos que han ido ralentizando este vehículo. Nosotros tuvimos un crecimiento muy vertiginoso hace 20 o 30 años, al mismo tiempo que la universidad comenzó a masificarse y a transformarse en un tremendo vehículo de movilidad social. Hay que recordar que, en 1990, teníamos 150 mil estudiantes en la educación superior. Básicamente eran estudiantes que estaban en universidades tradicionales y en poquitas universidades privadas que estaban tratando de sobrevivir. No existía la educación técnico-profesional. Hoy tenemos 10 o 14 veces más estudiantes.

“Este proceso se ha detenido por varias razones. Tenemos una tasa de cobertura alta, con muchos estudiantes que quedan a mitad de camino. La PAES la rinden 240 mil estudiantes, pero ingresan a la educación superior entre 180 mil y 190 mil. Quedan al margen 50 mil estudiantes que nunca se sabe dónde están. ¿Qué hacemos con ellos? La movilidad social se acaba cuando se corta en 500 puntos la PAES y no sabes qué pasa con el resto. Ese es un sector completamente invisibilizado en este país. Hay que partir de la base de que la movilidad social tiene necesidades y brechas que no han sido cubiertas. Yo creo que falta mucho por hacer. Me preocupa que tenemos un país que no crece mucho y en donde no hay mucha empleabilidad, porque la empleabilidad para quienes están en el sistema tampoco se asegura al momento del egreso”.

—La falta de crecimiento y oportunidades ha repercutido en la violencia escolar. ¿Qué le parecen las medidas expuestas en el proyecto Escuelas Protegidas?
“Voy a partir antes, porque me parece que hay algo relacionado con la violencia escolar que es el uso de dispositivos tecnológicos dentro de los colegios. El hecho de prohibir los celulares, al menos en el sistema público, me parece una medida absolutamente necesaria. Su utilización lo único que genera es tensión dentro de los colegios, distorsiona la formación y hace perder tiempo a los profesores; es decir, es inmanejable. Me parece muy bien y creo que apunta en la dirección correcta.

“Nosotros creemos que la violencia escolar tiene sus raíces en la soledad de los jóvenes. Tiene que ver con la falta de un patrón de conducta que viene desde la casa. La desintegración de la familia en Chile es un hecho real. Las medidas que se toman a través de estas escuelas protegidas no atacan la raíz del problema, que tiene que ver con cómo estamos educando y cómo estamos formando a los niños desde la educación preescolar. Ya los primeros índices de violencia se manifiestan en la educación básica y se exacerban en la educación media. Hay un fenómeno que también se está produciendo dentro de la educación escolar, que es lo que algunos han llamado la democratización. La democracia tiene ciertos límites y no puede penetrar en la educación. Aquí no se trata de que los alumnos elijan a los profesores, directivos o rectores. Los estudiantes son personas que están en proceso de formación”.

—¿Cree que el debate público ha simplificado excesivamente este fenómeno al enfocarse exclusivamente en las medidas de control y sanción?
“Llevamos más de 10 años discutiendo sobre sala cuna universal. En Chile, solamente el 18% de los niños de uno o dos años recibe la estimulación que necesita dentro de estos espacios, mientras que la mitad de los niños en ese rango de edad ni siquiera va a la sala cuna. A su vez, un tercio de los niños pequeños asiste a establecimientos públicos donde se puede fiscalizar, pero no hay ningún antecedente que diga cuál es la calidad de lo que reciben en las salas cuna a través de estas entidades públicas. ¿Qué pasa en el sector privado? Nadie sabe, porque no hay acreditación. El tema es mucho más profundo y no lo estamos asumiendo como corresponde. La discusión pública es muy reduccionista, porque estamos atacando los efectos y no las causas”.

—Mucho se habla de lo mal preparados que llegan los estudiantes que egresan de la educación secundaria. Si la PAES mide contenidos solo hasta segundo medio, ¿qué sentido académico cumplen hoy tercero y cuarto medio dentro del sistema escolar chileno?
“Mínimo. Para todos los efectos prácticos para entrar a la universidad, la educación se acaba en segundo medio. La falta de preparación de los estudiantes para ingresar a la educación superior pasa porque la formación que entregamos en la enseñanza secundaria tiene enormes carencias. Yo propondría que tuviésemos en cuarto medio una especie de propedéutico, como en algún momento lo tuvo la Universidad de Santiago, que permita nivelar conocimientos para que esos estudiantes se puedan integrar inmediatamente”.

—Finalmente, lo que hace la universidad es suplir vacíos fundamentales que debieron haberse resuelto en la educación secundaria.
“Debe existir mayor fluidez. Necesitamos un sistema educacional más flexible, que reconozca distintos talentos y trayectorias. El modelo alemán es un buen ejemplo, ya que ofrece caminos universitarios y técnico-vocacionales. Porque allá todos tienen cabida, mientras que acá hay un grupo que queda fuera de todo. Además, en otros países, como Inglaterra, la educación secundaria te habilita para el mundo profesional, incluso sin entrar a la educación superior. Hay modelos que uno debe tratar de incorporar y que son más bien anglosajones. Tenemos que abrir un poquito la mente para ver otras alternativas y no tener estudiantes que no llegan a ningún lado y otros que entran y fracasan”.

—¿Cómo debiesen ser las carreras en Chile?
“Debería haber una mayor articulación entre el pregrado y el posgrado. ¿Eso qué significa? Muy simple. El ideal sería que los alumnos en las universidades estudiasen seis años, como ocurre en Estados Unidos, donde se cursan cuatro años de college más dos años de posgrado. Eso te permite entregar una formación general en los primeros dos años. Luego vienen dos años de semiespecialización y, finalmente, dos años de especialización completa en el posgrado. Entre medio les entregan el título. Ese es el modelo del futuro. Hay que articular, y esa articulación hoy no está presente”.

—Otro tema que también está muy en boga es la gratuidad. El gobierno ha planteado congelar por dos años el ingreso de nuevas instituciones al sistema para contener el gasto fiscal. ¿Cree que esta medida es correcta o afecta la equidad entre instituciones?
“Primero, yo soy muy contrario a cualquier tipo de discriminación, pero hay que aclarar que a la gratuidad ya entraron todas las universidades e institutos que tenían que entrar. Por lo tanto, creo que es una medida que no tiene ningún efecto práctico. Por otro lado, el tema de sancionar con quitar la gratuidad a alumnos de educación media formalizados por algún tipo de delito no me gusta, porque estamos hablando de jóvenes. Ahora bien, el estudiante universitario que está con gratuidad y comete algún delito debería perderla y pasar a tener un crédito. No es que se vaya del sistema”.

—Según las proyecciones oficiales, los ahorros de estas medidas se verían recién en 15 o 25 años. ¿Tiene sentido político y social restringir hoy la gratuidad por efectos fiscales de tan largo plazo?
“Yo mantendría la gratuidad solo hasta el sexto decil. Primero, porque Chile no está en condiciones de seguir aumentando el gasto fiscal, porque simplemente hay otras necesidades y otros usos de esos recursos en áreas como la educación escolar. Rescato del proyecto posponer el ingreso de los deciles VII, VIII y IX, pero eso tiene que estar complementado con un rediseño del CAE, porque tenemos problemas con un sistema que dejó de funcionar. El CAE actualmente no funciona como corresponde”.

—En una de sus cartas usted plantea que Chile es hoy un país más desarrollado, pero que “se siente peor”. ¿En qué momento cree que comenzó a producirse esta desconexión entre progreso material y bienestar subjetivo?
“Aquí se habla mucho políticamente de la época de los consensos, de la búsqueda de acuerdos, de una sintonía política mucho más afincada en una mirada común del desarrollo del país, que más o menos se mantuvo hasta el término de la Concertación, en 2010. Luego encontramos una especie de escalada permanente que ha durado 15 años. Tenemos un problema: el país está polarizado. En parte, eso obedece a un país que dejó de crecer. El crecimiento económico ha dejado de generar una cantidad importante de empleo. Eso produce mucha frustración entre personas que justamente egresan de la educación superior, porque la educación superior siguió creciendo y el país comenzó a detenerse. El país al dejar de crecer genera más desempleo y, por lo tanto, frustraciones”.

Carlos Williamson agrega que “a eso hay que sumarle el componente político, con la pérdida de una mirada común de la sociedad y del país. Esta polarización que se ha ido produciendo en términos políticos ha afectado mucho la convivencia y genera un ambiente tóxico que se asocia a esta sensación de malestar subjetivo. La primera señal de una exacerbación de la ideología en la conducción del país y de la política ocurre con los movimientos estudiantiles de 2011 y 2012, cuando se toman las calles como preanuncio de lo que vendría después. Dicho clima atraviesa el segundo gobierno de la presidenta Bachelet, donde la mayoría en el Congreso permitió aprobar reformas, especialmente en el plano educacional, que no han logrado demostrar, después de 10 años, que fueran indispensables.

“Actualmente, la gratuidad está consumiendo 2.500 millones de dólares al año. Con esos recursos se podría resolver la mitad de las listas de espera y abordar el problema de los cuidadores, que es un fenómeno invisibilizado. Los abuelos viven más. Siempre hay un tío, una tía, un abuelo o una abuela viviendo ahí. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Quién los cuida? ¿Tenemos los remedios? ¿Quién se los da? Son miles de personas; es una capa gigante de la población. Entonces, hay que hacerse cargo, porque el malestar va de la mano de la realidad del país, con un crecimiento demográfico de los adultos mayores y sin ninguna política que apunte efectivamente a atacar el problema.

“El problema fiscal está asociado justamente a un país que no crece y que no tiene recaudación. El país tiene los objetivos distorsionados y el tema de la gratuidad ha sido un tremendo peso fiscal. La gratuidad ha tenido costos de todo tipo, pero además tiene que ir de la mano con una reforma al CAE que es indispensable. El gobierno anterior, hay que decirlo, decidió finalmente hacer una reforma del CAE que dejó todos los colgajos que eran políticamente incorrectos. Hay que corregir los problemas que tiene el CAE y condonar a aquellas personas que merecen ser condonadas, porque el CAE tuvo un problema de diseño original que no fue culpa de los estudiantes, sino de cómo se implementó”.

—¿Le preocupa la reactivación del movimiento estudiantil?
“Todavía estamos en una situación de remanso expectante. Me preocupa, obviamente, que en las últimas elecciones de dirigentes estudiantiles aparezcan nuevamente discursos de salir a las calles. En este momento hay un movimiento de estudiantes secundarios que está protestando por el recorte en educación, pero si les preguntas qué se recortó, no tienen idea. Hay un aprovechamiento político y, en ese sentido, hay que poner nombre y apellido. Aquí hay un sector que sabe que esta es una tremenda oportunidad. La última vez tuvo consecuencias. Sin embargo, apelo a la responsabilidad de los estudiantes. Afortunadamente, asumo como rector de una universidad que se preocupa mucho de conversar y estar con ellos. Apelamos al buen sentido y a la lógica que debe estar presente en el estudiante que realmente quiere cambiar su proyecto de vida. Ojalá eso fuera extensible a todos los estudiantes, pero eso no es posible y vamos a tener que enfrentar la realidad como venga”.

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Felipe Ramos


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Sicóloga, historiadora, investigadora de la Fundación para el Progreso, panelista en Radio Agricultura y columnista en El Líbero. Tiene 29 años, admira a Margaret Thatcher y niega la existencia del patriarcado. Desde una vereda liberal clásica, habla de victimismo, infantilismo y de una derecha que, según ella, ha sido intelectualmente floja. Con o sin acuerdo, ya es hora de saber qué piensa, dice y escribe.

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