A poco más de sesenta días de iniciado el gobierno del Presidente José Antonio Kast, comienza a terminar la etapa más compleja para toda administración: la instalación. Ese breve período donde todavía es posible atribuir errores al aterrizaje, al desconocimiento del aparato público o a las inevitables descoordinaciones del inicio. Pero ese crédito político se agotó. Y lo que hoy queda a la vista no son solo errores aislados, sino un problema más profundo de diseño político y comunicacional.
Desde el primer día, el gobierno apostó por una estructura extremadamente centralizada. Un segundo piso obsesionado con controlar cada palabra, cada vocería y cada señal pública. La lógica parecía simple: evitar errores mediante disciplina total. Pero la política tiene una ironía cruel: cuando todo se controla demasiado, nadie se atreve a decidir. Y cuando nadie decide, los errores se multiplican.
Lo mismo ocurrió con el diseño del gabinete. Ministros concebidos solo como ejecutores sectoriales, de órdenes emanadas de La Moneda como único centro del poder político. Mucha concentración, poca autonomía y escaso margen para reaccionar con rapidez. El resultado ha sido un gobierno donde demasiados esperan autorización para hablar y otros simplemente prefieren guardar silencio antes que equivocarse.
Y los errores comenzaron a acumularse.
El más evidente fue la confusa comunicación sobre las medidas para enfrentar el alza de los combustibles en medio de la crisis internacional provocada por la guerra en Irán. Durante horas coexistieron versiones distintas sobre ayudas, plazos y beneficiarios. Parlamentarios oficialistas defendieron medidas que después fueron corregidas desde La Moneda. Nuevamente tuvo que intervenir el propio Presidente Kast para ordenar el mensaje. Cuando el Presidente debe salir permanentemente a aclarar lo que su gobierno quiso decir, el problema ya no es comunicacional: es político.
Algo similar ocurrió con la agenda de seguridad y los episodios de violencia estudiantil. Mientras algunos ministros prometían máxima firmeza, otros relativizaban el alcance de las medidas. El resultado fue un gobierno hablando con varias voces sobre el principal tema que preocupa a los chilenos. Y en política, cuando un gobierno emite señales contradictorias sobre seguridad, lo que se transmite no es prudencia: es inseguridad.
También aparecieron tensiones innecesarias en materia económica. Discursos de austeridad convivieron con anuncios poco claros sobre gasto público y nuevas prioridades presupuestarias. Un flanco absurdo para un gobierno que llegó prometiendo orden, responsabilidad y foco en las urgencias reales.
La Moneda corre el riesgo de transformarse en una sala de espera donde ministros, subsecretarios y parlamentarios aguardan señales antes de actuar. Y en política, los vacíos de conducción nunca permanecen vacíos: se llenan de rumores, improvisación y desgaste.
La etapa de instalación terminó. Gobernar exige algo más difícil que controlar el mensaje: exige conducción política, equipos empoderados y capacidad para anticipar conflictos antes de que exploten públicamente. Porque los gobiernos no solo se desgastan por sus errores. También se desgastan cuando transmiten que nadie sabe con claridad quién está tomando realmente las decisiones.