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Los nuevos baasskap: cuando Silicon Valley sueña con el apartheid

El baasskap original colapsó, pero sus hijos espirituales en Silicon Valley parecen determinados a construir su versión 2.0. Mientras tanto, debemos reconocer esta ideología por lo que es: el viejo supremacismo con algoritmos nuevos, el apartheid actualizado para la era espacial.

La palabra baasskap —literalmente “dominación del jefe” en afrikáans— evoca uno de los capítulos más grotescos de racismo del siglo XX. Sin embargo, su filosofía fundamental resurge hoy, maquillada con el brillo del silicio y las promesas de Marte. No es coincidencia que tres de los tecnolibertarios más influyentes —Elon Musk, Peter Thiel y David Sacks— compartan raíces sudafricanas. Han resucitado, conscientemente o no, la misma lógica perversa: una élite autoproclamada superior debe gobernar sobre las masas incapaces.

El apartheid sudafricano justificaba la segregación mediante una supuesta superioridad civilizatoria. Los tecnolibertarios han reemplazado la raza por el coeficiente intelectual y la capacidad emprendedora. Thiel, nacido en Frankfurt pero criado entre Sudáfrica y California, lo expresó con claridad quirúrgica: “Ya no creo que libertad y democracia sean compatibles”. Thiel ha bebido de fuentes intelectuales reveladoras: Leo Strauss y Carl Schmitt. De Strauss toma la idea de las “nobles mentiras” necesarias para gobernar a las masas. De Schmitt, su crítica al liberalismo político. Sacks, predica el evangelio de la “meritocracia radical”. Y Musk, criado en Pretoria durante el apartheid, materializa estas ideas con un giro peculiar.

Musk añade su propio toque: no es exactamente un enemigo de toda democracia, sino específicamente de la representativa. En su lugar, propone una democracia directa… pero solo para comunidades homogéneas.

Su proyecto marciano revela esta visión con claridad cristalina. Musk imagina colonias donde los habitantes votarían directamente sobre las decisiones —una aparente utopía democrática—. El truco está en los detalles: estas comunidades serían cuidadosamente seleccionadas, homogéneas en capacidad cognitiva y valores. Es el volkstaat del apartheid reimaginado: segregación voluntaria de los “productivos” que pueden autogobernarse, dejando atrás a las masas “improductivas” que necesitan representantes porque son incapaces de decisión directa.

La operación intelectual es elegante en su perversidad. La democracia representativa es el enemigo porque permite que los “inferiores” elijan representantes que redistribuyan el poder. La democracia directa en comunidades homogéneas es la solución porque garantiza que solo los “superiores” tomen decisiones sobre su propio destino. Es el sueño del baasskap: cada grupo en su lugar, gobernándose según su “capacidad natural”.

Este nuevo apartheid tecnológico encuentra su expresión más pura en las fantasías de ciudades privadas y colonias espaciales. No es casualidad que estos tres sudafricanos blancos imaginen futuros donde la segregación se justifica no por el color de piel sino por la “productividad” y la “capacidad cognitiva”. Han traducido las lecciones de su juventud al lenguaje del capitalismo tardío.

Lo más curioso es cómo esta ideología se disfraza de progresismo democrático. Hablan de “democracia directa”, de “autogobierno”, de “comunidades autónomas”. Pero siempre con la misma trampa: solo para los elegidos, solo para los “cognitivamente capaces”, solo para quienes puedan pagar el boleto a Marte.

El baasskap original colapsó, pero sus hijos espirituales en Silicon Valley parecen determinados a construir su versión 2.0. Mientras tanto, debemos reconocer esta ideología por lo que es: el viejo supremacismo con algoritmos nuevos, el apartheid actualizado para la era espacial. La segregación ya no necesita alambre de púas cuando tiene cohetes y criptomonedas.

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