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Chile, país de propietarios

El principal obstáculo para acceder a una casa propia no es el dividendo, sino el pie inicial, equivalente a prácticamente un 20% del valor de la propiedad. Miles de familias podrían pagar mes a mes una cuota de crédito hipotecario, pero quedan fuera simplemente porque no logran reunir ese ahorro inicial.

La seguridad que nos da a todos la casa propia es, y sigue siendo, un símbolo de progreso, movilidad social y tranquilidad. Tener un hogar donde llegar, compartir y crecer con la familia es casi sagrado. Nadie lo discute. Sin embargo, el bajo crecimiento económico, los altos costos de la vida y las reformas de la izquierda han llevado a que ese anhelo parezca, cada vez más, un lujo reservado para pocos.

Por eso, hoy más que nunca, necesitamos políticas que no solo reconozcan este sueño, sino que lo faciliten de manera realista. Y en esta línea, quiero destacar una iniciativa que —de transformarse en política pública— marcaría un verdadero acierto y una gran diferencia. Se trata de algo tan sencillo como poderoso: ayudar a las familias a financiar el pie de una vivienda.

Porque, seamos sinceros: el principal obstáculo para acceder a una casa propia no es el dividendo, sino el pie inicial, equivalente a prácticamente un 20% del valor de la propiedad. Miles de familias podrían pagar mes a mes una cuota de crédito hipotecario, pero quedan fuera simplemente porque no logran reunir ese ahorro inicial. El pie, en un contexto de inflación, desempleo y salarios estancados, se vuelve un muro infranqueable.

La propuesta de la candidata Evelyn Matthei apunta precisamente a derribar esa barrera. Una idea que combina sentido común y sensibilidad social: darle la posibilidad a padres que sueñan con ver a sus hijos crecer en un hogar propio, y a familias en formación que anhelan construir su vida con estabilidad.

No olvidemos que, en el fracasado primer proceso constituyente, hubo sectores que incluso plantearon que el Estado debía convertirse en un gran arrendador, en lugar de fomentar la propiedad. Un error mayúsculo que chocaba de frente con la cultura de esfuerzo de millones de chilenos. Chile es —y debe seguir siendo— un país de propietarios, no de arrendatarios cautivos ni de clientes dependientes del Estado.

Por eso, la iniciativa de Matthei es más que una propuesta puntual: es una señal política de comprensión de lo que realmente importa a las familias. Asegurar que la casa propia vuelva a estar al alcance de todos es devolver esperanza, confianza y futuro.

Mientras este Gobierno se pierde en diagnósticos eternos, frases de campaña y promesas que nunca llegan a puerto, otros ya están pensando en soluciones concretas que cambien la vida de las familias. Chile no puede esperar más, porque los problemas no se resuelven con consignas, sino con gestión, experiencia y decisión.

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