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Jara y el 38%

Si se da el escenario de quedar bajo el 38%, el oficialismo no tendrá a quién culpar más que a sí mismo. La ingeniería electoral se ejecutó como manda el manual: primaria para candidato único, lista parlamentaria amplia y aun así no alcanzó. La explicación ya no es técnica ni comunicacional: es política.

A menos de quince días de la elección, las encuestas muestran a Jara en un rango entre 24% y 27%. Si se suman las candidaturas de Enríquez-Ominami, Mayne-Nicholls y Artés, el bloque completo desde el centro a la izquierda alcanza entre 28% y 33%. Llama la atención que la intención de voto esté incluso por debajo por debajo del 38% que obtuvo el Apruebo en el plebiscito de salida.

¿Qué puede significar esto?

Si consideramos el apruebo (que se dio con voto obligatorio) como una de los peores resultados electorales del progresismo y la izquierda donde se produjo un quiebre con el centro, podríamos suponer que es un “piso electoral”. Si Jara supera a las encuestas y se aproxima a ese número, si bien se interpretará como una sorpresa y generaría un momentum para la segunda vuelta, no debe analizarse políticamente así. Porque será simplemente la manifestación de un electorado duro y fiel, aunque hoy esté sin épica y sin relato.

El problema de fondo es el escenario opuesto, donde las candidaturas de centro e izquierda quedan por debajo de ese 38%. El resultado no será solo una derrota presidencial: será una crisis estructural del bloque oficialista. Porque si a este escenario se suma la posibilidad de que, por primera vez desde el retorno a la democracia, la derecha podría obtener mayoría en ambas cámaras del Congreso, estaríamos frente al cierre de una era donde el eje progresista deja de ser el centro gravitacional del sistema político chileno.

Las razones son múltiples.

Primero el gobierno. Si bien mantuvo establemente una aprobación en torno al 30% —superior a los promedios de Bachelet II y Piñera II—, al final terminó fidelizando a una base de apoyo estructuralmente alta, pero al mismo tiempo, cristalizó una oposición entorno al 60% impactando fuertemente la proyección electoral del sector.

Segundo, la pérdida de sentido común compartido. El oficialismo no logró reconstruir una narrativa amplia y convocante capaz de contener la diversidad de su coalición. Optó por administrar la contingencia antes que reenmarcar el momento político, y en ese vacío terminó desdibujando tanto su identidad como su proyecto de país.

Tercero la tendencia internacional. En casi todo Occidente, las izquierdas atraviesan un ciclo descendente mientras resurgen derechas que combinan discurso de orden, control y resentimiento con eficacia comunicacional. La agenda de seguridad, migración y crecimiento económico ha desplazado los temas que antes articulaban al progresismo y dejó al gobierno reaccionando, más que marcando rumbo.

Si se da el escenario de quedar bajo el 38%, el oficialismo no tendrá a quién culpar más que a sí mismo. La ingeniería electoral se ejecutó como manda el manual: primaria para candidato único, lista parlamentaria amplia y aun así no alcanzó. La explicación ya no es técnica ni comunicacional: es política. Tocará que se pregunten qué identidad, qué proyecto y qué representación perdió el progresismo para no poder convocar desde el poder.

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