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El bolero que no pidió permiso

Lo que duele y conmueve es que Lui Alberto Martínez se va justo cuando esa estética vuelve a ser valorada sin pedir perdón. Bloque Depresivo es el síntoma más visible: llenan, convocan, hacen coro colectivo con el melodrama que antes se escuchaba a escondidas. Cantan desde el mismo árbol genealógico: la pena como celebración comunitaria, el drama como lugar de encuentro.

En Valparaíso hay canciones que no se escuchan: se filtran. Entre el coro de gaviotas, el olor a fritanga y el vaso que se apoya en la barra, aparece una guitarra y, con ella, esa manera antigua de nombrar la pena sin eufemismos. Ahí -en restaurantes, boites, mercados, ferias, caletas- creció durante décadas un bolero que fue mirado en menos por la cultura oficial: demasiado sentimental, demasiado popular, demasiado directo. Y, sin embargo, era el bolero que mejor entendía al país.

Por eso la partida de Luis Alberto Martínez pega distinto. Murió esta semana, a los 94 años, en el mismo territorio emocional donde su voz fue ley: el puerto. La prensa lo llamó alguna vez “la voz más triste de Chile”, y el Ministerio de las Culturas confirmó su partida como la de un nombre clave de la llamada música cebolla.

Martínez no fue una estrella de vitrina: fue un oficio. Sesenta años cantando en vivo, sosteniendo una estética que siempre pareció fuera de moda y que hoy, con ironía deliciosa, vuelve a sonar moderna. MusicaPopular lo retrata con precisión: una voz temblorosa, sentimental, orgullosa de ese repertorio que él mismo llamaba canción cebolla, y un trayecto vital que parece novela social: norte grande, trabajos lejos de los centros, canto en bares y radios, y luego Santiago, donde en 1961 grabó su primer single tras una audición que terminó en contrato.

Para entender lo que se apaga con Martínez hay que mirar más atrás, y más arriba. El bolero, en su fase de lujo continental, era otra cosa: orquestas grandes, arreglos caros, romanticismo de etiqueta. Su símbolo mayor fue Lucho Gatica, el chileno que desde México encarnó al Sinatra del bolero: voz pastosa, elegancia, exportación. Pero el bolero -como tantas cosas- también tiene geografía social. A medida que “bajó” por el Pacífico, se fue despojando de recursos y se fue cargando de drama. Perdió orquesta, ganó guitarra. Perdió salón, ganó cantina.

Ahí aparecen Los Panchos como traducción definitiva: lo que antes hacía una big band, ahora lo sostenían tres guitarras y la herida. Y ahí entran influencias decisivas para Chile como Julio Jaramillo, el ecuatoriano que enseñó que el quiebre podía ser estilo, y Lucho Barrios, el peruano que hizo carrera en nuestro país, extendiendo ese bolero rocolero de circulación callejera. Ese “bolero para los pobres” -menos sofisticado, más frontal- se volvió una educación sentimental sin diploma: canciones de ausencia, de muerte, de madres, de bodas tristes.

En Chile ese cauce tuvo nombres que hoy vuelven a leerse como una constelación: Ramón Aguilera, Palmenia Pizarro, Rosamel Araya (con proyección incluso fuera del país), el Trío Inspiración, y también Jorge “Negro” Farías, emblema porteño cuya figura terminó convertida en monumento en Plaza Echaurren, como si el puerto hubiese decidido por fin esculpir su propia banda sonora.

Y a esa música alguien tenía que ponerle nombre. Se lo puso Ricardo García -locutor, productor, arquitecto radial del gusto popular- y el término quedó: canción cebolla, porque hace llorar, porque no se hace la interesante, porque va directo al lagrimal. Años después, el libro Llora, corazón de Marisol García terminaría de darle espesor y contexto a ese mundo tantas veces ninguneado.

Lo que duele y conmueve es que Martínez se va justo cuando esa estética vuelve a ser valorada sin pedir perdón. Bloque Depresivo es el síntoma más visible: llenan, convocan, hacen coro colectivo con el melodrama que antes se escuchaba a escondidas. Cantan desde el mismo árbol genealógico: la pena como celebración comunitaria, el drama como lugar de encuentro.

Por eso su muerte no es solo una noticia: es un símbolo. Se apaga una voz que pertenecía a una época sin algoritmo y sin nostalgia curada, cuando el dolor se cantaba para sobrevivir y no para postearlo. Pero también queda una evidencia: esa música que fue tratada como “menor” nunca fue menor. Era -y es- el archivo emocional de un país.

Y en Valparaíso, donde las canciones se filtran, la “voz más triste de Chile” no se extingue: se queda flotando, como una guitarra que sigue sonando cuando ya cerraron el local y todavía nadie se atreve a aplaudir.

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