En Chile solemos confundir la protección jurídica con la solución física. La reciente declaración de la Laguna de Aculeo como Humedal Urbano es el ejemplo perfecto de este fenómeno: una victoria administrativa innegable que, sin embargo, corre el riesgo de quedarse solo en el papel si no abordamos la raíz hidrogeológica del problema.
Para ser claros: un decreto puede delimitar un polígono de protección, pero no tiene la facultad de hacer llover ni de frenar el bombeo indiscriminado. La vulnerabilidad de Aculeo no es solo climática, es estructural. Hablamos de un cuerpo de agua somero, con una profundidad media histórica de 3,4 metros, lo que técnicamente lo convierte en una “ventana” del acuífero. Si el nivel freático desciende, la laguna simplemente se apaga, independientemente del estatus legal que ostente en la superficie.
La catástrofe de 2018 debió enseñarnos que la culpa no fue exclusivamente de la falta de lluvias. La evidencia académica de la Universidad de Chile demostró que, mientras las precipitaciones disminuían un 38%, la demanda hídrica en la cuenca aumentaba un 23%. Este desacople fue impulsado por una transformación silenciosa pero agresiva del territorio: la sustitución de cultivos tradicionales por frutales y la proliferación de parcelas de agrado.
Por tanto, celebrar la declaratoria de Humedal Urbano sin implementar una gobernanza rigurosa de las aguas subterráneas es un ejercicio de autoengaño. Estamos protegiendo el síntoma (el espejo de agua) e ignorando la enfermedad (la sobreexplotación del acuífero).
El camino hacia la recuperación real requiere menos burocracia y más ciencia de datos. Necesitamos replicar modelos de gestión como el SGMA de California, implementando un sistema que mapee la conexión hidráulica real entre pozos y laguna. No se puede gestionar lo que no se mide. Urge transparentar las extracciones y dotar a la Dirección General de Aguas (DGA) de herramientas de visualización modernas para tomar decisiones basadas en la realidad subterránea del momento, y no en derechos de papel otorgados hace décadas.
Sin esta ingeniería de datos, la etiqueta de “Humedal Urbano” será solo eso: un letrero en medio de un campo seco, recordándonos que con buenas intenciones no basta para recuperar nuestros ecosistemas.