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El ocaso del abajo firmante

De Roger Waters hasta Greta Thunberg, pasando por Alfredo Castro o Manuel García, hay algo en los abajo firmantes que deja de ser solo torpeza para ser simple frivolidad. Una frivolidad que está manchada muchas veces de la sangre que denuncian en las manos de sus enemigos de casi siempre.

El abajo firmante es un ser sensible. No en vano es muchas veces activista, pero sobre todo artista. Cantante, actor, malabarista, escritor aunque también editor, académico, intelectual público y privado. En su origen, cuando la especie nació en París a mediados de los años cincuenta, solía ser “filósofo”. Solía llamarse Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes no fueron creadores del género pero sí sus máximos representantes. Albert Camus fue un tiempo también parte de los abajo firmantes hasta que se le exigió firmar declaraciones de defensa a presos argelinos que ponían bombas en el barrio en que vivía su madre. Dijo que prefería a su madre que la justicia y se convirtió en el enemigo natural del abajo firmante, el que recuerda que esta causa muy simple, muy evidente, no lo es tanto, que quizás después de todo hay dos lados de esa misma moneda, que uno no anula al otro sino que lo aclara.

Es lo que prefieren olvidar los abajo firmantes, ese núcleo central de una izquierda que ha perdido pueblo para ganar algo parecido al prestigio. El abajo firmante ve a Julia Chuñil, dirigente mapuche, defensora de los derechos ancestrales. Pero antes de saber nada con detalle ve su cara concentrada, achinada, que parece exactamente lo que es, la tierra, la rabia, la dignidad perpetua que en el sur de Chile no deja nunca de estar en juego. Una cara que inmediatamente da ganas de cantar, de manifestarse, de gritar indignado contra el empresario acusado de hacerla desaparecer que es todo lo blanco, lo alemán, que tiene el sobrepeso y la soberbia necesaria para ser el enemigo.

El bien y el mal irrevocables y una pregunta “¿Dónde está Julia Chuñil?” que por cierto no importa responder porque su ausencia sirve mejor al propósito del abajo firmante que la solución al enigma. Una solución que involucra justamente escuchar ese famoso “territorio” del que todos hablan pero pocos visitan. Y los hijos, y la sangre, y las pruebas al menos ambiguas. La verdadera miseria, la verdadera precariedad que es y no es la que abajo se firma, que es mucho más complicada, como es complicado el aparentemente muy simple caso de Gustavo Gatica. Porque en este caso el malvado acepta su papel hasta extremos de mal gusto y violencia difíciles de alcanzar. Hablo del meme en que entierra al joven sonriente, educado y gentil que perdió los ojos por ir a marchar como lo hicieron otro millón de personas. ¿Hay un caso donde la estética del caso se una mejor con la ética? ¿Hay algo que contenga mejor todos los símbolos que el abajo firmante pueda asumir como suyos? Los ojos cegados, la fuerza bruta del policía alto y orgulloso.

Pero está el contexto, eso que el abajo firmante solo toma en cuenta cuando se parece a las películas o las canciones, no cuando se parece a eso elusivo llamado realidad. Y si bien es difícil no simpatizar con Gustavo Gatica y no simpatizar nada con Claudio Crespo, es imposible olvidar que la tragedia que los ata es parte de una mayor, la de esos insensatos meses en que la insurrección popular pensó que era justo quemarlo todo y la policía se sintió desbordada, absolutamente sin mando, código ni estrategia. Un momento en que el poder dejó de tener ningún poder y el orden ninguna lógica, sin que otro poder, otro orden asumieran el lugar vacío.

La justicia en una sentencia que está muy lejos de la que yo dictaría, mira con frialdad y distancia algo que vivimos con furor y algo de locura. El abajo firmante, si tuviera algo de esa conciencia que cree es su principal patrimonio, podría quizás asumir su parte de culpa en esa locura. Porque firmó sin prueba alguna de que había cuarteles de tortura en el metro Baquedano, porque firmó que Chile era una mierda que había que reconstruir desde sus cenizas, porque estetizó la violencia, su violencia, para diabolizar la del Estado, que dejó de vigilar al ponerla toda en un mismo saco.

El abajo firmante chileno, sin embargo, es apenas un actor provincial en una obra global. Su ingenuidad local se replica y amplifica en escenarios mayores, donde las consecuencias de la firma frívola se miden no en metros quemados sino en pueblos enteros sacrificados en el altar de la corrección política.

Porque hay algo más que extravíos en la manera en que los abajo firmantes eligen sus causas. Algo que los transforma en parte esencial del problema. De Roger Waters hasta Greta Thunberg, pasando por Alfredo Castro o Manuel García, hay algo en su ingenuidad que deja de ser solo torpeza para ser simple frivolidad. Una frivolidad que está manchada muchas veces de la sangre que denuncian en las manos de sus enemigos de casi siempre: Estados Unidos, Israel, Carabineros de Chile, los medios empresariales, los empresarios en general. Todos, por cierto, enemigos válidos que apenas cubren la vergüenza indesmentible de ver a las mujeres y los hombres de Irán morir bajo las balas de policías que no tiemblan a la hora de matar. Hombres y mujeres, pero sobre todo mujeres que llevan más de 40 años luchando por escapar de una teocracia que los abajo firmantes han olvidado denunciar o han apoyado. Antes que todos y sobre todo el famoso Michel Foucault, el más interesante y perverso de los abajo firmantes, quien en sus artículos para Corriere della Sera y Le Nouvel Observateur celebró la “espiritualidad política” de la revolución islámica mientras las primeras mujeres eran lapidadas.

Es cierto, los abajo firmantes no pueden estar en todas las causas y apoyar todos los combates. Es comprensible que se les escape por más de 40 años la miseria de un gobierno que estrangula mujeres y homosexuales por el solo hecho de serlo. El olvido es perdonable. Lo que deja de serlo es el hecho no del todo indesmentible de que mucha de la tinta con que firmaron algunas de sus cartas de protesta contiene no poca sangre de esas mujeres de Irán que el feminismo interseccional ha elegido no está en ninguna de las intersecciones que le interesa.

Para no ir más lejos, Daniel Jadue, que se ha convertido en sí mismo en una de las causas que movilizan a algunos abajo firmantes, lleva años presentando en HispanTV un programa llamado “Ventana a Palestina”. La causa, el dolor innegable al que ha sido sometido el pueblo palestino en manos del gobierno de Israel, pero no deja de ser algo más que cuestionable que lo haga en un canal de televisión no solo financiado sino dirigido directamente por el Estado de Irán. HispanTV, creado en 2011 específicamente para la audiencia hispanohablante como parte de la estrategia de soft power iraní en América Latina, es parte de la cadena IRIB, cuyo director es nombrado personalmente por el Ayatolá Ali Khamenei. Lo que convierte en la práctica a Daniel Jadue en empleado o colaborador de este último. Porque reciba o no dinero por el programa que anima y por las numerosas entrevistas, o el documental en su defensa que este canal emitió en su honor, en los hechos es parte del staff estable de un canal dirigido personalmente por los mulás de Irán. Todo eso, por cierto, usando la sangre del que cree ser su pueblo, los palestinos, abundantemente utilizada por la dictadura iraní como su única coartada moral.

Puede uno entonces sonreír con los extravíos de los abajo firmantes, sus congresos de solidaridad con países que no saben dónde quedan, su facilidad por emocionarse por cualquier cosa de la que no tengan que oler el olor. Pero hay algo más que inocencia, algo más que extravío en la manera en que algunos, por ejemplo el propio Daniel Jadue y sus amigos iraníes, usan su ingenuidad para conseguir dinero, impunidad, prestigio y sangre. Algo que tiene por lo demás el agravante de anular combates justos, como el de Julia Chuñil, o el pueblo palestino, o la lucha contra la violencia policial en el caso de Gustavo Gatica. Perdidos en casos mal preparados, unidos a causas que nada tienen que ver con las que se cree defender, asociados a gobiernos y ONG más que cuestionables, el abajo firmante no solo no ayuda a lo que cree ayudar sino que colabora con el que debería ser su enemigo.

No impide que Trump y Netanyahu cometan los crímenes que iban a cometer igual, pero anula al defender a Maduro y los ayatolás que la furia moral consiga además de tener rabia tener razón. Termina por derribar la justicia de su causa volviéndola cómica, parodia de una parodia de justicia o indignación. Los guerreros de las buenas causas ganan las batallas contrarias de las que creen dar. Aunque quizás sea su verdadera intención. Después de todo, pocas dudas caben de que si el diablo volviera a la tierra no perdería el tiempo rivalizando con empresarios tecnológicos o jueces o periodistas corruptos y se dejaría el pelo largo, entraría a una ONG contra el cambio climático, y lucharía por la libertad y los derechos humanos entre mucha otra gente buena donde medrar.

El diablo, si existe, no necesita tentarnos. Le basta con pasarnos una petición online y esperar que firmemos. Y firmamos. Siempre firmamos. Es lo único que sabemos hacer bien.

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