El renovado interés de Estados Unidos y de Trump más específicamente, por adquirir Groenlandia no es una excentricidad presidencial ni una anécdota mediática. Es la manifestación visible de una tendencia estructural: el Ártico se ha transformado en uno de los nuevos ejes de competencia geopolítica global. A medida que el hielo retrocede, emergen rutas marítimas, recursos estratégicos y posiciones militares cuya relevancia crece más rápido que los consensos diplomáticos.
Y no es la primera vez que estamos en este escenario. Estados Unidos ha considerado la compra de Groenlandia en al menos dos momentos clave de su historia. En 1867, cuando adquirió Alaska, y en 1946, cuando ofreció formalmente 100 millones de dólares a Dinamarca tras la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos, el interés estuvo vinculado a control territorial y proyección militar. Hoy el contexto es distinto, pero la lógica estratégica se mantiene: Groenlandia ocupa una posición central entre América del Norte, Europa y el Ártico ruso, y aloja infraestructura crítica como la base aérea de Thule, pieza relevante del sistema de alerta temprana estadounidense.
Y por supuesto, hay otros temas en juego. El nuevo factor es el cambio climático. El derretimiento del Ártico está habilitando rutas marítimas que reducen significativamente los tiempos de transporte entre Asia, Europa y Norteamérica. Paralelamente, estudios geológicos confirman la presencia de tierras raras, uranio y otros minerales críticos para la transición energética y la industria tecnológica. En términos prácticos, Groenlandia dejó de ser un territorio periférico y pasó a convertirse en un nodo estratégico de la competencia por cadenas de suministro.
Este escenario se cruza con un segundo elemento: la creciente presencia china en infraestructura ártica y el reposicionamiento militar ruso en el norte. Moscú ha reactivado bases, desplegado rompehielos nucleares y reforzado su control sobre la Ruta del Mar del Norte. Pekín, por su parte, ha declarado al Ártico como “zona de interés cercano” e impulsado inversiones en puertos, minería y telecomunicaciones en la región. Para Washington, el riesgo no es simbólico: es perder capacidad de influencia en una zona que históricamente ha sido parte de su perímetro de seguridad.
Desde esta perspectiva, la discusión sobre Groenlandia no gira únicamente en torno a soberanía territorial, sino a arquitectura de seguridad internacional. La pregunta de fondo no es si se puede comprar un territorio, sino quién controla los corredores estratégicos del hemisferio norte en las próximas décadas.
Para Europa, el dilema es incómodo. Dinamarca rechaza cualquier transferencia de soberanía, mientras Groenlandia avanza gradualmente hacia mayores niveles de autonomía. Al mismo tiempo, la OTAN depende de la cooperación transatlántica para sostener su postura defensiva frente a Rusia. Una tensión mal gestionada podría erosionar equilibrios delicados en el flanco norte de la alianza.
En este contexto, el debate sobre Groenlandia anticipa un patrón más amplio: la competencia por territorios estratégicos no se expresa ya en invasiones directas, sino en presión diplomática, acuerdos bilaterales, control de infraestructura crítica y presencia tecnológica. Es una nueva forma de disputa territorial, más silenciosa, pero no menos decisiva.
Groenlandia probablemente no cambiará de bandera, o al menos eso es lo que los expertos consideran más probable. Pero el interés de Trump revela algo más profundo: el mapa geopolítico del siglo XXI se está redibujando en zonas que hasta hace poco parecían irrelevantes. Y en ese rediseño, el Ártico dejó de ser un borde congelado para convertirse en un centro de control estratégico a nivel mundial.