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Cuando tu mérito no cuenta

¿Qué ocurre con los jóvenes que destacan en la PAES, pero cuya trayectoria no encaja en el relato de la exclusión que ha sido predefinido para validar el mérito? Al restringir el reconocimiento solo a ciertas biografías “autorizadas”, se invisibiliza la diversidad de historias de superación que atraviesan a la sociedad.

El sistema de reconocimiento público a estudiantes con altos puntajes en la PAES, impulsado por el gobierno del Presidente Boric, refleja una determinada comprensión de la justicia social: aquella que reserva el reconocimiento únicamente para quienes, además del buen rendimiento académico, acreditan desventajas económicas, territoriales, físicas o la pertenencia a pueblos originarios. Es atendible que el Estado priorice a estos grupos en materia de apoyo financiero, e intencione la visibilización de estas trayectorias de esfuerzo. Lo que resulta más discutible es excluir de ese reconocimiento a estudiantes de sectores medios y altos, como si el esfuerzo personal careciera de valor cuando no viene acompañado de una vulnerabilidad previamente tipificada por decreto.

En los últimos años se ha buscado desmitificar la idea de la meritocracia. Autores como Michael Sandel y Carlos Peña han advertido, con razón, que el éxito no es obra exclusiva del individuo, que los talentos no se eligen y que las condiciones de origen pesan más de lo que solemos admitir. El triunfador se cree autor único de su destino y el que queda atrás carga con una culpa injusta, que legitima la desigualdad social. Esa crítica es válida y conviene no olvidarla. Pero existe otra cara de la moneda, menos discutida y no por ello menos relevante: eliminar “cierto mérito” del reconocimiento público es también sumamente perjudicial para la justicia social. Cuando el mérito, que es transversal, se fragmenta excluyendo a algunos del horizonte de reconocimiento, el riesgo ya no es sólo la soberbia del ganador. Aparecen otros fantasmas, como la tendencia a victimizarse del “vulnerable no reconocido”, la duda injusta sobre el mérito real del “vulnerable reconocido” y la desmotivación del resiliente que ha sido excluido del reconocimiento.

Bajo este modelo, el esfuerzo personal se vuelve visible solo cuando va acompañado de una desventaja económica, física o identitaria, que además es predefinida por la autoridad. Así, la superación de un listado infinito de obstáculos vitales silenciosos es proscrita. Esto conduce a una paradoja: se busca corregir desigualdades estructurales, pero al mismo tiempo, se fija la desventaja como requisito para que el mérito sea moralmente reconocible, quedando invisibilizadas trayectorias de superación que no encajan en ese molde.

El mérito, en su sentido más básico, no consiste en partir desde cero, sino en superar los escollos que a cada cual le toca enfrentar en su propia historia. Un estudiante perteneciente a un grupo social con recursos medios o altos puede enfrentar abusos y violencia intrafamiliar, enfermedades graves propias o familiares, discriminación por orientación sexual, bullying severo, y muchas veces, la presión de entornos emergentes altamente competitivos donde no pertenecer al grupo tradicionalmente aventajado es fuente de postergación.

¿Qué ocurre con los jóvenes que destacan en la PAES pero cuya trayectoria no encaja en el relato de la exclusión que ha sido predefinido para validar el mérito? Al restringir el reconocimiento solo a ciertas biografías “autorizadas”, se invisibiliza la diversidad de historias de superación que atraviesan a la sociedad toda. Con ello, se elimina (y no solo se desmitifica), el esfuerzo en la ecuación del reconocimiento, justo aquello que podría funcionar como un punto de encuentro transversal entre personas de distintos orígenes.

Así como el mito del mérito absoluto puede legitimar desigualdades injustas, su negación completa anula uno de los motores humanos más universales: el deseo de superación personal. Al impedir que ricos y pobres se reconozcan en la experiencia común de la adversidad, la resiliencia y la responsabilidad como valores sociales, se debilita la integración social que se busca promover. Pensar a futuro en sistemas de reconocimiento más amplios, que visibilicen, aunque sea simbólicamente distintas trayectorias de esfuerzo frente a adversidades diversas, no implica volver a una meritocracia ingenua. Implica, simplemente, no renunciar al mérito como lenguaje compartido de dignidad, superación y cohesión social.

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Foto del Columnista Fernanda García Fernanda García