Esta semana, mientras cientos de videos supuestamente mostraban a ciudadanos supuestos, supuestamente estadounidenses enfrentándose heroicamente a supuestos agentes de ICE, mientras las redes ardían con imágenes de supuestos policías uniéndose a la supuesta resistencia popular, un joven llamado Alex Pretti sangraba de verdad en una acera de Minneapolis. Había transmitido en vivo su detención, convencido de que su celular era un escudo. No lo fue. Murió sin suposición, su sangre uniéndose al hielo nada supuesto en una calle de Minneapolis donde había intentado interponerse entre una mujer y los agentes de un policía de frontera que hace tiempo ya perdió toda idea de límite.
¿Pasó o no pasó? ¿Es real o es IA? Consultamos a Grok, buscamos confirmaciones cruzadas, leemos hilos interminables discutiendo si tal imagen es deepfake o no. Mientras tanto, la urgencia se evapora. Lo que debería provocar indignación inmediata se convierte en debate técnico sobre pixelación. Estamos atrapados entre dos formas de ceguera: la saturación de imágenes falsas y la ausencia total de testigos.
La inteligencia artificial genera con facilidad pasmosa escenas de sublevación popular, policías negándose a cumplir órdenes, multitudes bloqueando autobuses de deportados. Son imágenes perfectas, emotivas, diseñadas para circular sin pausa y completamente falsas. Mientras tanto, en Irán, donde no hay celulares alzados, donde no hay transmisiones en vivo, el régimen puede hacer lo que quiera. El gobierno dice 3.117 muertos, de los cuales 2.447 eran “civiles y fuerzas de seguridad” y el resto “terroristas”. Pero organizaciones de derechos humanos hablan de 22.490 muertos confirmados, médicos iraníes estiman entre 16.500 y 18.000, otras fuentes hablan de 30.000 a 36.500. ¿Cómo saberlo? Sin imágenes no hay debate. La masacre que no se filma no existe para la conciencia global, desaparece en el silencio de lo que nunca fue visto.
Baudrillard se hizo famoso por argumentar en el poderoso aunque manipulador ensayo La Guerra del Golfo no ha tenido lugar que aquella guerra de 1991 fue el primer conflicto hiperrealista: más simulacro mediático que evento histórico. Lo que vimos no fue la guerra sino su representación televisiva. Misiles inteligentes, demasiado inteligentes para nosotros. Blancos precisos, pantallas verdes fosforescentes.
La sangre iraquí no se filmó, por tanto no existió para Occidente. La guerra se había convertido en imagen pura, desconectada de la realidad material.
Ahora todos tienen cámaras. Nadie puede alegar que su sangre no llega al prime time. ¿Pero entre toda esa sangre cuál es la que importa, y cuál no? El problema es que ya no sabemos qué es real. ¿Importa? La respuesta a esta pregunta es incómoda: ¿ICE ignora las cámaras cuando hace gala de su brutalidad o justamente está escenificando crímenes para que se propaguen? Porque si Baudrillard tenía razón y la Guerra del Golfo fue el primer conflicto diseñado para las cámaras, las redadas de ICE podrían ser su versión doméstica. Cada video de un padre separado de sus hijos, cada transmisión en vivo de una detención brutal no es un accidente que ICE tolera: es parte del mensaje. La brutalidad se filma en ángulos perfectos, se permite que los testigos graben, se deja que las imágenes circulen porque el terror funciona mejor cuando se comparte, cuando se viraliza, cuando cada deportación se convierte en advertencia multiplicada por mil pantallas. No se trata de disuadir sino de aterrorizar a través de la propagación. Es violencia como contenido, crueldad diseñada para el algoritmo.
En Ante el dolor de los demás (2003), Sontag argumenta que las imágenes de violencia nos convierten en testigos con responsabilidad moral, pero cuestiona la idea simplista de que la saturación de imágenes nos insensibiliza: eso solo aplica a quienes tienen el privilegio de ser meros espectadores, no a quienes viven la violencia directamente. Su ensayo nació del horror ante las imágenes de los campos de prisioneros en Irak y las torturas a las que eran sometidos entre risas de sus captores. ¿Pero qué pasa cuando estas imágenes no suceden en un lejano desierto al otro lado del mundo? ¿Cuando captores y víctimas vienen del mismo barrio, del mismo origen, del mismo colegio?
¿Qué pasa cuando entre esos videos reales se cuelan los generados por IA? Escenas de resistencia heroica que nunca ocurrieron. Sontag imagina una resistencia aunque sea estética ante las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib. Piensa que de alguna manera cuando el dolor sea cercano e inexcusable nos rebelaremos. ¿Pero qué pasa cuando la IA se rebela por nosotros?
Lo que la IA fabrica no es solo contenido falso: es una válvula de escape emocional. Si las redes ya están llenas de héroes enfrentándose al poder, ¿para qué arriesgarse uno mismo? La valentía simulada anestesia la valentía real. Todos lo hemos hecho. Compartir videos que después resultaron falsos. Sentir ese alivio tibio de ver que alguien, en algún lugar, está resistiendo. Dar like a revoluciones que nunca ocurrieron.
Nos acostumbramos a una valentía sin costo, a emociones prefabricadas, a riesgos controlados por departamentos de efectos especiales. Y esa educación sentimental —décadas de consumir ficción donde nada tiene consecuencias permanentes— nos dejó incapaces de calibrar el peligro real, de entender que en la calle no hay segunda toma. Es una valentía sin cuerpo. Una rebelión sin consecuencias. Hasta que aparece la sangre.
Alex Pretti llevaba un arma que no pensaba usar. Eso en boca de quienes justifican su muerte basta para explicarla. Eso más allá o más acá de que estos mismos justifican el porte indiscriminado de armas de fuego como una señal de identidad. Seguro era algo que Pretti, que trabajaba con veteranos de guerra, comprendía. Usaba un arma que sabía que no tendría que usar pero que bastaba para saber que no era de esos “otros”, inmigrantes, indocumentados a los que se puede matar sin preguntar por qué se los mata. Sus asesinos, a la hora de ejecutarlo, adoptaron —sin saberlo sabiendo— la misma postura, el mismo ángulo del fusilamiento que perfeccionaron los Einsatzgruppen en Polonia y Ucrania. Arrodillado, cabeza inclinada, disparo en la nuca. Ochenta años después, la misma coreografía del exterminio, repetida frente a miles de celulares.
Sin saberlo sabiéndolo, posaban para los miles de reels y memes donde esa muerte ominosa se convirtió en el comienzo de una nueva era, o quizás en el fin de lo que creíamos imposible. Esa ejecución no fue solo un asesinato: fue una escenificación, un mensaje diseñado para propagarse.