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Boric y su mundo paralelo

Boric nunca fue capaz de comportarse a la altura del cargo que ocupó. Y no sólo no estuvo a la altura, sino que lo degradó. Se acostumbró a torcer la realidad, inventándose una propia.

Hay gobiernos que administran la realidad. Otros, más audaces, deciden prescindir de ella. El de Gabriel Boric pertenece con honores a esta segunda categoría. No porque ignore los hechos, sino porque los reemplaza. En vez de cifras, ofrece relatos. En lugar de diagnósticos, consignas. Donde hay problemas estructurales, instala épicas imaginarias. Así, con notable constancia, el Frente Amplio ha ido construyendo un país alternativo, uno donde los datos siempre sonríen, los fracasos se renombran como procesos y los errores jamás tienen responsables.

Ese mundo paralelo no es un accidente ni una torpeza ocasional. Es un método. Consiste en seleccionar la parte de la realidad que sirve al discurso y descartar el resto como si fuese una molestia técnica, una letra chica irrelevante o, mejor aún, una invención del adversario. Bajo esa lógica, todo lo que no encaja se omite. Y lo que no se puede omitir, se relativiza. El resultado es un gobierno que habla mucho de verdad, pero le teme profundamente.

La ironía es que este desprecio por la realidad convive con una autoproclamada superioridad moral. El mismo sector que durante años acusó a otros de manipular cifras hoy se especializa en titulares tramposos. El mismo que denunciaba fake news hoy se permite afirmaciones que no resisten la más elemental prueba aritmética. No es casual. Cuando el proyecto político naufraga, el relato se vuelve salvavidas. Y cuando el relato ya no alcanza, se inventa otro.

Así, el país que describen Boric y los suyos es siempre mejor que el real. Un Chile que crece cuando no crece, que ordena cuando improvisa, que reduce problemas que antes negó. Un Chile que sólo existe en discursos, hilos de X y vocerías que confunden entusiasmo con evidencia. Un Chile imaginario, diseñado para satisfacción personal, donde el fracaso nunca es tal y la responsabilidad siempre es ajena.

Lo grave no es sólo la falta de rigor. Es la naturalidad con que se incurre en ella. Como si el cargo presidencial habilitara a reescribir los hechos. Como si la investidura autorizara a degradar el debate público hasta convertirlo en un ejercicio de autoengaño colectivo. Ese es, quizá, el legado más persistente de este gobierno: haber normalizado la distancia entre lo que ocurre y lo que se dice que ocurre.

Y en ese contexto, no sorprende que el propio Presidente celebre cifras aisladas como si fueran verdades completas. No es un error de comunicación. Es coherencia doctrinaria. Cuando se vive en un mundo paralelo, la realidad siempre es un detalle que molesta.

No hay caso. Ni siquiera al final de su mandato.

Boric nunca fue capaz de comportarse a la altura del cargo que ocupó.

Y no sólo no estuvo a la altura, sino que lo degradó.

Se acostumbró a torcer la realidad, inventándose una propia.

El jueves, en su cuenta oficial de X, celebró de manera totalmente impúdica que en Chile nunca ha habido más personas con trabajo. No mencionó porcentajes, ni tasas o promedios de desempleo. Ni tampoco dijo que en el país habemos más habitantes que nunca en la historia.

Sí, así de burdo el comentario “técnico” de nuestro presidente. Así de infantil. Así de falso. Así de vergonzoso.

Su actitud es la de quien, al constatar su fracaso, antes de admitirlo, prefiere engañarse e intenta hacerlo con el resto, aunque quede en ridículo con su esfuerzo.

Boric suele quejarse, amargamente, de los populismos y la desinformación, incluso su vocera inventó una comisión para combatirlos, aunque ninguno de los dos y, en rigor, nadie en el gobierno, pasa el más mínimo test de rigurosidad y veracidad a la hora de declarar.

Si Boric quisiera hablar con la verdad, lo primero que habría escrito en su red social sería que no tiene nada de positivo un desempleo que supera el 8%. O que la tasa de desempleo femenino en su gobierno es la más alta desde 2010. O que las micro y pequeñas empresas llevan casi un semestre de destrucción de empleos. O que en sus cuatro años de mandato se han fulminado más de 100 mil puestos de trabajo formales.

Todo eso lo omiten Boric y sus ministros. Como omiten que nunca han podido cumplir la meta de déficit fiscal, vaciando y vaciando la caja pública.

Así actúan. Lo hacen también con la inflación, cuando se atribuyen su baja, pese a que el mérito es del Banco Central, y se olvidan de que fueron ellos, con el impulso desquiciado a los retiros de los fondos de pensiones, los que la empujaron a dos dígitos. 

O también cuando celebran las modestas cifras de baja en inmigración ilegal, siendo que, partiendo por el propio Boric, repetían y repetían que nadie es ilegal y que todos eran bienvenidos, tuvieran documentos o no, hubiesen entrado por donde hubiesen entrado.

En el fondo, nada de esto es un problema de comunicación ni de énfasis. Es un problema de honestidad intelectual y de relación con la realidad. El Frente Amplio llegó al poder convencido de que gobernar era, ante todo, narrar. Y cuando los hechos comenzaron a desmentir el relato, optó por perseverar en la ficción.

Así, el país real quedó relegado a un segundo plano, incómodo y molesto, mientras el gobierno se refugió en estadísticas parciales, verdades a medias y autocomplacencia militante. Gobernar pasó a ser sostener un discurso, aunque ese discurso ya no tenga anclaje alguno en la vida concreta de las personas.

Ese es, finalmente, el mundo paralelo de Boric. Un lugar donde los fracasos se celebran, los errores se maquillan y la realidad se adapta al eslogan de turno. Un mundo donde la autocrítica no existe y la responsabilidad siempre se transfiere.

Y esa es también la herencia más preocupante que deja este gobierno: haber degradado la noción misma de verdad en la política, sustituyéndola por un relato infantil y autosatisfecho que, tarde o temprano, termina estrellándose contra los hechos. Porque la realidad puede doler, pero no desaparece.

Aunque el presidente insista en “twittear” desde otro planeta.

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