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La reactivación

Si las expectativas mejoran, ese optimismo tiene que tener un correlato claro: reglas del juego estables, financiamiento oportuno, menos trabas burocráticas… y una narrativa que reconozca el rol estratégico de las pymes en el desarrollo del país. De lo contrario, el optimismo se queda en las grandes ligas pero no llega al almacén, al taller, al emprendimiento regional.

Dos de cada tres personas, el 66% de Chile, consideran que 2025 fue un mal año para el país. Pero cuando hablamos de 2026, el optimismo aumenta: un 86% piensa que será mejor y un 67% cree que la economía global será más sólida. Todo esto según la encuesta Predicciones 2026 realizada por Ipsos.

A un nivel más macro, la OCDE proyecta un crecimiento de 2,2% del PIB nacional. De cara al 2027, las perspectivas se ubican en torno a un 2,2%, mientras que el Banco Central hace lo propio con un pronóstico que oscila entre 2% y 3%.

Estos resultados se suman a las distintas señales que han surgido en los últimos meses en la economía, con buenas perspectivas para el cobre, una bolsa que muestra dinamismo y expectativas generales al alza. Son datos relevantes y necesarios: sin duda una mentalidad positiva da el impulso para alcanzar las metas personales y laborales. Pero también son insuficientes si no se traducen en algo concreto para la economía real, la que ocurre todos los días en los barrios, las regiones y las pequeñas y medianas empresas.

La reactivación que tanto anhelamos no puede construirse sólo desde grandes cifras o indicadores macroeconómicos que fluctúan cada año. El trabajo real debe ser permanente y permitirnos sentar bases más sólidas y distribuidas. En esta tarea, las pymes tienen un rol fundamental, porque son el corazón del empleo, de la innovación cotidiana y de la cohesión territorial. Sin embargo, demasiadas veces quedan en desventaja frente a las grandes compañías cuando se diseñan políticas públicas, acceso al financiamiento o marcos regulatorios. Eso no sólo es injusto, sino que ineficiente desde el punto de vista económico.

Si las expectativas mejoran, tal como muestran distintos estudios y proyecciones, ese optimismo tiene que tener un correlato claro: reglas del juego estables, financiamiento oportuno, menos trabas burocráticas… y una narrativa que reconozca el rol estratégico de las pymes en el desarrollo del país. De lo contrario, el optimismo se queda en las grandes ligas, pero no llega al almacén, al taller, al emprendimiento regional.

La reactivación tiene que empezar en pequeño porque es ahí donde se vuelve real. En una pyme que vuelve a contratar, en un comercio que se atreve a invertir, en una región que activa su economía local, en una comunidad que confía en que vale la pena arriesgar. Lo macro importa, pero solo funciona cuando lo micro también lo hace. Es la suma de todas esas pequeñas acciones la que hará cambiar el resultado total. Y la verdad es que los emprendedores necesitan de otros para crecer. Nadie lo hace solo. Por eso creo tanto en la colaboración, en las redes, en juntarnos entre distintos para multiplicar valor. Cuando las grandes empresas trabajan con sus proveedores pymes, cuando se abren espacios para que los chicos crezcan con los grandes, ahí es cuando la economía se activa de verdad.

Junto con ser optimistas, debemos construir ecosistemas de emprendedores desde la política pública y desde la cultura. Emprender saca lo mejor de las personas y tiene que ver con una forma de mirar la vida de manera positiva y constructiva. Mientras más emprendedores tenga un país, más desarrollo y oportunidades hay para todos sus compatriotas.

Esto no es idealismo, es más bien entender que los buenos resultados parten por un deseo, pero hay que construirlos metiendo las manos en la tierra. Día a día, negocio a negocio, región a región. Chile necesita una reactivación con sentido: una que conecte expectativas con realidad, crecimiento con equidad y optimismo con oportunidades concretas. Que no nos muevan sólo las cifras: es mucho más potente la convicción de que vale la pena arriesgarse y juntos multiplicar valor. Porque eso, cuando se hace con pasión y con propósito, es imparable.

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