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Kast, el turista

Kast puede ser mesiánico pero no está loco, aunque ha cometido estas semanas la locura de abandonar su temple para ajustarse al guion de Trump. Pero para hacer las cosas como Trump hay que ser Trump, o ser Milei y vivir en un país desesperado.

Interrumpir el proceso de traspaso de mando para irse a Estados Unidos sería en tiempos normales ya una mala idea. El sol de Miami en primavera es agradable, y Mar-a-Lago, ese campo de golf convertido en palacio presidencial, puede tener muchos encantos, pero dar por zanjado una polémica que en gran parte se debe a la insolencia de la administración Trump yéndose a rendir a sus pies puede resultar algo parecido a la locura. Y esa es la manera más suave de decirlo. Hacerlo cuando Estados Unidos está enredado en una guerra que parece no terminar a tiempo y que no entusiasma ni a su propio pueblo ni a gran parte de occidente, agrava aún más un viaje del que no se puede sacar nada más que un diploma de empleado del mes que será por lo demás difícil de conseguir habiendo en Milei un serio candidato a todos los premios, incluido el premio Limón.

Nunca he sido un antiimperialista, siendo como soy hijo del imperio español. Los imperios grandes decía bien Josef Roth permiten grados de libertad e independencia que no se consiguen con el cacique local. La patria de los sin patria llamaba él al Imperio Austro Húngaro. Los imperios muchas veces se justifican con grandes ideas que no cumplen: la cristiandad en el caso de España, la democracia y los derechos humanos en el caso de Estados Unidos. Pero prefiero poder reclamar por la aplicación de esos principios hipócritas que vivir en países donde el antiimperialismo cultural termina justificando el velo obligatorio o la ablación. Trump, como Perón o Duvalier, no cree en nada, o cree en algo que es peor que no creer en nada: cree en el mismo. Está oficialmente desesperado porque siente que China acabará con Estados Unidos y piensa que ante ese escenario todo, desde la guerra hasta el chantaje, es legítimo. La polémica del cable chino corresponde a ese cuadro mental y tiene desde su punto de vista perfecto sentido. ¿En qué sentido ir de caddy en la cancha de golf del amo puede hacer sentir a ese electorado patriótico y patriotero que lo eligió algún tipo de orgullo?

Precisamente porque Trump ha roto ese contrato hipócrita pero necesario, Chile necesita hoy más que nunca su propia doctrina. Una que no dependa de Washington ni de Pekín sino de algo más simple y más sólido: la convicción de que Chile es diferente. Aunque eso sea en parte mentira, es la única verdad a la que un presidente como Kast, como muchos votos pero muy pocas ideas, puede sujetarse. La idea de que en Chile no se hacen las cosas como en el resto del continente es la única bandera que puede en el contexto mundial avanzar. Eso implica aliarse con Estados Unidos sin dejar de hacerlo con China, justo porque Chile es Chile y pequeño y aislado no puede darse el lujo de perder socios en el mundo. Lo mismo el traspaso de mando que hasta que el señor Judd quiso intervenir, parecía ejemplar. Ejemplar y coherente con una tradición bicentenaria, la de un país en que las diferencias políticas nunca llegan a ser personales, en que los símbolos, la bandera, el himno siguen siendo más o menos los mismos incluso cuando una dictadura quiere apropiárselos. Un país que se une y reúne detrás de líderes que ponen esa tradición cristiana y masónica, humanista y democrática por encima de cualquier cosa. Un país que cree en los mismos valores de fondo.

Kast pareció entenderlo en enero y comienzos de febrero, pero al parecer su equipo no. O quizás, como suele ocurrirle, se puso nervioso y quiso volver al guion primero, el de una transición brusca e indignada. Judd le proporcionó una excusa que luego se convirtió en guion, aunque la película fuese de esas de karate que protagonizaba Chuck Norris. Mentiras y desmentidos, semiverdades, y esa actitud mezquina y distante, esa mirada de suegra sin piedad a la que recurre Kast cuando lo pillan en falta. Todo eso culminando en un viaje planificado antes, pero que en este contexto equivale a una confesión de parte: En Chile ya no hay nada más que hacer, los puentes han sido quemados, la puerta cerrada. En Mar-a-Lago lo espera la fiesta inolvidable: ver a Milei gritar, a Bukele bukelear y a Trump firmar decretos que la Corte Suprema le anula. Una fiesta de ganadores a los que no les queda otra que perder y arrastrar en su desastre, siempre furiosamente personal, a sus pueblos.

¿Qué tiene que hacer ahí el circunspecto Kast, que pololea con su esposa todos los martes y toma poco y no consume ninguna droga? Nada. Kast puede ser mesiánico pero no está loco, aunque ha cometido estas semanas la locura de abandonar su temple para ajustarse al guion de Trump. Pero para hacer las cosas como Trump hay que ser Trump, o ser Milei y vivir en un país desesperado. Chile no es ese país, como no lo es Italia. Esta semana Giorgia Meloni decidió no sumarse a la respuesta militar contra Irán, o solo hacerlo defendiendo sus socios del golfo. Sin pelearse con nadie, sin un tuit incendiario, sin viajar a ningún palacio de golf fijo una posición que no rompe con estados unidos pero la sitúa en Europa, donde su país se encuentra. Kast no ha asumido aún y puede todavía aprender de ella, dejar de ser turista y construir una historia propia, ajustada al país que gobierna, que pueda ser exitosa sin ser delirante.

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio

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