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El legado: podría ser peor

El presidente Boric y su coalición, deben hacerse cargo de la responsabilidad de entregar el gobierno a la derecha dura. En el mundo tan complejo en que vivimos es iluso pensar que los que votaron al nuevo presidente se situaron en el lado incorrecto de la historia, se dejaron convencer, fueron engañados con cantos de sirena y siembras de odio.

Si el presidente Boric hubiera cumplido su programa y si la ciudadanía hubiera apoyado la propuesta de nueva constitución que su gobierno impulsó, Chile estaría sumido en una crisis de magnitud. Seguramente hoy respiran aliviados —salvo las cabezas más calientes— de que el pueblo chileno haya conservado el criterio que el desvarío mesiánico de la izquierda perdió, bajo la premisa de que vivíamos en el país más desigual e injusto del mundo, que la fuente de nuestros males estaban en la constitución y el neoliberalismo que enterrarían y que —¡oh paradoja!— terminaron confirmando.

También es un mérito —que por sí mismo no lo es, pero que en el contexto latinoamericano puede ser destacable— el hecho de que el presidente no solo aceptó el veredicto ciudadano, sino asumió un rumbo distinto, lo que demuestra que primaron en él su formación democrática, su responsabilidad republicana y un criterio de realidad, porque los plebiscitos constitucionales demostraron que en el Chile post dictadura no había espacio para derroteros antidemocráticos a pesar de la polarización. Es de esperar, que ese espíritu se mantenga.

Al final, el presidente y su gobierno tuvieron que dar explicaciones una y otra vez, retractándose de lo que antes proclamaban como verdades absolutas. Entre ellos, la visión que trasmitieron de Chile y de los 30 años de gobiernos democráticos y que hoy defienden como una tradición republicana. Sin duda, hay un mérito en las volteretas. Lo que criticó tan duramente Gabriel Boric como dirigente estudiantil y diputado, hubo de aceptarlo como presidente, haciendo un gobierno “en la medida de lo posible”, lo que le permitió lograr los avances que hoy puede exhibir.

Sin embargo, no es suficiente para un gobierno tener un listado de avances. Todos los gobiernos los tienen. Muchos son construidos con acuerdos parlamentarios. Incluso los hay que son iniciativas de la oposición. Es cierto que nunca se habían aprobado tantos proyectos sobre seguridad ciudadana, muchos de ellos que habían sido obstaculizados anteriormente por la izquierda y el propio presidente y que en la legislatura que termina, fueron rechazados por el Partido Comunista y el Frente Amplio, partidos fundantes del oficialismo. Es cierto también que han avanzado en normalizar aquello que ellos mismos contribuyeron a desnormalizar. En buena hora, hay avances. Chile no se cae a pedazos, tanto como hace cuatro años no era el paraíso de la desigualdad e injusticias.

Tampoco es un gran legado irse con la frente en alto y las manos limpias. Lo de las manos limpias, “con su deber no más cumple” como diría mi abuelo. Lo de la frente en alto: ¿puede irse tan orgulloso un presidente que le entrega el gobierno a su adversario más temido, la derecha más conservadora? Las buenas intenciones no son para irse con la frente en alto. Porque, en definitiva, sembraron los vientos para cosechar tempestades. El mayor legado de este gobierno es haber alimentado la polarización desde la arrogancia moral y la descalificación a quienes no compartían su ideario. Más aún, con un ideario que se vació de contenido y terminó con una única bandera: derrotar a la derecha. Y no lo logró. El gran fracaso de un presidente es terminar su mandato con una ciudadanía que decide que debe entregarle la banda presidencial a su mayor adversario, al que está en las antípodas de sus creencias.

El presidente Boric y su coalición, deben hacerse cargo de la responsabilidad de entregar el gobierno a la derecha dura. En el mundo tan complejo en que vivimos es iluso pensar que los que votaron al nuevo presidente se situaron en el lado incorrecto de la historia, se dejaron convencer, fueron engañados con cantos de sirena y siembras de odio. Ese desprecio por la gente común es el que les pasó la cuenta, el que tiene a la izquierda sumida en una crisis de proporciones y es, probablemente, la principal causa de su estado actual. Si el presidente y la izquierda eligen seguir en el camino de la distancia sideral con el mundo real, teñida de superioridad y vuelven a hacer una oposición intransigente como la que hicieron a los dos gobiernos del presidente Piñera, no harán más que prolongar su crisis, poniendo en riesgo el interés de Chile. Los signos no son auspiciosos, las convicciones democráticas de la izquierda más radical —con credenciales más que ambiguas—, se debilitan aún más cuando gobierna la derecha. El futuro de los chilenos depende mucho de que, a quienes gobernaron estos cuatro años no se les vaya el tiempo entre las manos cobrando cuitas, en vez de renovar sus ideas y prácticas democráticas.

Con todo, los legados de los presidentes no son estáticos, las percepciones cambian con la historia. La nueva generación que gobernó con el presidente Boric tiene mucho camino por recorrer. Siendo nuevamente oposición, tiene la oportunidad de que su comportamiento sea reconocido en la defensa de valores esenciales y en su capacidad de dar gobernabilidad. Ya no son tan jóvenes para seguir sus impulsos y emociones sin pasarlos por el tamiz de la racionalidad, del interés superior de Chile y de las grandes esperanzas de las mayorías.

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Foto del Columnista Mariana Aylwin Mariana Aylwin