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¿A quién le habla el presidente Kast?

El gobierno aún dispone de espacio para detener esta “hemorragia” política, claro, siempre que su objetivo sea convocar a las mayorías.

A menos de un mes del inicio de la administración de José Antonio Kast, la gestión ya evidencia profundas contradicciones entre la figura que conocimos como candidato y la que hoy ejerce como presidente. Este fenómeno podría explicar la abrupta caída en las encuestas tras solo dos semanas, marcando un prematuro fin a la denominada “luna de miel”. Si bien el ajuste en el precio de los combustibles ha influido —qué duda cabe— no es la única respuesta porque en política las causas siempre son multidimensionales.

Como candidato, Kast transmitió la confianza de que él y sus equipos contaban con la preparación más que suficiente para gobernar. Crearon un relato sobre la idea que él era la antítesis de Gabriel Boric, presentándose como una alternativa capaz de gestionar el Estado con eficiencia. En definitiva, ofrecía certezas frente a un gobierno saliente que arrastró graves problemas de gestión durante su mandato.

Una vez obtenida la victoria, y ante los cuestionamientos por la dureza retórica de su campaña, el presidente electo moderó su tono. Nos mostró un liderazgo de amplio espectro que, aunque podía fotografiarse con la motosierra de Javier Milei, también era capaz de dialogar con Lula da Silva. Incluso en la conformación de su gabinete buscó amplitud, integrando a figuras como Ximena Rincón, un gesto que, aunque cuestionable para algunos, si es una prueba que salió de la caja.

Sin embargo, al acercarse el 11 de marzo, las contradicciones afloraron. Episodios como el traspaso de información en La Moneda o su reunión Shield of the Americas con Donald Trump y otros lideres de la nueva derecha, sugieren que esa apertura fue más cosmética que estructural. Hoy, con el presidente gobernando, las diferencias y los giros de perfil son cada vez más evidentes.

Es innegable que Chile votó por el gobierno más a la derecha desde 1990, e incluso podríamos decir de nuestra historia, pero sería un error de “borrachera política” pensar que esto implica un giro cultural definitivo hacia ese sector. No es que seamos un país de izquierdas; más bien, transitamos un ciclo político más populista, menos ideologizado, más intolerante y cortoplacista, pero, sobre todo, profundamente polarizado.

Kast leyó bien este escenario y transformó su campaña en un plebiscito sobre la gestión de Boric. No obstante, ahora que ejerce el poder, tanto él como sus ministros insisten en la misma base: culpar al gobierno anterior de todos los males de la patria. Bajo esa justificación, han anunciado políticas públicas que resultan contradictorias o que se alejan de las prioridades de un “Gobierno de emergencia” prometido en campaña. Si a esto sumamos una administración con vocerías que gozan de escasa legitimidad ciudadana, la mezcla se vuelve nociva para la gobernabilidad.

Por ahora, las oposiciones de izquierda operan bajo un desorden absoluto. No existe un “pegamento” mínimo ni una narrativa básica que las perfile como una alternativa viable, lo cual constituye la mayor ventaja actual del presidente, pero esta ventaja es volátil y podría disiparse si no ocurre un brusco giro de timón.

Con todo, el Ejecutivo debería reconsiderar posturas críticas: desde la búsqueda de indultos, hasta la propuesta de reducir impuestos corporativos. Asimismo, debió existir mayor reflexión antes de negarle el apoyo a la expresidenta Bachelet o al mostrar tal rigidez frente a las ayudas familiares por el alza de los combustibles.

El gobierno aún dispone de espacio para detener esta “hemorragia” política, claro, siempre que su objetivo sea convocar a las mayorías. Lo planteo porque, observando la experiencia internacional, los aliados del presidente suelen preferir la consolidación de un nicho identitario, polarizando a la sociedad entre buenos y malos. Si ese es el camino elegido, es legítimo, pero deberemos aceptar que la normalidad política de los años 90 y 2000 ha terminado, abriéndonos a otra forma de entender el poder. No es solo Chile; es el mundo el que ha cambiado sus formas. Debemos ser flexibles, pues la nostalgia por el pasado solo nos traerá malos ratos. El pasado no volverá.

Una vez más, es importante recordar el dilema que tuvo Gabriel Boric, el de elegir entre el voluntarismo identitario propio de la campaña, y la templanza y pragmatismo de gobernar. Él no supo abordarlo, y ya sabemos cómo terminó.

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