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Manouchehri y Ciccardini: Bonny and Clyde

El actuar inconsulto y descomedido de estos dos parlamentarios se basa en la idea de que la democracia chilena es tan sólida que incluso lanzarla a los cerdos o al cráter de un volcán en ebullición no le hará mella.

Ciccardini Manouchehri

El diputado Manoucheri nos advirtió a todos que, al revés de lo que resultaría normal pensar, no es su amada Daniela Ciccardini la que deberá adaptarse al Senado, sino el más que centenario Senado chileno el que deberá adaptarse a Daniela Ciccardini. No precisó en qué consistiría la adaptación.

Hija de un cacique local del Norte Chico, solía ser una diputada discreta y gentil de la Cámara. Una más entre muchos otros, que cargaba con el chascarro de haber sido llamada en voz alta “diputada Ricardini” por un colega presidente de comisión. Lo que también la distingue de sus colegas es que es joven, es linda y lo sabe. Es coqueta, juguetona. Debió sentirse sola en esta gran tumba asiria que es el Parlamento chileno.

Hasta que sus ojos negros y luminosos se encontraron con los ojos verdes con incrustaciones azules del diputado Manouchehri, su gemelo heterosexual. Daniel y Daniela, él viniendo también de una familia de caciques locales del Norte Chico. Hijos o nietos de inmigrantes —persas él, italianos ella —, ninguno de los dos cómodo en la parquedad fome de los chilenos. Los dos zorrones, con el corazón hereditariamente a la izquierda. Llenos de vida y ganas, temerosos de verse absorbidos junto a sus hermanos chicos del Frente Amplio, intentaron su propio asalto al cielo.

El amor lo puede todo y más. Estos dos parlamentarios elegidos por su obediencia, votados por ser hijos o sobrinos de caciques locales, criados para no hacer mucho ruido, se miran a los ojos y se incendian. Se toman las manos y sienten que algo más que el amor los eligió. Son parte del gobierno y no les gusta nada la oposición de derecha. Fundan su propia oposición: el manouchehrismo-ciccardino. Una agenda suya y suya de comisiones investigadoras, acusaciones sin sustento, entrevistas calibradas siempre para impacientar a su propia bancada.

A los otros diputados los eligieron de la misma manera que a ellos; carecen como ellos de cualquier horizonte intelectual, lectura consistente o rasgo de valor moral. Pero los otros no están enamorados. No tienen esa inmunidad, esa inmortalidad, esa inviolabilidad. Obedecen y votan en manada mientras Daniel y Daniela levantan sus lindas caras e impugnan y denuncian. En general solo logran encarecer su voto, negociarlo un poco mejor. Consiguen la antipatía de todos sus compañeros de bancada sin conseguir al mismo tiempo la simpatía de los parlamentarios del actual gobierno, que ven que su modo exagerado y atolondrado de mandar oficios a la Contraloría es una de las pocas cosas buenas que les han pasado. Oficios como el que denunció a la primera dama ante la Contraloría y la Seremi de Salud porque sirvió los platos en el casino de La Moneda sin guantes ni mascarilla. O el que cuestionó el cóctel del cambio de mando. O el día en que Daniela pidió la renuncia del ministro de Hacienda desde la sala del Senado y fue desautorizada en el acto por la presidenta de su propio partido. Todo esto mientras la Contraloría tiene abiertos sumarios contra la Municipalidad de Copiapó, donde gobierna el padre de Daniela, sumarios ante los cuales el gran fiscalizador de la república no ha enviado un solo oficio.

Los gobiernos se suceden, cambian de signo, presentan proyectos distintos de sociedad. Pero el Parlamento no cambia, o solo cambian los nombres que protagonizan sus chascarros. Algunos romances iluminan la crónica rosa, como el triángulo entre Juan Carlos Latorre, Fulvio Rossi y Ximena Rincón, o el matrimonio entre Iván Moreira y Carmen Ibáñez, la Regalona. Pero la pareja Ciccardini-Manoucheri es algo más que un afecto privado entre personalidades públicas: es una forma altamente mediática, totalmente estéril, completamente narcisista de hacer política. Algo que se llama también Pamela Jiles y alguna vez se llamó Gonzalo de la Carrera y Johannes Kaiser.

Su actuar inconsulto y descomedido se basa en la idea de que la democracia chilena es tan sólida que incluso lanzarla a los cerdos o al cráter de un volcán en ebullición no le hará mella. Es pensar que esta debe servir a los parlamentarios para encender su pasión mientras el país mira con asombro a la pareja amarse a través de proyectos de ley y oficios sin oficio, convirtiendo el hemiciclo en una gran caja de bombones con forma de corazón.

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