El Frente Amplio celebrará su primer Congreso Ideológico como partido único. Para alimentarlo, seis grupos de su Comité Central elaboraron sus propias tesis, reunidas en un Segundo Dossier de coyuntura que deja a la vista los nudos que el Congreso deberá resolver. Las diferencias entre los textos importan, pero más relevante aún es lo que comparten como ausencia: ahí está el verdadero desafío estratégico.
Los seis documentos coinciden en lo esencial del diagnóstico. El votante obligado no se sintió interpelado, el FA no generó adhesión en seguridad ni crecimiento económico, y su apoyo terminó concentrado en un núcleo ideologizado. Pero el marco desde el cual procesan esa derrota revela el primer nudo. “Restauración conservadora”, “disputa hegemónica” o “anclaje popular” son categorías que describen al adversario, no al votante que lo eligió. El dossier reproduce en su propia reflexión parte de la desconexión que diagnostica. Explicar la derrota por el avance de la derecha no equivale a entender qué necesitaba la ciudadanía y qué fue lo que el FA no supo ofrecer. Si el Congreso no desplaza el punto de partida desde el adversario político hacia las personas, difícilmente producirá una estrategia capaz de ampliar su base.
El segundo nudo es político y en dos espacios. Frente al gobierno de Kast conviven lecturas que proponen ser una “alternativa” sin bloqueo con otras que priorizan “frenar retrocesos”. Se posicionan desde lo que el otro va a hacer y no desde su propio actuar. Y dentro de la oposición ninguna termina de definir desde dónde el FA quiere diferenciarse del Socialismo Democrático o del PC para disputar conducción. Esa indefinición no es táctica: es identitaria. El lugar que un partido decide ocupar en el sistema político también define lo que es. Mientras ambas discusiones sigan abiertas, el riesgo es que el FA se acomode en vez de conducir.
El tercer nudo es el municipal. Las seis lecturas coinciden en que el municipio debe ser un espacio central de reconstrucción, pero lo abordan principalmente como plataforma electoral: crecer fuera de sus comunas tradicionales para demostrar poder. El desafío podría ser bastante más ambicioso. No se trata solo de usar el municipio para expandirse, sino de convertir la resolución de problemas concretos en la base de un nuevo progresismo. Si el FA quiere volver a proyectarse como alternativa nacional, necesita probar desde lo local que puede gobernar mejor de lo que lo hizo en el gobierno.
Pero la ausencia más reveladora no está en ninguna de esas tensiones. Está en lo que ninguno de los seis textos aborda: qué le enseñó al FA la experiencia de gobernar. Qué hizo bien, qué hizo mal, qué convicciones chocaron con la realidad y cuáles tuvo que corregir. Si lo que existió fue solo pragmatismo político en la moderación del gobierno o hay algo más profundo que procesar. Sin esa reflexión, todo lo demás queda flotando. No se puede definir qué oposición ser y qué alternativa quieren ser sin procesar qué tipo de gobierno se gestionó y el rol del FA en él. No se puede construir un lenguaje y un proyecto nuevo sin revisar por qué el anterior dejó de funcionar.
Una generación que llegó al gobierno prometiendo ser distinta tiene la obligación de mostrar qué aprendió del poder. Procesar esa experiencia no obliga a renunciar a los principios. Al contrario, es lo que permite defenderlos con credibilidad y salir fortalecidos de la derrota. Si este Congreso no logra producir esa síntesis, el Frente Amplio habrá desperdiciado su mejor oportunidad para redefinirse antes de que la ciudadanía cierre un juicio más duro: que no aprendieron nada. Y eso no se revierte con diagnósticos y un lenguaje que únicamente hace sentido dentro del partido. Se revierte con evidencia de cambio.