En las últimas semanas, Chile ha visto en sus escuelas una seguidilla de hechos que no pueden dejarnos indiferentes: amenazas de tiroteos en colegios que obligan a suspender clases, armas encontradas, episodios de violencia al interior de comunidades educativas e incluso situaciones extremas que hace algunos años parecían impensadas. No es un hecho aislado. Es un síntoma.
Y frente a eso, la reacción ha sido rápida y, en cierto sentido, un tanto predecible: buscar una causa inmediata que permita ordenar la incertidumbre. Y, una vez más, el foco se instala en el mismo lugar en donde los culpables son los teléfonos celulares. La lógica parece evidente. Dispositivos que permiten anonimato, viralización y acceso ilimitado a contenidos, haciendo de esto un canal perfecto para amplificar riesgos reales. No obstante, hay algo en esta explicación que resulta, por una parte, insuficiente y, por otra, peligrosamente cómoda.
Porque no es la primera vez que una tecnología se convierte en el chivo expiatorio de los problemas sociales. Cada generación ha tenido la suya. Cuando apareció la radio, se dijo que iba a manipular masas; con la televisión, que iba a embrutecer a las audiencias; con los videojuegos, que iban a volver violentos a los niños; con internet, que iba a destruir las relaciones humanas. Hoy son los celulares.
Desde la comunicación, esto tiene nombre: cada vez que emerge con fuerza un nuevo medio, tendemos a sobreestimar su impacto directo y a subestimar el contexto en el que opera. Es más fácil culpar al canal que hacerse cargo del mensaje, del entorno y de las relaciones que lo rodean. El problema de ese enfoque no es solo que simplifica la discusión. Es que, al hacerlo, desplaza la responsabilidad hacia afuera. Porque si el problema es el dispositivo, basta con regularlo, restringirlo o prohibirlo.
No obstante, ninguna tecnología opera en el vacío. Siempre lo hace sobre la base de vínculos, referentes, contextos emocionales, formas de interpretar el mundo. Y ahí hay un espacio que no puede ser reemplazado por ninguna pantalla. Los niños no sólo consumen contenido. Le dan sentido. Lo interpretan. Lo integran en una narrativa propia que no se construye en el celular, sino en los espacios donde aprenden a nombrar lo que les pasa. Y ese aprendizaje ocurre en la conversación cotidiana del hogar. El lenguaje no es neutro. Construye realidades. Define lo que es aceptable, lo que es límite, lo que es peligroso y lo que no. Y ese lenguaje no se aprende en una app. Se aprende en la familia.
La familia, los padres particularmente, son la base de esa comunicación. El cariño, la empatía, la compasión, se aprenden en los primeros años, en los vínculos más cercanos, en la forma en que los adultos nombran el mundo y reaccionan frente a él, y permiten en el futuro tener una comunicación no violenta, con todo lo que eso conlleva. Ahí se construye el primer lenguaje con el que después se interpreta la realidad. Y cuando ese lenguaje no está, o está debilitado, otros ocupan ese lugar. Hoy, muchas veces, son contenidos extremos, dinámicas digitales o algoritmos que amplifican, pero no explican. Por eso, esta no puede ser una discusión sobre tecnología. Debe ser una discusión sobre la responsabilidad individual.
Ningún algoritmo reemplaza el rol de los padres. Ninguna restricción tecnológica sustituye una conversación. Ninguna política pública puede ocupar el lugar de un vínculo presente. El problema no es que los niños tengan teléfonos. El problema es que muchas veces no tienen un espacio donde entender lo que ven en ellos. Y ese espacio, nos guste o no, es responsabilidad de la familia.