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Radiografía a las oposiciones a Kast

Entre izquierdas divididas, centros desgastados y populismos oportunistas, la política chilena avanza hacia el único destino posible cuando nadie lidera: la llegada de un outsider que podría dar el golpe de gracia a nuestra debilitada democracia.

Bastante se ha analizado al Ejecutivo, y no es difícil suponer por qué ocurre este fenómeno de hiperfijación en la figura del gobernante. Nuestro régimen presidencialista, casi por inercia, nos obliga a volcar toda nuestra atención en las movidas del presidente Kast y sus equipos. Sin embargo, esta mirada unidireccional es peligrosa para el análisis sistémico. 

Ninguna democracia sana, o incluso aquellas que apenas logran mantenerse en una zona de “media salud”, puede jactarse de tal condición sin tener al menos una oposición articulada y coherente. Nuestra tragedia presente no radica solo en las falencias del Gobierno, sino en el tránsito que han tenido estos grupos diferentes al oficialista para ejercer un contrapeso.

Para esta administración, así como ocurrió con la anterior, resulta imposible delimitar un solo cuerpo homogéneo que pueda ser denominado con propiedad como “la oposición”. Lo que observamos hoy es, más bien, una dinámica de oposiciones fragmentadas que operan bajo lógicas internas, a menudo contradictorias. En las izquierdas, donde el panorama es particularmente revelador de esta crisis de unidad, podemos identificar al menos dos grandes grupos: los moderados y los duros. 

Esta diada no es una abstracción teórica. Se manifiesta con crudeza en las tensiones internas del Partido Socialista. Mientras que por un lado emerge una dupla con una vocación más confrontacional, encabezada por la senadora Cicardini y el diputado Manouhchehri, del otro lado la dirección institucional recae en su presidenta, la senadora Paulina Vodanovic. Aunque en el fondo ambos sectores se definen como oposición al Gobierno, se comportan de maneras opuestas, enviando señales confusas, proyectando una imagen de desorden y desgobierno.

En este río revuelto, fuerzas tradicionales como la Democracia Cristiana y el PPD intentan habitar un centro esquivo. Buscan proyectarse como actores dialogantes sin perder el espíritu opositor, pero sucumben con frecuencia a una suerte de compulsión por comportamientos de corte radical para no quedar desdibujados frente a las bases más extremas. Asimismo, omiten la idea que ambas son etiquetas partidarias desgastadas, pero que continúan establecidas sobre el poder formal. 

Una falta de identidad que se agudiza cuando miramos hacia el sector populista encarnado en el Partido de la Gente. Su posición depende exclusivamente de cuán favorable sea el escenario para sus objetivos inmediatos, permitiéndose transitar desde una oposición recalcitrante hasta una postura que incluso llega a mimetizarse con el oficialismo sin mayores complejos programáticos.

Por si fuera poco, el Gobierno no solo debe cuidarse de su izquierda, sino también del fuego amigo o, más bien, del “tironeo” por la derecha. El Partido Nacional Libertario representa esa oposición de derecha populista que busca permanentemente arrastrar a la administración Kast hacia su versión más identitaria. Esta presión interna evita que el Ejecutivo logre una gobernabilidad estable, pues lo obliga a responder a sus flancos más extremos en lugar de hablarle al país. El resultado es un sistema político sin un liderazgo claro, lo que coloca a la ciudadanía en una situación de vulnerabilidad. La viabilidad de un proyecto político no puede sostenerse únicamente en la negación del otro; ser la contra del Gobierno no es un programa de país, es un síntoma de vacío. 

Debemos ser honestos en el diagnóstico: esta degradación del debate no empezó ayer. Es cierto que el Partido Republicano no cedió un solo centímetro durante la gestión de Gabriel Boric, logrando con ello llegar a La Moneda con éxito y en poco tiempo, pero esa estrategia es intrínsecamente insana para el largo plazo. Replicar ese modelo de obstruccionismo total, el cual paradójicamente comenzó el Frente Amplio durante la presidencia de Sebastián Piñera, nos ha conducido a un ciclo de mayorías efímeras que se esfuman al poco tiempo de alcanzar el poder. Se gana destruyendo al adversario, pero se gobierna sobre los escombros de una institucionalidad dañada.

No existe nación que pueda avanzar cuando sus fuerzas políticas se encuentran en un estado de conflicto permanente. Esta dinámica solo genera polarización y, lo que es más grave, una profunda anomia en la sociedad chilena. Cuando el ciudadano común deja de ver en la política una herramienta de solución y solo percibe un campo de batalla de egos y siglas, el sistema cruje. ¿Cuál es la única respuesta probable ante este escenario de desorden? El surgimiento de un outsider. La figura de Franco Parisi, o quizás una versión con “esteroides” de este fenómeno, aparece en el horizonte como la consecuencia lógica de una clase política incapaz de generar consensos mínimos. Si la política tradicional no logra articular una oposición responsable que vaya más allá del rechazo visceral, terminará por pavimentar el camino hacia una aventura populista que podría ser el golpe definitivo para nuestra debilitada democracia.

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