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El último gran misterio

Miles de personas viajaban cientos de kilómetros para asistir a sus conciertos. Los recitales se transformaron en verdaderas peregrinaciones. No iban solamente a escuchar música. Iban a participar de algo que sentían propio.

La muerte del Indio Solari no cierra solamente la historia de un músico. También marca el final de una forma particular de entender el rock argentino.

Desde Chile, muchas veces leímos la música argentina a través de nombres universales: Charly García, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, Fito Páez o Andrés Calamaro. Artistas extraordinarios que dialogaron con los medios, con la industria y con la idea clásica de la celebridad. El Indio pertenecía a otra tradición.

Su importancia nunca se explicó únicamente por las canciones.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota construyó algo inusual: una banda masiva que durante décadas se negó a funcionar bajo las reglas de la fama. No aparecían en televisión, daban pocas entrevistas y desconfiaban de cualquier estructura que pudiera convertirlos en un producto más de la industria cultural.

Esa ausencia terminó construyendo una presencia gigantesca.

Pero el mito del Indio no nació solamente de sus silencios. Nació también de sus canciones. Mientras buena parte del rock argentino construyó relatos reconocibles y confesiones más o menos transparentes, Solari eligió otro camino: escribir acertijos. Canciones llenas de personajes extraños, imágenes fragmentadas y frases que nadie terminaba de comprender del todo, pero que millones sentían propias.

Él mismo desconfiaba de las explicaciones. Sabía que una vez revelado el truco desaparecía parte del hechizo. Por eso sus composiciones tenían más claves que mensajes cerrados.

Quizás por eso discos como Oktubre lograron algo tan extraño. Publicado en 1986, en plena recuperación democrática argentina, sonaba político sin necesidad de consignas evidentes. Mientras otros artistas describían la realidad de manera frontal, Los Redondos construían un universo paralelo poblado por paranoia, deseo, resistencia y marginalidad. Era la contracultura hablando su propio idioma.
El resultado fue algo más profundo que una banda exitosa. Fue una comunidad.

Miles de personas viajaban cientos de kilómetros para asistir a sus conciertos. Los recitales se transformaron en verdaderas peregrinaciones. No iban solamente a escuchar música. Iban a participar de algo que sentían propio. A encontrar una identidad compartida en un país que muchas veces parecía haber perdido las suyas.

Alguna vez el propio Solari dijo que había tenido “bandas de combate, no de entretenimiento”. La frase ayuda a entender el fenómeno. Los Redondos nunca fueron percibidos como un simple espectáculo sino que fueron vividos como un refugio.

Quizás por eso una línea como “vivir solo cuesta vida” terminó trascendiendo generaciones. No porque explicara algo con precisión, sino porque cada persona podía completarla desde su propia experiencia.

Ahí estaba el secreto del Indio: dejar espacios vacíos para que el público terminara la obra.

No fue el mejor cantante de su generación. Probablemente tampoco el músico más virtuoso. Pero entendió algo que una obra puede ser más poderosa cuando no revela todos sus secretos.

Por eso el Indio Solari nunca fue solamente una estrella de rock. Fue uno de los últimos grandes misterios de la cultura popular argentina.

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Miles de personas viajaban cientos de kilómetros para asistir a sus conciertos. Los recitales se transformaron en verdaderas peregrinaciones. No iban solamente a escuchar música. Iban a participar de algo que sentían propio.

Foto del Columnista Mauricio Jürgensen Mauricio Jürgensen