La alerta sanitaria por cáncer decretada por el Presidente José Antonio Kast hizo algo poco habitual: generó consenso. En un escenario político tensionado, incluso sus opositores evitaron cuestionarla. No por deferencia, sino porque la magnitud del problema deja poco margen para la duda.
En Chile, cada año se diagnostican cerca de 60 mil nuevos casos de cáncer y más de 30 mil personas mueren por esta enfermedad, según el Minsal. Eso equivale a más de tres personas por hora. Es, sin duda, uno de los mayores desafíos sanitarios del país. Y todo indica que seguirá creciendo.
Frente a esa magnitud, hay tres pilares que no admiten discusión y que deben seguir fortaleciéndose en esta gestión. Infraestructura, porque sin capacidad instalada no hay atención posible. Tecnología de punta, porque de ella dependen diagnósticos oportunos y tratamientos efectivos. Y especialistas, porque son quienes sostienen, día a día, la complejidad de esta enfermedad. Sin esos tres elementos, no hay sistema.
Sin embargo, existe un cuarto pilar que no es tan evidente, pero que puede ser igual de determinante para salvar vidas: la comunicación. Porque no siempre es falta de camas. No siempre es falta de médicos. Y no siempre es falta de tecnología. Muchas veces, es falta de comprensión del sistema.
Para entender la problemática en su dimensión real, hay que considerar que Chile cuenta con un sistema de garantías explícitas en salud, el GES, que establece por ley el derecho a diagnóstico, tratamiento oportuno y protección financiera para distintas patologías, incluido el cáncer. En teoría, ese marco asegura que ninguna persona debería quedar fuera del sistema. Y, sin embargo, hoy hay más de 27 mil personas con cáncer en lista de espera.
Esto sucede, en parte, porque el paciente oncológico, la mayoría de las veces, no entra a un sistema que entienda. Entra a un recorrido muchas veces fragmentado, técnico y silencioso. Donde existen derechos, pero no siempre se comunican con claridad. Donde hay rutas, pero no siempre tienen las señales necesarias para poder seguirlas. Donde hay alternativas, pero no siempre cuentan con la visibilidad suficiente.
Y en ese recorrido tedioso se pierde algo que en cáncer es decisivo: el tiempo.
No hay cifras exactas que permitan dimensionar cuántas personas llegan tarde por no haber entendido a tiempo qué hacer, dónde ir o cómo activar sus garantías. Pero basta mirar la experiencia cotidiana para entender que no es una excepción. Es una parte silenciosa del problema.
Un paciente que no comprende su diagnóstico, que no conoce sus derechos o que no logra descifrar su ruta de atención, no está en igualdad de condiciones frente a la enfermedad. Y en cáncer, esa diferencia se mide en tiempo. Y el tiempo, muchas veces, se mide en sobrevida.
Por eso, esta alerta sanitaria, en medio de una fase donde el foco está puesto en entender con precisión la dimensión del problema, abre la posibilidad de mejorar la ruta de comunicación hacia los pacientes y perfeccionar de manera concreta la capacidad real del sistema de explicarse, de orientarse y de acompañar.
La comunicación es lo que transforma capacidad en acceso. Información en decisión. Y sistema en experiencia real. Sin esa capa, incluso los sistemas mejor diseñados pueden volverse inaccesibles. En ese sentido, el desafío que abre esta alerta no es solo hacer más rápido lo que ya hacemos. Es también hacer más comprensible lo que ya existe.