Cada 21 de abril, el mundo celebra el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, una fecha establecida por la ONU para recordarnos que el ingenio humano es nuestro recurso más valioso para alcanzar el desarrollo sostenible. Sin embargo, este año la efeméride nos encuentra en Chile con una paradoja: mientras celebramos la capacidad de crear, somos testigos de actos que erosionan las bases mismas de esa creación.
Se suele pensar que la innovación es un asunto de algoritmos, laboratorios y capital de riesgo. Pero la realidad es más profunda: la innovación es un acto estrictamente humano. Antes que cualquier tecnología, existe una persona con la capacidad de imaginar algo distinto a lo que hoy existe. El talento es nuestro activo, la curiosidad el motor y la creatividad el combustible. Pero para que esa chispa se transforme en impacto real, se requiere de un componente que no se compra en el mercado: la colaboración.
Es en ese contexto que lo ocurrido recientemente con la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, agredida durante una visita a la Universidad Austral de Chile, trasciende lo político. No es solo un ataque a una autoridad; es un golpe a las condiciones que hacen posible que las ideas se desarrollen. Ocurre, además, en un espacio llamado a producir conocimiento y pensamiento crítico, lo que vuelve la contradicción aún más evidente.
La innovación no ocurre en el vacío. Si es un proceso humano, el respeto es una condición de borde. No puede haber creación de valor en un entorno que niega la humanidad del otro. Cuando la violencia reemplaza al argumento en una universidad, lo que realmente estamos haciendo es romper el puente.
La descalificación y la agresión son las formas más agudas de fragmentación. Y una sociedad fragmentada es, por definición, una sociedad incapaz de aprender y de crear en conjunto. La violencia no es solo un problema ético; es un problema estructural que limita el desarrollo de un país.
A menudo olvidamos que, en su esencia, innovar es servir. Innovamos porque alguien tiene una necesidad. La innovación ocurre cuando alguien pone su creatividad al servicio del problema de otro. Es un vínculo de generosidad y de escucha.
Cuando miramos las grandes fronteras de la humanidad hoy, vemos que los avances más relevantes no son logros individuales, sino resultados de colaboración a gran escala. Lo vemos en el programa Artemis, que busca establecer una presencia humana sostenible en la Luna como base para la exploración futura, pero también en avances más cercanos: el desarrollo de vacunas en tiempo récord gracias a redes globales de colaboración, o la aceleración de soluciones en inteligencia artificial que hoy se construyen de manera distribuida entre equipos en distintos países.
Ninguno de estos avances habría sido posible en un entorno de hostilidad. La ciencia requiere condiciones básicas: confianza para colaborar y respeto para construir.
Detrás de cada política pública, de cada decisión de inversión y de cada proyecto de laboratorio, hay personas. Si olvidamos eso, la innovación se distorsiona. La regla es simple pero exigente: sin respeto no hay colaboración; sin colaboración no hay impacto; y sin personas, simplemente, no hay innovación posible.
En este Día de la Creatividad y la Innovación, el mejor homenaje no es comprar más tecnología, sino recuperar algo mucho más básico: el respeto por quien tenemos enfrente. Es la única forma de que el conocimiento deje de ser un paper y se convierta, por fin, en bienestar para todos.