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Acortar las carreras: una oportunidad que exige repensar todo el sistema

Si queremos avanzar en un sistema de educación superior más pertinente, equitativo y sostenible, la discusión no puede reducirse a cuántos años dura una carrera. El desafío es más profundo: diseñar un modelo que permita a los estudiantes ingresar antes al mundo laboral, pero también volver a formarse, especializarse y adaptarse cada vez que sea necesario.

En las últimas semanas, el debate sobre la educación superior ha vuelto a instalarse con fuerza. En medio de las discusiones sobre la sostenibilidad de la gratuidad y los costos del sistema, ha surgido con mayor protagonismo la idea de acortar la duración de las carreras universitarias. La propuesta no es nueva, pero sí refleja una preocupación legítima: cómo hacer más eficiente el uso de los recursos y, al mismo tiempo, facilitar trayectorias formativas más pertinentes para los estudiantes.

En ese contexto, vale la pena reconocer algo evidente. Chile tiene carreras más largas que la mayoría de los países de la OCDE. Mientras en Europa o Australia es común que los estudiantes egresen en tres o cuatro años, en nuestro país muchas carreras superan los cinco. Esto no solo implica un mayor costo para el Estado, sino también para las familias y, sobre todo, para los propios jóvenes, que ven retrasado su ingreso al mundo laboral.

Desde esa perspectiva, avanzar hacia carreras más cortas puede ser una buena noticia. Permitiría reducir costos, acortar tiempos y responder de mejor manera a un entorno donde el conocimiento cambia rápidamente. Sin embargo, la discusión no puede detenerse ahí. Porque si bien acortar la duración puede ser parte de la solución, también abre una pregunta que hasta ahora ha quedado fuera del centro del debate: ¿qué ocurre después?

Si el sistema se limita a reducir años sin rediseñar las trayectorias formativas, el riesgo es evidente. Podríamos terminar formando profesionales con menor profundidad o trasladando el costo de la especialización a etapas posteriores, como magíster o postgrados, que hoy no son igualmente accesibles para todos. En ese escenario, lo que parecía una medida de eficiencia podría convertirse en una nueva fuente de desigualdad, especialmente para aquellos estudiantes que no cuentan con los recursos para seguir estudiando.

Por eso, más que discutir solo la duración de las carreras, el desafío es pensar el sistema en su conjunto. Avanzar hacia un modelo que permita trayectorias más flexibles, donde la formación inicial sea más breve, pero esté acompañada de oportunidades reales de especialización a lo largo del tiempo. Esto implica, entre otras cosas, preguntarse cómo se financian los postgrados, cómo se articulan con el mundo laboral y cómo se garantiza que todos los estudiantes —y no solo algunos— puedan seguir formándose.

A esto se suma un elemento que muchas veces se omite en la discusión. En Chile, las carreras no son largas solo por diseño, sino también porque el sistema escolar no siempre logra entregar las herramientas necesarias. En la práctica, muchas universidades terminan cumpliendo un rol de nivelación que extiende los tiempos de formación. Abordar este punto es clave si se quiere avanzar hacia cambios estructurales y sostenibles.

Al mismo tiempo, el contexto actual exige mirar más allá de los modelos tradicionales. La irrupción de la inteligencia artificial y la velocidad de los cambios en el mundo del trabajo están modificando las reglas del juego. Hoy, un título profesional ya no garantiza una trayectoria laboral estable. Lo que marca la diferencia es la capacidad de adaptarse, de seguir aprendiendo y de desenvolverse en entornos cada vez más inciertos.

En ese escenario, la orientación vocacional adquiere un rol central. No se trata solo de ayudar a elegir una carrera, sino de entregar herramientas para construir trayectorias flexibles, alineadas tanto con los intereses personales como con las necesidades del entorno. Orientar hoy no es decir qué estudiar, sino cómo enfrentar un proceso de aprendizaje que será continuo a lo largo de la vida.

Por eso, si queremos avanzar en un sistema de educación superior más pertinente, equitativo y sostenible, la discusión no puede reducirse a cuántos años dura una carrera. El desafío es más profundo: diseñar un modelo que permita a los estudiantes ingresar antes al mundo laboral, pero también volver a formarse, especializarse y adaptarse cada vez que sea necesario.

Acortar las carreras puede ser parte del camino. Pero solo tendrá sentido si entendemos que la educación no termina con un título, sino que comienza ahí.

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