Hace pocos días se dio a conocer una nueva clasificación mundial liderada por nuestro país. Lamentablemente, en este caso no se trataba de una buena noticia: con una emisión de más de 100 mil toneladas anuales, el relleno sanitario Loma Los Colorados -en Tiltil- se configuró como el sitio de origen humano que más metano emite en todo el mundo, según un ranking publicado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
Y no sólo eso, el relleno Santa Marta, ubicado en la comuna de Talagante, fue destacado en el séptimo lugar de este ranking, mientras que el relleno Chillán Viejo, en la Región del Ñuble, fue ubicado en el lugar 31. Estos no son datos anecdóticos, sino señales claras de que nuestro modelo de producción, consumo y descarte necesita cambios de forma urgente y de lo primordial que es el desarrollo de políticas públicas que puedan responder eficientemente a esta realidad.
El desperdicio de alimentos es uno de los grandes responsables de las emisiones de gas metano a nivel mundial: cada día, millones de residuos orgánicos terminan en vertederos y basurales tras no lograr ser vendidos o consumidos. El descarte de estos productos representa una doble pérdida, tanto por todos los recursos utilizados para producir estos alimentos (agua, energía, tierra, transporte y trabajo humano), como porque al terminar en la basura se transforman en una fuente adicional de contaminación.
En Chile no podemos seguir normalizando este desperdicio, mucho menos cuando sabemos que, según los datos de la encuesta Casen de 2024, un 19% de los hogares del país enfrentan inseguridad alimentaria moderada y/o severa. Que toneladas de alimentos terminen en la basura teniendo en cuenta esta realidad, no solo constituye una contradicción ética, sino también ambiental y económica.
En Cheaf somos testigos privilegiados de que es posible resolver este problema desde la raíz. Cada día, miles de productos y comidas que antes se desperdiciaban, hoy logran ser aprovechados gracias al uso de tecnologías, la colaboración con comercios y una ciudadanía cada vez más consciente y demandante de este tipo de soluciones. Pero el esfuerzo privado, por sí solo, no basta. Se requiere una señal política clara y un marco legal que acelere el cambio de escala.
En ese contexto, es una señal positiva que el Ministerio del Medio Ambiente haya priorizado la gestión de residuos durante la presente administración, lo que debiera impulsar soluciones capaces de enfrentar este desafío de manera integral. Sin embargo, para abordar el problema en toda su magnitud, es indispensable actuar antes de que los alimentos se conviertan en residuos.
Para ello, resulta fundamental avanzar en una legislación que prohíba el desperdicio de alimentos y promueva su correcto aprovechamiento, gracias al establecimiento de incentivos claros y certezas jurídicas para que supermercados, restaurantes, productores y comercios puedan donar o promover el rescate de excedentes de manera segura y eficiente, evitando así desecharlos. Después de todo, cuando existen reglas claras, la recuperación de alimentos deja de ser una excepción y se convierte en parte natural de la cadena de abastecimiento.
Que Chile lidere en este listado debe incomodarnos. Pero también puede ser una excelente oportunidad para entender que combatir el desperdicio de alimentos no es solo una buena práctica: es una política climática urgente, una herramienta social poderosa y una decisión económica inteligente para el futuro del país.