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Contra interés no hay argumento

Antes de cada decisión relevante, hay tres preguntas que vale la pena hacerse: ¿cómo responderá la oposición en el contexto donde estamos hoy? ¿Refuerza un patrón negativo que ya está tomando forma? ¿Estamos entregando material que le da oportunidad a la oposición para instalar su relato? Si las tres respuestas están claras antes de actuar, la capacidad de generar flancos innecesarios se reduce sustancialmente.

En una conversación sobre contingencia política y la reacción opositora al proyecto de Reconstrucción Nacional y al Oficio de Hacienda, un destacado columnista soltó una frase que lo ordenó todo: “contra interés, no hay argumento”. En ambos casos, sectores del oficialismo estaban cuestionando la mala fe de la oposición, porque que sacaban de contexto o distorsionaban los hechos. Puede que tengan razón. Pero esa no es la pregunta que importa.

La oposición tiene incentivos claros para diferenciarse del gobierno y actúa en consecuencia. Eso no es una anomalía ni una sorpresa. Es exactamente lo que hace cualquier bloque opositor en minoría. La política siempre ha funcionado así. Sun Tzu lo escribió hace 2.500 años: “Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas. Si te conoces a ti mismo pero no al enemigo, por cada victoria que ganes también sufrirás una derrota.” Conocer al adversario no es un ejercicio intelectual. Es una condición necesaria para una buena estrategia. Y conocerlo implica entender cómo va a leer cada una de tus decisiones antes de tomarlas, no después.

Cada decisión de gobierno se lee en un contexto específico y ese contexto determina su impacto político tanto o más que su contenido. Pero además, las decisiones no se evalúan de manera aislada. A medida que un gobierno avanza, las acciones empiezan a leerse como continuidad, como confirmación de un patrón. Ese factor acumulativo es el que convierte un flanco menor en un relato instalado. Y una vez que ese relato se instala en el sentido común, ya no se desarma con argumentos. Se reemplaza con hechos. Reemplazarlo cuesta mucho más que haberlo evitado.

El presidente Kast prometió en campaña no tocar los beneficios sociales. Entonces cuando anuncia el Proyecto de Reconstrucción y lo combina con medidas tributarias, el relato de “proyecto para los ricos” no requirió mayor elaboración para instalarse. Días después, el Oficio de Hacienda propuso revisar programas sociales desde la alimentación escolar hasta la PGU. Técnicamente son dos decisiones legítimas con lógicas distintas. Políticamente, la segunda no fue leída como un documento típico de gestión, sino como una pérdida de beneficios sociales y como una confirmación de la primera. Oficios de ajuste presupuestario similares han circulado en gobiernos anteriores sin mayor consecuencia. Lo que cambió no fue el instrumento. Fue el momento en que apareció y el patrón acumulativo en que fue recibido.

Por eso la recomendación no es comunicacional. Es de diseño. Antes de cada decisión relevante, hay tres preguntas que vale la pena hacerse: ¿cómo responderá la oposición en el contexto donde estamos hoy? ¿Refuerza un patrón negativo que ya está tomando forma? ¿Estamos entregando material que le da oportunidad a la oposición para instalar su relato? Si las tres respuestas están claras antes de actuar, la capacidad de generar flancos innecesarios se reduce sustancialmente. Y cuando eso ocurre, la gestión, que es el centro de cualquier gobierno que apuesta por resultados concretos, puede operar sin el ruido que ella misma genera.

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Antes de cada decisión relevante, hay tres preguntas que vale la pena hacerse: ¿cómo responderá la oposición en el contexto donde estamos hoy? ¿Refuerza un patrón negativo que ya está tomando forma? ¿Estamos entregando material que le da oportunidad a la oposición para instalar su relato? Si las tres respuestas están claras antes de actuar, la capacidad de generar flancos innecesarios se reduce sustancialmente.

Foto del Columnista Damián Trivelli Damián Trivelli