Hay un dato que deberíamos tener pegado en la pared de cada sala de reuniones donde se toman decisiones sobre infancia en Chile. En 2025, UNICEF publicó “El bienestar de la infancia en un mundo impredecible”, comparando datos entre 2018 y 2022 de 43 países, donde Chile ocupa el último lugar en bienestar general. Entre 36 países medidos, somos los últimos. Así tal como lo lee. En salud mental, salud física, lectura, matemáticas y habilidades prosociales, estamos entre los últimos de la tabla. ¿Qué dicen estos datos? Que no estamos hablando de una estadística, estamos hablando de un golpe en el bienestar de una generación completa, la de niñas, niños y adolescentes que hoy tienen entre 8 y 18 años. Los que crecieron en pandemia, cargando el cierre de escuelas, el aislamiento social y, con ello, el deterioro de sus vínculos en los años más decisivos de su desarrollo. La proporción con alta satisfacción vital cayó más de 10 puntos porcentuales entre esos años. Este es nuestro punto de partida, no para repartirnos las culpas, sino para preguntarnos: entonces, ¿De quién es el problema?
Pareciera que, casi por inercia, le endosamos esta responsabilidad a la escuela. La Ley 21.809 sobre Convivencia, Buen Trato y Bienestar Escolar es un avance real, pero no transformará el aula sin apoyo. La fragmentación ya está ahí, con profesores agredidos que no dan abasto, apoderados que cuestionan las normas, y estudiantes que llegan preguntándose para qué están ahí si la información la tienen en la mano.
Entonces miramos a las familias, donde la mayoría hace lo que puede con lo que aprendió en su propia crianza. Hay una gran brecha de comunicación entre los adultos y las infancias y jóvenes, quienes escuchan permanentemente la carga en que se han convertido, incluso en sus propias familias. Sentirse no querido, no escuchado, no valorado no es fácil para un adulto, imagínese para quienes están creciendo. Según la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia 2024, 3 de cada 4 adolescentes de entre 14 y 18 años presenta algún síntoma de ansiedad o depresión. Eso ocurre en los livings, en los dormitorios, frente a pantallas que les entregamos nosotros mismos y que se han transformado en su mejor juguete, compañero y confidente, con contenido que los distrae de una vulnerabilidad que no es solo material.
Por otra parte, el sistema público tampoco alcanza. Chile tiene menos psiquiatras infanto-juveniles por habitante que el promedio OCDE y la cobertura de salud mental infantil sigue siendo insuficiente.
Las amenazas en redes sociales entre estudiantes han aumentado, normalizando la agresión como forma de comunicación. El ciberacoso viaja en el bolsillo de cada niña, niño o adolescente que lo sufre y en esos mismos espacios se premia el trato despectivo hacia las mujeres, incluso dentro de las escuelas. Según el Diagnóstico 2025 de la Defensoría de la Niñez, el 70% de estudiantes de quinto básico a cuarto medio declara que los han hecho sentir mal por su apariencia, sus notas, sus opiniones. Y cuando levantan la cabeza, los medios los muestran como víctimas o victimarios, sin ser parte de la cohesión social, como si se hubieran vuelto justamente lo contrario de lo que necesitamos construir juntos.
Entonces, “¿de quién es el problema?”.
De todos. No hay novedad en decirlo, el tema es preguntarse qué hacemos realmente. Cuidar la infancia ha sido históricamente una tarea ecosistémica. Los especialistas en desarrollo infantil llevan décadas hablando de “la aldea que cría”. No es una metáfora bonita, es un modelo funcional que hemos ido perdiendo y que es importante recuperar, porque en ella cada actor debe hacer su parte sin esperar que el otro lo haga primero. En ese ecosistema, TVN, a través de NTV, también es parte de la aldea y tiene una misión que cumplir.
La decisión de TVN en NTV es construir cultura más allá de lo que entendemos por “hacer cultura” y aportar al tejido social, a cómo nos relacionamos y a respetar el desarrollo desde que nacemos hasta que salimos del colegio. La parrilla no es neutral ni se construye solo para crear hits. La construimos para dar herramientas que fortalezcan habilidades para vivir mejor, como el respeto y la inclusión como valores cotidianos, la empatía en la diferencia, la entretención donde equivocarse no es fracasar sino aprender y la información que los muestra como protagonistas que pueden mejorar sus entornos. La cultura como expresión de nuestra identidad. Elegimos ser parte de la solución.
Tenemos un trabajo que hacer todas y todos, no solo los que tienen hijos o hijas, no solo los que toman decisiones. En conjunto tenemos la responsabilidad. Porque hacer la aldea que necesitan es una decisión que se toma o no se toma cada día, en cada espacio donde hay una niña, un niño o un adolescente o donde se habla de ellos. Incluso en las pantallas. La pregunta ya no es de quién es el problema. Es si vamos a seguir esperando que la aldea la construya otro o vamos a empezar a hacerla posible desde el lugar que estemos.
*Mariana Hidalgo, directora de programación de NTV, canal infantil y cultural de TVN.