Thoughts & Prayers, el documental de HBO sobre violencia armada en escuelas estadounidenses, muestra algo más perturbador que los propios ataques: cómo las comunidades educativas aprenden a vivir con el miedo como ruido de fondo. Profesores que entrenan a sus alumnos para sobrevivir, familias que ya no preguntan si va a pasar, sino cuándo. La literatura llama a esto habituación al peligro. Y tiene consecuencias profundas para el bienestar de todos quienes habitan una escuela.
Chile no está en la misma situación. Pero sería un error ver ese documental como si fuera sobre otro mundo. Según datos oficiales obtenidos vía Ley de Transparencia y registros de la Defensoría de la Niñez, entre 2014 y 2024 las denuncias por porte de armas en colegios crecieron cerca de un 400%, y las expulsiones vinculadas a su uso pasaron de menos de 10 casos en 2016 a más de 200 en 2024. Hoy representan alrededor del 13% de las expulsiones del sistema escolar. Y en las últimas se-manas, distintos establecimientos han reportado amenazas en proximidad temporal con eventos de alta cobertura mediática, lo que la investigación identifica como efecto imitación: un fenómeno documentado que no distingue fronteras geográficas.
Pero el efecto imitación es solo la punta visible. Lo que el documental expone con más profundidad, y lo que la evidencia científica reciente confirma, es el problema que lo antecede: el deterioro del clima escolar. No el ambiente físico ni el ánimo de un día particular, sino la configuración estable de relaciones, normas y percepciones de seguridad que determinan cómo se vive y se aprende. En escuelas con un clima positivo, los niveles de ansiedad y depresión en los estudiantes pueden ser hasta un 25% más bajos que en aquellos con un clima deteriorado. En estos últimos, además, los docentes enfrentan entre 5 y 8 incidentes violentos diarios, con consecuencias directas en su agotamiento emocional y su identidad profesional.
El deterioro no ocurre de golpe. Ocurre cuando la agresión se normaliza entre pares, cuando los estudiantes dejan de confiar en que los adultos responderán y cuando las normas se perciben como injustas o inexistentes. En ese punto, el miedo deja de ser una reacción excepcional y se convierte en el modo por defecto. Y eso condiciona el aprendizaje, erosiona las relaciones y debilita a las comunidades desde adentro.
La buena noticia es que la evidencia también muestra qué es lo que funciona y respalda que la forma de responder ante la violencia no debe ser reactiva ni improvisada frente a un problema, sino basada en prácticas que se construyen y sostienen en el tiempo.
En primer lugar, es prioritario implementar programas de aprendizaje socioemocional trabajados de forma continua con toda la comunidad escolar. Estudiantes, docentes, equipos directivos y sus entornos deben adquirir habilidades para relacionarse con otros, reconocer emociones y manejar diferencias. Se requiere una formación integral, no solo educar en contenidos académicos.
En segundo término, es clave establecer formas de abordar los conflictos donde el foco no esté en el castigo, sino en reparar el daño, asumir responsabilidades y reconstruir las relaciones entre las partes involucradas. Como tercer punto, es fundamental que en los establecimientos existan liderazgos directivos que respalden, acompañen y guíen activamente a sus equipos.
Chile tiene todavía una ventana. Pero construir escuelas seguras no se improvisa ni se resuelve con un simulacro. Se construye en las relaciones, en las normas, en recuperar el respeto por los docentes y en la decisión de poner el clima escolar donde siempre debió estar: en el centro.