¿Un país es una empresa?
Desde la irrupción del management como disciplina, y la realidad social de las últimas décadas, han promovido la discusión recurrente acerca de la comparación de la conducción política y la gestión de un país con una organización empresarial.
En primera instancia, hay que aclarar que quienes gobiernan un país y quienes gobiernan una empresa no tienen el mismo propósito ni los mismos objetivos, considerando prioritariamente que una empresa tiene dueños y un país no (al menos en sociedades cuidadosamente democráticas), y que las condiciones iniciales en términos de valor esperado por los accionistas en el caso de una empresa y de la sociedad en el caso de un país, son diferentes. En un caso la búsqueda es la creación de valor económico y en la otra, la creación de valor social.
En todo caso, lo recurrente es la generación de riqueza.
Así como una organización empresarial define una estrategia en un marco cultural propio, y determina los pilares o factores críticos para alcanzar los resultados que conducen a la creación de valor económico, un país define su estrategia para alcanzar el valor social representado en el bienestar general en términos de progreso y prosperidad, para lo que deben definirse pilares que conducen a ese objetivo superior que requiere gestionar recursos; economía; seguridad; educación; salud, etc.
En tal sentido, así como una organización empresarial se gobierna a partir de la cultura, la estrategia y la estructura, el gobierno de un país sigue esa lógica.
Las tendencias socioculturales de las nuevas generaciones, el interminable avance de la ciencia y la tecnología, al alcance cada vez mayor de la Inteligencia Artificial entre otros múltiples factores no controlables que afectan a una sociedad, plantean el dilema central de los modelos de gobierno que se ven exigidos a abandonar el supuesto de que el presente es una proyección exacta del pasado vivido.
El efecto de la evolución exige una actitud y una aptitud que hace de la política una profesión por sobre la voluntad y los sesgos ideológicos de quien gobierna.
Un político hoy es un profesional que percibe sensaciones sociales, que define un rumbo acordando con los diferentes rumbos posibles y que trata de compatibilizar los intereses del país con sus propios intereses relacionados con el poder.
El gobierno de un país se ve obligado a jugar un juego dónde las ideas deben evolucionar dando paso a doctrinas pragmáticas que puedan adaptarse a las circunstancias que marcan el ritmo de una sociedad.
En términos de Humberto Maturana, quien gobierna debe hacerlo a partir de su capacidad sensorial, relacional y operacional. Esto le exige al político el rol profesional de proponer la estrategia, sostenerse en la cultura y definir la estructura para lograr el objetivo superior de crear valor social.
¿Están nuestros gobernantes preparados profesionalmente para hacerse cargo de la nueva política que exige soluciones nuevas para los problemas de siempre?
¿Hay capacidad para compatibilizar la política con la estrategia para diseñar un rumbo y definir el plan para llevarlo a cabo?
¿Tienen los políticos las cualidades para diseñar la estructura organizacional de su gobierno sin mezquindades y eligiendo a un equipo capaz de hacer política para alcanzar acuerdos y hacer gestión para dar respuesta y resultados?
¿Tiene el presidente la cualidad y la formación para ser un orquestador, un comunicador eficaz y un decisor en función de los intereses permanentes de un país?
Un país conceptualmente no es una empresa. Y la profesionalidad, como en las empresas, no se demuestra con Power Point y con planillas de Excel, sino teniendo claro el significado de la política, la estrategia y la gestión, lo que requiere mucho más que voluntad.
Es tener convicción, pero también conocimiento. Es tener intención, pero también integración de ideas.
Observemos, como ciudadanos comunes y ordinarios, si quienes gobiernan poseen esa cualidad profesional.
O simplemente, viviremos frustración tras frustración por estar conducidos con relatos fantásticos mal contados.