Uno de los comentarios que más se ha escuchado últimamente en Chile, es “cuanta exageración en la ley…”. Desde esa frase es que me permito aclarar qué significa “exageración”, para aquellos que desde niños han sufrido con los malos tratos de una clase de personas blancas que creen que el “hostigamiento”, es la única forma de imponerse frente a los demás.
Ante la triste y deplorable conducta de un ciudadano chileno en un vuelo de Latam, donde emitió ofensas racistas y homofóbicas a un integrante de la tripulación, es que estimo necesario dilucidar que hay casos como estos que pasan y siguen pasando no solamente en Brasil, sino en el mundo.
La ley brasileña de combate al racismo no es fruto de la casualidad, y menos es resultado de una legislación complaciente con las personas negras, y los descendientes del pueblo africano en el país. Es una ley que tiene como fecha la Constitución Federal de 1988; o sea, 100 años después de la “supuesta” abolición de la esclavitud en 1888. A pesar de que muchos en Brasil creen que la población negra tiene las mismas oportunidades sociales que las personas blancas, es bueno aludir a algunas estadísticas que pueden hacer sentido para aquellos que quieren comprender la situación racial en el país.
En Brasil, la población negra (sumando las categorías “pretos” y “pardos” usadas por el IBGE) representa aproximadamente el 55,5% de la población según el Censo 2022. De este 55% – 92 millones se declaran “pardas” – 20,6 millones se declaran “pretas” – esa población que ha existido a márgenes de la población blanca, a quienes las oportunidades sociales han sido históricamente mejores, han sido maltratados a más 4 siglos, siendo las favelas de Brasil reflejo de estos atropellos y de los verdaderos flagelos cometidos contra la población negra en el país.
Permítanme otros datos para comprender la evolución de la legislación brasilera, y lo estructural que ha sido la segregación de esta población, al pensar que la temática racial de Brasil se puede evidenciar en la propia estructura social y en la desigualdad socioeconómica. El desconocimiento histórico de la construcción de la violencia, por ejemplo y de la opresión contra 92 millones de personas negras, ha hecho que la lucha por mejorar sus condiciones sociales, y castigar conductas de ofensas, de humillaciones y vejaciones se haya ido implementando a través de una movimiento social que ha llevado a la creación de la Ley de Combate al Racismo, creada en 5 de enero de 1989, conocida como Ley “Caó” en homenaje al periodista Carlos Alberto de Oliveira. Dicho cuerpo legal considerado un marco histórico en la lucha contra el racismo define el racismo como un crimen grave. No obstante, la ley no fue suficiente para impedir los insultos, las ofensas y las humillaciones, ya que en 1.997, la ley 9.459 incluyó el prejuicio y la discriminación por etnia, religión y origen nacional, que se va a equiparar con la ley 14.532 de 2023 de Injuria Racial (Ofensa Individual), dónde el racismo es un crimen sin derecho a fianza o no excarcelable, constituyéndose como un delito grave, en el cual al detenido no se le permite el pago de sumas de dinero.
La diferencia de las dos leyes es que el delito de odio que consiste en ofender la dignidad o el honor de alguien basándose en su raza, color, etnia o país de origen, se configuró como crimen. Actualmente se sumaron a la ley contextos de insultos homofóbicos, transfóbicos que también son castigados con penas de prisión.
Dicho esto, más allá de los cuestionamientos que puedan surgir con relación a las “exageraciones” de una ley, estimo que nuestras poblaciones latinoamericanas han sido educadas bajo una cultura colonizada, dónde nos hemos adaptado a los “insultos” como algo normal, dónde tragarse los “comentarios despectivos” como “bromas” es algo natural, principalmente hacia personas con posiciones subordinadas. Entonces, situaciones como la del ciudadano chileno, que no solamente deshumaniza, ofende, y humilla al integrante de la tripulación del avión, pasan desapercebidas dado el derecho heredado de hacerlo, porque es un ciudadano blanco.