El episodio ocurrió la semana pasada en el Movistar Arena de Buenos Aires, pero podría haber pasado en casi cualquier concierto actual. Fito Páez presentó buena parte de un repertorio nuevo, el público reaccionó con frialdad, aparecieron los celulares, los comentarios en redes en tiempo real y finalmente también la molestia del propio músico, que encaró a parte de la audiencia cuando llegaron los clásicos y recién ahí apareció el entusiasmo colectivo.
La escena parece menor, incluso anecdótica. Pero probablemente expone una tensión mucho más profunda sobre cómo escuchamos música hoy.
Porque ambas partes, en el fondo, tienen algo de razón.
El artista tiene derecho a tocar lo que quiera. De hecho, probablemente esa sea la definición mínima de un artista. Nadie compra una entrada únicamente para activar una jukebox humana. Un concierto no debería reducirse a una lista de reproducción ejecutada en vivo para satisfacer expectativas previas. Ir a ver a un músico también supone aceptar que existe presente, búsqueda, incluso contradicción. Sobre todo en alguien como Fito Páez, cuya carrera nunca se construyó únicamente desde la nostalgia.
Pero el público también tiene un argumento legítimo. Muchas veces las canciones más populares son precisamente el puente emocional que construyó esa relación entre artista y audiencia. No son simples “hits”: son recuerdos, biografía, momentos de vida. Y además son, siendo brutalmente honestos, las canciones que permiten llenar un Movistar Arena. Resulta difícil pedirle al público que ignore eso por completo mientras arriba del escenario alguien decide comportarse como si toda su obra tuviera exactamente el mismo peso emocional.
Ahí aparece el verdadero conflicto: ¿hasta dónde llega la libertad artística y dónde comienza cierta desconexión con la experiencia real del público?
Durante décadas esa tensión existió, pero el streaming probablemente la radicalizó. Hoy escuchamos música bajo una lógica completamente personalizada. Saltamos canciones. Armamos playlists. Elegimos únicamente lo que queremos escuchar. El algoritmo además refuerza esa conducta: siempre privilegia aquello que ya conocemos, aquello que genera reacción inmediata, aquello que evita el vacío o la espera.
Y quizás por eso cada vez cuesta más tolerar la idea de un concierto como experiencia abierta.
Antes, ir a ver un músico también implicaba exponerse a lo inesperado. Escuchar canciones desconocidas. Descubrir materiales nuevos. Incluso aburrirse un rato. Hoy, en cambio, parte del público parece asistir con la expectativa de una satisfacción instantánea y permanente. Como si el concierto debiera funcionar igual que Spotify: precisión emocional inmediata, sin desvíos, sin zonas grises, sin tiempos muertos.
Pero también existe el riesgo contrario. El artista que transforma su presente en una especie de obligación moral para el público. Como si escuchar un disco nuevo completo fuera un acto de fidelidad que la audiencia estuviera obligada a cumplir. Y ahí aparece otra forma de arrogancia: despreciar las canciones populares justamente porque son populares, olvidar que esas canciones no son un accidente comercial sino parte esencial del vínculo construido durante años.
Quizás el problema de fondo es que tanto artistas como público terminan atrapados por la misma lógica de consumo. El público exige recompensa inmediata. El músico intenta escapar desesperadamente de ella para demostrar que todavía tiene algo nuevo que decir. Y en esa pelea muchas veces se pierde algo bastante simple: la posibilidad de compartir música sin convertir el concierto en una negociación de expectativas.