El presidente Kast entregó su primera Cuenta Pública. Como todo discurso de esta naturaleza, tuvo dos dimensiones: lo que anunció concretamente y lo que construyó simbólicamente. La primera ordena la agenda. La segunda disputa el sentido.
Ahí está la estrategia política del discurso. El presidente ganó la elección en su propia cancha, la del orden, la seguridad y el crecimiento. Ese fue el mandato. Pero en la Cuenta Pública hizo algo adicional. Tomó conceptos con los que la izquierda organizó parte de su identidad política durante la última década y los resignificó para ponerlos al servicio de su agenda. En vez de confrontarlos, los absorbió.
La palabra más significativa del discurso no fue seguridad, fue dignidad. Durante años, la izquierda instaló la dignidad como demanda colectiva y sistémica, dirigida contra el modelo. El presidente Kast la lleva a la persona. En su discurso, la dignidad no se exige al sistema, sino que ocurre en el trabajo, en la familia, en la mirada entre padres e hijos. “Un empleo no es solo un sueldo. Un empleo es dignidad”. Con esa frase, el problema deja de ser el modelo y pasa a ser el desempleo. La solución deja de ser la transformación estructural y pasa a ser el crecimiento. Desde ahí, cualquier crítica queda obligada a explicar por qué se opone a una promesa presentada como empleo, familia y dignidad.
Lo mismo ocurre con el cuidado. La economía del cuidado fue uno de los avances conceptuales reales que el progresismo instaló en el debate público. El primer mandatario toma parte de ese lenguaje, pero cambia su centro de gravedad. La sala cuna universal aparece, pero su justificación es otra: “cuando una madre puede trabajar con tranquilidad, avanza no solo la equidad, sino también el desarrollo de Chile”. El sujeto político cambió. El cuidado deja de ser solo una demanda de autonomía y se convierte también en una palanca de productividad. La política puede parecer similar a la que pedía la izquierda. El marco que la sostiene es completamente distinto. Y el marco importa, porque determina qué otras políticas se vuelven posibles desde ahí.
Hay una regla en política que este discurso ilustra con claridad: cuando logras que tus adversarios respondan en tu propio lenguaje, ya ganaste parte de la disputa. Lo que hizo la izquierda chilena durante años fue forzar a la derecha a responder en términos de derechos, dignidad, abusos y desigualdad. Este discurso intenta obligar a responder en términos de empleo, familia y crecimiento. La izquierda aparece menos preparada para responder en ese terreno, porque en los últimos años fue abandonando ese vocabulario para hablar desde marcos cada vez más identitarios y más alejados de la experiencia cotidiana de las personas que decía representar.
El presidente Kast no creó ese vacío. Lo encontró y lo ocupó. El desafío para la oposición es que si no recupera ese lenguaje desde su propia tradición, cada crítica que haga al gobierno puede sonar como una defensa de abstracciones frente a alguien que habla de la madre que trabaja, del empleo como dignidad y de la familia como horizonte de seguridad. La izquierda y la centro izquierda pueden criticar las medidas, pero antes tendrán que resolver un problema más difícil: volver a hablarle a la experiencia cotidiana de quienes alguna vez fueron su sujeto político. Porque en política, si pierdes las palabras con las que se establece el debate, perdiste antes de que empiece.