Todo va y viene. La inmediatez es la realidad, el aquí y ahora, no hay tiempo.
La exigencia de gobernar con pragmatismo para cumplir con las promesas de campañas teñidas por un relato que se supone atrapante y que no sirve para nada, ya que lo único que sirve en la inmediatez y en la confrontación es negar al otro.
Sucedió en las últimas elecciones en aquellos países que, con mayor o menor institucionalidad, carecen de partidos políticos sólidos. Los outsiders se diluyen como los glaciares con el cambio climático.
Sucede en Bolivia, sucede en Chile, Argentina igual, el Perú con una dicotomía de elegir el mal menor o el bien peor.
Cuesta mucho gobernar, claro que es difícil. Pero más allá de coyunturas internacionales que pueden afectar la realidad social de los países de la región (pandemias, guerras, desajustes de precios de combustibles y materias primas, presión de los países dominantes), los gobiernos tienen en sus manos decisiones sobre variables controlables que hacen a la creación de valor social.
Ahí aparece la capacidad de gobernar bien, y la pregunta es: ¿Qué es gobernar bien?
¿Tener déficit cero? ¿Generar subsidios para los más necesitados? ¿Promover espacios de libertad económica para dar rienda suelta a la desigualdad? ¿Promover la libertad responsable que permite equidad social (no igualdad)?
Son muchos los cuestionamientos.
En Chile, Kast cae en las encuestas, por un discurso ambiguo que aparenta no tener el respaldo de una estrategia y, obviamente, ni de un plan y tampoco una estructura organizacional clara de gobierno.
¿Es culpa de la guerra o de no estar preparado para asumir? Es que la promesa del relato hace suponer que puede haber un tiempo de adormecimiento de la sociedad, pero eso parece ser de otras épocas. Ya no hay tiempo, hay oposición que huele sangre frente a cada error no forzado y hay fuego amigo solo por el deporte de no perder espacio de poder.
Lo destacable es que el discurso de Kast en la cuenta pública parece haber dado un salto cualitativo producto de una moderación inesperada. Poco a poco las ideas parecen integrarse en un punto común que significa pragmatismo.
En Bolivia, el pobre gobierno del presidente Paz se ve cercado por la acción de la oposición encabezada fantasmalmente por Evo Morales, y gatillada desde su propio vicepresidente (Lara) que es efectivamente el populista dueño de los votos con los que Paz ganó.
¿Eso es culpa de la guerra? ¿De Trump, Putin o Ji Jimping? No, claro que no. Es la improvisación de llegar al poder para ver si se puede construir poder.
En el Perú, el dilema es anti-fujimorismo o anti-izquierdismo con el trasfondo de un país cuya sociedad vive decepcionada de la clase política, pero a su vez parece olvidar los fracasos sucesivos y, olvidándose del futuro, vota el presente contra el miedo que le provoca el adversario.
Cabe señalar que ningún candidato tiene un caudal de votos propios capaces de resolver la elección, pero ese olvido hace que el candidato de la izquierda tenga competitividad cuando su antecesor Castillo ha sido procesado por intento de autogolpe. Amnesia democrática.
En La Argentina Milei parece domar la macroeconomía, pero todavía es una aventura económica ir a un supermercado para la clase media tradicional. Esa clase que aún lo aguanta y lo sostiene por temor a un opositor fantasma (el kirschnerismo) que es lo único que mantiene vivo a un gobierno sin oposición real y que día tras día tropieza con su propia torpeza política. Insólitamente, cuando parece que los gobiernos fracasados no regresan, los errores de un gobierno amateur le abren la puerta al regreso.
En este verdadero carnaval político, en el que los gobiernos llegan a una cima y caen abruptamente o ni siquiera alcanzan la cima por impericia en su acceso al poder, será esperable que los que fueron y se fueron tengan toda la opción de volver frente a la ausencia de gestión de los gobiernos que suponen tener tiempo cuando no hay tiempo.
En estas instancias, la institucionalidad sostiene la volatilidad y el enfrentamiento, por lo que defender el sistema de gobierno parece fundamental frente a la grieta ideológica acentuada en sociedades cuya fragilidad política generan el vértigo y la tensión de una “montaña rusa”.