Desde hace años, la crisis de las humanidades concentra la atención de ciertos círculos académicos. Sin embargo, en los últimos meses, dos documentos muy distintos han contribuido a posicionar el tema en la esfera pública.
En mayo de 2025, el estudio de Microsoft Trabajando con IA: Medición de las implicaciones laborales de la IA generativa analizó durante nueve meses más de 200.000 conversaciones anónimas con su asistente conversacional, Copilot. El resultado fue un listado de profesiones con alto riesgo de desaparecer. Entre ellas destacan, junto a una larga lista de ocupaciones técnicas, varias vinculadas a las humanidades: intérpretes y traductores (98 %), historiadores (91 %) y escritores y autores (85 %).
Detengámonos en los historiadores. La pregunta que surge es qué entiende Microsoft —y el algoritmo que sustenta este estudio— por el oficio del historiador. La respuesta parece ser que lo reduce a un mero recopilador de datos. Lo preocupante no es que la inteligencia artificial incurra en esta confusión, sino que quienes la programan parezcan no comprender la utilidad y la función de la historia y, por extensión, de las humanidades.
En el otro extremo encontramos Magnifica Humanitas. En esta encíclica, León XIV levanta la voz frente a este problema y advierte sobre el peligro de una técnica desprovista de humanidad (4) y sobre los riesgos de la deshumanización. Destaca que toda tecnología responde a los intereses de quienes la programan y, por lo tanto, refleja una determinada visión del mundo; en este caso, una lógica de optimización y productividad que se impone por sobre aquello que nos hace propiamente humanos.
El Papa se suma así a un llamado más amplio para recuperar el rol de las humanidades en la sociedad, edificar una comunidad y “aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que hay que corregir” (12). La historia, como disciplina y oficio, tiene el deber de recordar, estudiar, analizar y transmitir las lecciones de esa fragilidad humana que constituye nuestro pasado, el largo recorrido que nos ha conducido hasta el presente. Se trata de una tarea muy distinta de la mera acumulación de datos y fechas que parece asumir Microsoft.
El gran peligro de entender la tecnología como respuesta a todos los problemas es que termina por privarnos de nuestra capacidad de preguntarnos por el sentido de las cosas y facilita el olvido de cómo llegamos a ser quienes somos. Cuando perdemos esa capacidad, nos volvemos cada vez más apáticos y dóciles. Ya lo advertía Orwell: “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”. Y, finalmente, quien controla el pasado y el presente termina controlando también la verdad y, con ello, nuestra libertad.
Frente a este escenario, son los humanistas y las universidades quienes están llamados a reaccionar. Su aislamiento, muchas veces autoimpuesto y sustentado en la idea de poseer un conocimiento superior, los ha distanciado de la sociedad. Resulta fundamental que las humanidades vuelvan a conectarse con las personas, que reivindiquen la importancia de formular preguntas incómodas y de buscar el conocimiento como un fin en sí mismo. Deben convertirse nuevamente en un faro capaz de orientarnos en un mundo turbulento.
En definitiva, las humanidades están llamadas a cumplir una tarea tan simple como indispensable: ser personas al servicio de la humanidad.