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Cambios al Sistema de Admisión Escolar: ¿Qué le pedimos a la escuela?

El debate sobre la selección escolar trasciende una discusión técnica o administrativa. Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos construir. Una educación comprometida con la inclusión, la equidad y el reconocimiento de la diversidad es también una apuesta por una sociedad más justa, cohesionada y democrática.

La discusión sobre una modificación al Sistema de Admisión Escolar (SAE) para reinstalar mecanismos de selección en la escuela nos obliga a reflexionar sobre temas que van más allá de las leyes: ¿Por qué una escuela necesita abrir la puerta a unos estudiantes y cerrársela a otros? ¿Qué visión de educación y de sociedad subyace a la reinstalación de esta medida?

Durante décadas, la evidencia nacional e internacional mostró que los establecimientos que suelen exhibir mejores resultados no necesariamente lo hacen porque enseñen más o mejor, sino porque reciben a estudiantes que, debido a sus condiciones familiares, culturales y socioeconómicas, llegan mejor equipados para responder a las exigencias. Cuando la selección opera como filtro de ingreso, los resultados reflejan, en gran medida, las ventajas previas de quienes acceden a esos espacios. En ese sentido, la selección refleja las ventajas de unos pocos y no necesariamente el esfuerzo de algunos.

Por ello, la idea de introducir factores de selección en el Sistema de Admisión Escolar debería preocuparnos. Chile ha experimentado históricamente altos niveles de segregación educativa, una realidad dolorosa que reproduce y profundiza las desigualdades sociales. Reinstalar barreras de acceso no abordará los desafíos del sistema educativo, sino que perpetuará una lógica que ya ha demostrado sus límites, porque cuando a las diferencias de origen se suma la segregación escolar, las brechas no disminuyen, sino que se consolidan.

La misión de la educación escolar no consiste en seleccionar a quienes tienen mayores probabilidades de éxito, sino en generar las condiciones para que todos los estudiantes aprendan y se desarrollen plenamente. Posiblemente, el Sistema de Admisión Escolar genera tensiones porque ponemos al centro las pruebas estandarizadas como indicador de calidad, como si todos los estudiantes fueran iguales y tuvieran las mismas metas para la vida. Sin embargo, la excelencia educativa no debería medirse por la capacidad de excluir, sino por la capacidad de enseñar con calidad a una comunidad diversa. De ese modo, se busca garantizar la igualdad de oportunidades para todos los estudiantes.

Las aulas inclusivas ofrecen, además, una oportunidad formativa irremplazable. En ellas, niños, niñas y jóvenes aprenden no solo contenidos académicos, sino que también habilidades fundamentales para la vida en sociedad: la colaboración, el respeto por las diferencias, la empatía, la convivencia democrática y el reconocimiento del valor que aporta cada persona desde su singularidad. La diversidad no constituye un obstáculo para el aprendizaje; es una de sus mayores riquezas.

Si aspiramos a una educación que prepare para la vida y no únicamente para competir en rankings o pruebas estandarizadas, debemos fortalecer los espacios donde estudiantes de distintos orígenes puedan encontrarse, aprender juntos y construir proyectos comunes. Para ello, también necesitamos reforzar la formación inicial docente y capacitar a profesores para trabajar con esa diversidad.

El debate sobre la selección escolar trasciende una discusión técnica o administrativa. Se trata de decidir qué tipo de sociedad queremos construir. Una educación comprometida con la inclusión, la equidad y el reconocimiento de la diversidad es también una apuesta por una sociedad más justa, cohesionada y democrática. Retroceder en ese camino sería renunciar a uno de los principios fundamentales que orientan nuestra tarea en la educación: que cada estudiante, independientemente de su origen o condición, tenga las mismas oportunidades para aprender, participar y proyectar su futuro.

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