En política, las ideas siempre deben prevalecer por sobre los profesionales de la política, que son quienes las utilizan como relato o como gestión de gobierno.
En los tiempos que corren da la sensación que la realidad social juega un partido de lados opuestos que suponen ideologías, aunque el ciudadano común que se supone politizado, solo se limita a discutir en un infructuoso debate que separa a “nosotros de ellos”.
En referencia a este tema, en 1960 Daniel Beli publicaba “El fin de las ideologías”, argumentando que los grandes debates utópicos se habían desgastado en términos políticos y económicos, lo que refrendó desde otra óptica en 1989 Francis Fukuyama con “El fin de la historia”, dónde propone dar por terminada la discusión post caída del muro de Berlín asumiendo que la democracia liberal y el capitalismo habían triunfado sobre cualquier otra ideología o forma de gobierno.
En realidad, no parece que en todos los países, tal como lo sugería Fukuyama, se viva una democracia liberal capitalista, aunque debemos considerar por separado a los tipos de gobierno que asemejan ser una democracia, respecto a las ideologías que aún existen aunque estén archivadas en un desván.
El viejo socialismo, la izquierda bolivariana y el falso progresismo, no constituyen la izquierda, así como el viejo capitalismo acumulativo, el conservadurismo y el falso liberalismo libertario, no constituyen la derecha.
En tal sentido, la izquierda y la derecha son lados y no representan ideologías, sino opuestos sin demasiado contenido.
La inestabilidad que genera inmediatez, la insatisfacción social, la voracidad económica concentrada y la volatilidad tecnológica, son factores determinantes que, más allá del rumbo de la evolución política, económica y social, generan la desconfianza sobre el futuro por lo infinito de la incertidumbre.
Desestimados los modelos de largo plazo, las ideas son la acción y la acción se circunscribe a situaciones que exigen la integración de un neoprogresismo y de un neocapitalismo, la que da como resultado una neopolítica centrada en el pragmatismo, que es estrategia y gestión para la acción y para volver a la estrategia en un movimiento recursivo.
Ya no serán los grandes relatos los que se impongan, sino programas que generen beneficio social con el equilibrio de acelerar el crecimiento económico, el que además de promover a la economía como motor, debe considerar los progresos sociales en términos de sostenibilidad, inclusión y equidad.
Y así gobernar será gestionar la libertad con responsabilidad, donde hay reglas pero no jaulas. En definitiva el neoprogresismo necesita del neocapitalismo y viceversa.
Entonces, ¿Qué es el pragmatismo como idea política?
Es una forma de proponer para después gobernar sobre los factores críticos que hacen a la evolución del país y de la sociedad, no uno u otro, sino ambos a la vez. No es posible pensar en términos de país sin pensar en la sociedad y viceversa.
Ese pragmatismo exige, al menos, de tres conceptos clave: Tiempo, talento y renuncia o desapego.
El tiempo implica hacer foco en el corto plazo frente a la imposibilidad de asegurar el largo plazo, aunque se defina un destino deseable.
El talento para entender la evolución y diversificar las habilidades requeridas para afrontarla.
La renuncia o desapego, implica dejar de vivir de la experiencia pasada y usarla para afrontar nuevas experiencias.
Hacer del pragmatismo un concepto clave para evolucionar, exige profesionales de la política orientados a dar respuesta a la inmediatez pero centrados en la convicción acerca de un destino, dejando atrás el relato de vida autorreferente, propia de políticos con ilusiones populistas individualistas.
Aquí aparece una neopolítica que será la que proponga construir el puente cultural, que es el puente de la evolución que conduce a las transformaciones prometidas desde una campaña o desde un gobierno.
Pero, como en todas las disciplinas, siempre hay un talento y un inútil,
En política siempre está el temor a ser inútil, que se manifiesta en desconocer la evolución y lo que conduce a ser un autócrata o darse cuenta y educarse. Nada fácil.
Sin dudas, hay ideologías aunque los extremos ignorantes las han deformado. Ideologías que por sí mismas no resuelven los problemas ni cumplen promesas, sino que son una base conceptual integrada que le da a un gobernante y a un político, la posibilidad de acercarse a la realidad.
Es que la realidad es la única verdad, y frente a eso la neopolítica será el arte de hacer lo que hay que hacer.