Se dice que la grandeza de una sociedad se mide por cómo trata a los más frágiles. El escándalo de los niños haitianos cuyo paradero hoy se desconoce demuestra cuánto nos falta para estar a la altura como país.
Hace algunos años, Chile entero se movilizó para rescatar a los 33 mineros atrapados en la mina San José. El Estado redireccionó recursos, convocó a expertos y comprometió todo su prestigio en una sola misión: rescatarlos con vida. Hoy la Administración de José Antonio Kast enfrenta una prueba moral comparable. No puede ahorrar esfuerzos ni recursos para saber qué ocurrió con cada niño que ingresó al país bajo la promesa de una reunificación familiar.
En derecho penal existe un concepto llamado “posición de garante”. Quien asume el deber de proteger un bien jurídico, no puede simplemente desentenderse de su suerte. Si Chile permitió el ingreso de estos menores con fines de reunificación familiar, entonces el Estado asumió precisamente esa posición: la obligación de velar porque esa promesa se cumpliera. No haber sido capaz siquiera de conocer el destino de todos ellos revela algo más profundo que un error administrativo: la indiferencia de una burocracia acostumbrada a cumplir procedimientos sin verificar si estos se corresponden con la realidad.
Por eso, ante esta grave urgencia, la prioridad debe ser encontrar a los niños y luego determinar responsabilidades. Vivimos en una sociedad demasiado acostumbrada a la denuncia inmediata y a la búsqueda apresurada de culpables, como si señalar con el dedo fuera suficiente para tranquilizar la conciencia. Pero ninguna acusación reemplaza la verdad. Y la verdad, en este caso, exige que el Estado, la sociedad civil y todas las instituciones involucradas desplieguen sus mejores esfuerzos para esclarecer qué ocurrió.
Este episodio debería, además, obligarnos a una reflexión más amplia. Tras años de turbulencias sociales, en que cada identitarismo operó como una verdadera oficina de lobby para instalar sus agendas e intereses, es hora de que Chile decida, como nación, priorizar la infancia. Porque es allí donde se previenen las heridas que más tarde lamentamos como sociedad. Solo la inversión en niñez, permite generar ciudadanos que sean honrados para que no delincan; sanos para que no colapsen los hospitales; educados para que impulsen la economía y el desarrollo; con valores, para que se preocupen por su prójimo.
Mientras no comprendamos eso, no debería sorprendernos que países como EE.UU. nos amenacen con subir aranceles por importar productos producidos con trabajo forzoso; o que descubramos, con horror, que existen niños cuyo paradero desconocemos. Una sociedad que pierde de vista a sus niños termina perdiéndose a sí misma.
En el imaginario popular, algunos sostienen que el País de Nunca Jamás de Peter Pan sería en realidad una metáfora del limbo, habitado por niños perdidos. Ojalá esa imagen siga siendo solo un cuento, porque si Chile no hace todos los esfuerzos posibles por encontrar a los cientos —o quizás miles— de niños haitianos que ingresaron a nuestro país, Nunca Jamás va a pasar a convertirse en una pesadilla. Y hay tragedias que una democracia no puede permitirse repetir nunca jamás.