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El último canon posible

Quizás porque cambiaron para siempre la manera de escribir canciones, de entender el estudio de grabación, de concebir el álbum como una obra artística y de relacionar la música con el cine, el diseño, la moda y la conversación pública. Pero también porque el mundo cambió junto con ellos.

Que exista un Día Mundial de los Beatles no sorprende. Lo verdaderamente sorprendente es que ninguna otra banda parezca merecerlo con la misma naturalidad.

Cada 25 de junio se recuerda la interpretación de All You Need Is Love durante Our World, la primera transmisión televisiva vía satélite que conectó simultáneamente a decenas de países en 1967. Más de 400 millones de personas vieron la misma canción al mismo tiempo. No era sólo el estreno de un sencillo. Era la demostración de que la música podía hablar un idioma universal.

La iniciativa nació en 2009 impulsada por la fan estadounidense Faith Cohen y, con los años, terminó siendo reconocida oficialmente por Apple Corps. Pero la existencia de un día dedicado a los Beatles dice mucho más sobre nosotros que sobre ellos.

Vivimos una época donde todo parece discutible. Cada generación construye sus propios referentes, los algoritmos personalizan nuestros gustos y la abundancia de música disponible hace cada vez más difícil compartir un mismo imaginario cultural. Nunca escuchamos tanta música. Nunca escuchamos menos las mismas canciones.

Es ahí donde aparece la verdadera singularidad de los Beatles. No son el mejor grupo de la historia porque eso sea indiscutible. Son el último canon posible porque pertenecen a una época en que todavía era posible que el mundo compartiera un mismo canon.

Después vinieron artistas inmensos. Michael Jackson, Madonna, U2, Nirvana, Radiohead, Beyoncé o Taylor Swift modificaron la historia de la música desde lugares distintos. Todos generaron admiración y también rechazo. Todos pertenecen, de algún modo, a comunidades específicas. Los Beatles, en cambio, parecen haber quedado fuera de esa lógica. Su importancia dejó de depender del gusto para instalarse en el territorio de la cultura.

Quizás porque cambiaron para siempre la manera de escribir canciones, de entender el estudio de grabación, de concebir el álbum como una obra artística y de relacionar la música con el cine, el diseño, la moda y la conversación pública. Pero también porque el mundo cambió junto con ellos. Millones de personas recorrieron simultáneamente el camino que iba desde Please Please Me hasta Abbey Road, creciendo al ritmo de una banda que también parecía descubrirse a sí misma disco tras disco.

Hoy esa experiencia resulta casi imposible. Los artistas siguen evolucionando, pero cada uno lo hace frente a audiencias fragmentadas, distribuidas entre plataformas, nichos y algoritmos diferentes. Ya no existe un centro cultural compartido. Existen miles.

Quizás por eso seguimos celebrando a los Beatles cada 25 de junio. No sólo porque revolucionaron la música popular, sino porque fueron la última banda capaz de convertirse en una experiencia compartida por el mundo entero.

Y tal vez esa haya sido su obra más extraordinaria: no sólo cambiar la historia de la música popular, sino demostrar que, alguna vez, una canción fue capaz de hacer que el mundo entero sintiera que estaba escuchando lo mismo.

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Quizás porque cambiaron para siempre la manera de escribir canciones, de entender el estudio de grabación, de concebir el álbum como una obra artística y de relacionar la música con el cine, el diseño, la moda y la conversación pública. Pero también porque el mundo cambió junto con ellos.

Foto del Columnista Mauricio Jürgensen Mauricio Jürgensen