Cada 16 de junio, el Día Internacional de la Biotecnología nos recuerda que el progreso de un país no depende solo de lo que extrae de la tierra, sino también de lo que es capaz de crear con conocimiento. En un mundo marcado por crisis sanitarias, climáticas y productivas, la biotecnología, cada vez más articulada con la inteligencia artificial (IA) y la investigación aplicada, se ha convertido en una herramienta estratégica para la salud, los alimentos, el medioambiente y la diversificación industrial.
En Chile esta discusión es especialmente urgente. El país ha avanzado en definir una estrategia nacional de biotecnología y en dar mayor certeza regulatoria a desarrollos agrícolas basados en nuevas técnicas de mejoramiento, como parte de una agenda que busca fortalecer la innovación local, la seguridad alimentaria y la adaptación al cambio climático. A ello se suma el impulso al proyecto de Ley de Transferencia de Tecnología y Conocimiento, que apunta a transformar la ciencia en innovación, emprendimiento, nuevas industrias y crecimiento económico. Ese giro es importante, porque deja claro que la biotecnología ya no es una promesa lejana: es una condición para competir y sostener sectores clave de la economía.
Sin embargo, todavía persiste una contradicción evidente. Nuestro país aspira a transitar desde un modelo extractivo hacia uno basado en conocimiento, pero sigue dependiendo en gran medida de insumos biotecnológicos desarrollados fuera de sus fronteras. En áreas como la vitivinicultura, la acuicultura y la agroindustria, esa dependencia no solo encarece los procesos, sino que también limita la capacidad del país para responder con autonomía a sus propias condiciones territoriales y productivas.
En este contexto, destaca el trabajo de un equipo de la Universidad de Santiago de Chile, en colaboración con la Universidad de Chile y el Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA), que desarrolla una plataforma para generar nuevas cepas de levaduras locales adaptadas a las necesidades de los sectores vitivinícola y acuícola. Esta iniciativa, que combina capacidades biotecnológicas con herramientas de IA, busca crear una base de cepas nativas, caracterizar su diversidad genética y avanzar hacia variedades con potencial de uso industrial, con aplicaciones que van desde la enología hasta el fortalecimiento del sistema inmune de peces.
Por eso es tan relevante pensar la biotecnología desde y para Chile. No se trata únicamente de incorporar tecnologías de punta, sino de desarrollar capacidades locales para diseñar, adaptar y producir soluciones propias. Allí están las cepas de microorganismos nativos, las herramientas para mejorar cultivos, los desarrollos orientados a la salud animal y humana, y las aplicaciones industriales que pueden dar origen a nuevas empresas de base científico-tecnológica, en línea con una estrategia país que busca no solo consumir IA, sino también diseñarla, entrenarla y generar empleo desde Chile.
La contingencia de este 16 de junio debería servir para algo más que una conmemoración. Debiera abrir una conversación sobre soberanía científica, financiamiento sostenido y articulación efectiva entre universidades, centros de investigación, Estado e industria. En ese camino, el fortalecimiento de infraestructura para IA, desde cómputo y conectividad hasta energía competitiva, centros de datos y talento especializado, aparece como un complemento clave para acelerar la investigación aplicada y su transferencia al sector productivo.
La verdadera modernización productiva no siempre se ve a simple vista. A veces comienza en algo microscópico: una levadura local, una bacteria bien caracterizada, una planta mejor adaptada o un proceso industrial más limpio. En esos detalles invisibles se juega buena parte del futuro económico y científico del país. Y si Chile quiere dejar de depender del conocimiento ajeno y avanzar hacia una economía basada en innovación, la biotecnología debe ocupar el lugar que merece en su proyecto de desarrollo.