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EXITOINA

La EXITOINA no solo la consumen los hiperfamosos, los que están en el olimpo a punto de considerarse dioses o mitos, sino que la consumen los propios pueblos, los políticos, los empresarios y todos aquellos que viven de logros excesivos.

Hace unos años, el recordado escritor uruguayo Eduardo Galeano, un verdadero pensador urbano amante del fútbol, cercano a lo popular y rebelde con causa, hacía un análisis respecto de las diferencias entre Diego Maradona y Lionel Messi. Su conclusión no se basaba en mediciones, ya que la vida no se sostiene ni en mediciones ni rankings, sino en el recorrido personal, en el origen, entorno y otros condimentos que le permitieron afirmar que Maradona era un personaje irrepetible más allá del juego, cuya actitud lo llevó a ser un “Dios”, un “Dios sucio” tan terrenal como necesario.

De allí que la tormentosa vida “del Diez” marcada por la pobreza; la gloria; la caída y la eternidad de un mito, podía explicarse desde la “EXITOINA”, una droga mucho más peligrosa y difícil de dominar que cualquier otra que Diego haya consumido y sufrido.

La EXITOINA es una adicción al éxito y a la conquista, a sostener una popularidad que agobia pero que a la vez seduce, haciendo perder el punto de referencia hasta que en el triste final, quien la consume termina siendo víctima de su propia gloria.

Pero la EXITOINA no sólo la consumen los hiperfamosos, los que están en el olimpo a punto de considerarse dioses o mitos, sino que la consumen los propios pueblos, los políticos, los empresarios y todos aquellos que viven de logros excesivos, que generan tensión permanente que devenga en una psicopatía exitosa interminable.

El fútbol es un claro ejemplo.

La Argentina ha vivido un proceso exitoso y glorioso en los últimos 6 años con títulos continentales y una copa del mundo, que erigen a sus jugadores como héroes y a Messi como el “mesías” necesario, imprescindible, el mejor de todos. Messi solo juega excelsamente a la pelota, solo eso. Ese proceso nubla realidades, y ganarle a Angola un amistoso se transforma casi en una cuestión de Estado. EXITOINA para el pueblo.

Chile vivió el mismo proceso ganando dos copas américa, creyendo ser el equipo superior del continente, olvidando que esas dos copas fueron sus últimos logros.

Confundir un momento de logros por la gloria eterna, que después se demostró que no lo era, hizo que Chile fútbol pase de ser odiado a ser el hazmerreír de la región futbolera.

La EXITOINA también la consumen los empresarios, que cegados por el éxito que alimenta aún más la voracidad, pasan por encima de las buenas prácticas suponiendo inmunidad por tener acceso al poder pagando por no ser. Tal vez eso los haga impopulares, pero protagonistas.

Algo parecido a la corrupción y al pago por prostitución es pura coincidencia. Los verdaderos mitos empresarios no necesitan de eso, porque son los que marcan el ritmo de la evolución más allá de su intención de riqueza (¿Gates? ¿Jobs? Puede ser).

En política, la droga del éxito es aún más peligrosa.

La falta de medida en su consumo puede generar delirios de poder en dictadores de alto perfil, que muestran públicamente su poder mesiánico para adormecer pero también para amedrentar a las masas. La droga del éxito en dictaduras conduce a guerras, a pobreza, a violencia, al terror. Ya sabemos de esto.

Pero no es menos grave y es un toque de atención, cuando la EXITOINA es consumida por políticos que se suponen exitosos frente a un espejo y que con el avance de la adicción pierden toda noción de la realidad, creyéndose salvadores y semidioses de una sociedad que puede pasar peligrosamente de una democracia a una autocracia, de la mano de los brujos asociados al adicto.

No hay cura para la EXITOINA, lo que existe es el golpe de realidad que lleva al adicto a la euforia a la depresión, porque el adicto a la EXITOINA sin éxito no vuelve, sino que se extingue salvo que sea un mito de verdad, como lo fue Diego en el análisis de Galeano.

En la política es fundamental no caer en esa adicción y eso es tocando tierra de forma permanente, olvidando la grandilocuencia que hace creer a los pueblos lo que no son, y que los lleva de la esperanza a la sensación de fracaso interminable.

El político responsable no consume EXITOINA, entiende que su protagonismo solo sirve para generar los acuerdos que permitan tomar las decisiones que beneficien a un colectivo y no a su intento de gloria personal.

Porque la gloria se conquista a partir del reconocimiento permanente de los que han sido beneficiados por una conducción política exitosa, es decir, la gente común, y no por creerse omnipotente practicando frente a su espejo.

Creerse un león cuando apenas se es un gatito, no tiene remedio.

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La EXITOINA no solo la consumen los hiperfamosos, los que están en el olimpo a punto de considerarse dioses o mitos, sino que la consumen los propios pueblos, los políticos, los empresarios y todos aquellos que viven de logros excesivos.

Foto del Columnista Guillermo Bilancio Guillermo Bilancio

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