Está muy arraigado el mito de que la creatividad es un don de la infancia, que es algo que se tiene o no se tiene, y que la escuela o las pantallas pueden celebrar, pero difícilmente pueden enseñar. A mi parecer, esa idea es cómoda y conveniente considerando que la investigación la desmiente desde hace décadas. Joy Paul Guilford planteó a mediados del siglo pasado que esa capacidad tiene componentes identificables, medibles y que generar respuestas múltiples y originales es el núcleo de la creatividad.
Luego, Ellis Paul Torrance dedicó su carrera a demostrarlo, reafirmando la idea que se trata de una habilidad que puede cultivar cualquier persona. El pensamiento creativo no es un talento reservado para algunos ni una etapa que se supera con la edad. Es una capacidad que se entrena, que se necesita a lo largo de toda la vida, y que depende en buena medida de las oportunidades que la sociedad decide o no ofrecer.
Esa es precisamente la dimensión que la OCDE ha puesto en el centro en los últimos años. En la prueba PISA 2022, por primera vez, se midió el pensamiento creativo a escala global y se evidenció que las condiciones que rodean ese desarrollo importan mucho, porque es muy distinto cuando hay tiempo para explorar, tareas abiertas, espacio para equivocarse y adultos que valoran las respuestas. En Chile tenemos algo sobre lo cual construir, ya que nuestras niñas y niños muestran potencial para la divergencia, para imaginar escenarios y generar historias. Lo que los datos también muestran es que nos cuesta más evaluar qué idea es mejor, mejorarla y aplicarla para resolver un problema social o científico. La chispa está ahí y lo que falta es entrenar el foco y el propósito.
El debate que hoy sacude a Chile sobre cómo responder al involucramiento de adolescentes en delitos graves, debería llevar también esta pregunta: ¿qué hicimos (o no hicimos) para desarrollar en esos jóvenes las capacidades que los hacen menos vulnerables? La investigadora Ann S. Masten, una de las personas más influyentes en el estudio de la resiliencia, documentó que los factores que protegen a niñas, niños y adolescentes ante la adversidad no son extraordinarios, sino aspectos muy concretos como la posibilidad de desarrollar capacidades, contar con adultos significativos y tener oportunidades reales para crecer. El pensamiento creativo, la resolución de problemas y la flexibilidad cognitiva figuran entre los factores protectores comprobados. Ninguno opera solo ni garantiza nada por sí mismo, pero su ausencia deja a los jóvenes con menos herramientas para enfrentar un mundo que les exige respuestas que nadie les enseñó a construir.
La ecología educativa de niñas y niños incluye los espacios educativos y familiares, pero también el uso de pantallas, lo que implica una responsabilidad que los adultos no podemos delegar. Respecto de estas últimas, pueden ser una buena herramienta para entrenar el pensamiento creativo, pero solo cuando hay detrás un diseño intencional y adultos que comprenden lo que ese contenido produce. Cuando hay una guía adecuada, se puede hacer algo mucho más exigente y valioso, como plantear preguntas, mostrar procesos, legitimar el error y conectar la curiosidad con problemas reales. Sherri Hope Culver, directora del Centro de Alfabetización Mediática de la Universidad de Temple y Cátedra UNESCO, ha documentado que la comprensión mediática de un niño o niña (qué consume, cuánto tiempo dedica y cómo se relaciona con ello) está influida directamente por la calidad del contenido que se le ofrece. Según su investigación, esa calidad debe fortalecer, entre otras cosas, el pensamiento crítico y cultivar una mente abierta al aprendizaje. Un niño o niña que aprende a generar ideas, a cuestionarlas, a mejorarlas y a usarlas para transformar algo en su entorno está ejercitando una forma de agencia pública que va mucho más allá del entretenimiento. Y aquí es importante ampliar el argumento, pues esto no es solo cosa de niños.
La OCDE es explícita al afirmar que el pensamiento creativo es necesario a lo largo de toda la vida, y que puede fomentarse en distintos contextos educativos, incluida la educación de adultos. Si lo que queremos es una sociedad capaz de imaginar futuros distintos y de construirlos, necesitamos tomarnos en serio el pensamiento creativo en todas las edades.
Dirigir un canal público infantil y cultural representa una oportunidad singular, pues su razón de ser radica en el valor que aporta a la sociedad. Eso obliga a preguntarse si ofrecemos contenidos que solo celebran la creatividad, como la idea de que algunos nacen creativos y otros no, o diseñamos experiencias en las que niñas y niños pueden recorrer el proceso completo e imaginar, elegir, construir, equivocarse, mejorar y compartir. Ahí la creatividad deja de ser decoración y se convierte en práctica ciudadana.
Desde esa experiencia, mi convicción es que el pensamiento creativo no es un lujo ni un adorno artístico. Es, en la práctica, una forma de alfabetización pública. Entrenarlo desde la infancia y a lo largo de toda la vida, con rigor y respeto por las distintas maneras de pensar, es una responsabilidad compartida entre escuelas, familias y medios. Es una tarea que hay que tomar en serio, pues hacerlo permite que el país se convierta en un laboratorio de futuros posibles, donde cada niña y niño ensaya una respuesta propia a la pregunta más urgente de todas: ¿qué mundo quiero ayudar a imaginar y construir?