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Un Chile sin relato

La mayoría de los chilenos dice sentirse orgullosa de serlo y se identifica con Chile sin reservas. Y sin embargo, no compartimos una misma identidad.

“Si quieres conocer una cultura, escucha sus historias. Si quieres cambiar una cultura, cambia las historias”, escribió Michael Margolis.

Durante décadas Chile contaba una historia clara sobre sí mismo. Era el jaguar de América Latina, el alumno aventajado de la región, el país que se ponía de pie después de cada terremoto y volvía a crecer más rápido que sus vecinos. Esa historia traía una promesa concreta para las personas: casa propia, mejor educación, más empleo, salarios que subían. Ordenaba el esfuerzo individual y colectivo hacia un mismo horizonte.

Pero esa misma historia fue siendo disputada. Desde 2006 fue creciendo, marcha tras marcha, un relato distinto: el de un país que maquillaba el abuso con cifras macro. Cada ciclo social sumaba un nuevo capítulo, hasta instalar la idea de que Chile era uno de los países más desiguales del mundo. La tensión entre relatos llegó a su punto cúlmine cuando días antes del estallido, el gobierno describía a Chile como un oasis en medio de una región convulsionada.

El 18 de octubre de 2019 hizo explícita esa fractura. Lo revelador es que desde entonces conviven varios relatos, pero ninguno mira hacia adelante. La izquierda post gobierno de Boric instaló como parte de su legado que logró normalizar el país que tanto quería cambiar. La derecha promete un orden perdido que hay que restaurar: mira hacia un pasado que quiere recuperar. Franco Parisi capturó a casi dos de cada diez votantes hablándole al chileno que atribuye lo logrado a su propio esfuerzo, sin comunidad, sin respaldo estatal, sin relato colectivo detrás.

Esto no es falta de apego al país. La mayoría de los chilenos dice sentirse orgullosa de serlo y se identifica con Chile sin reservas. El problema de fondo es otro: lo que se perdió no es un dato de identidad, es un sueño que ordenara ese orgullo hacia algún lugar. 

Esa ausencia tiene un costo. Sin un relato que explique para qué sirve resignar algo hoy a cambio de un beneficio mañana, cualquier reforma que lo exija pierde el argumento que la sostiene, sea tributaria, previsional o de aguas. Cada actor calcula únicamente su costo inmediato y bloquea. La cohesión social no es un valor decorativo: es la condición que permite que la política construya en lugar de solo repartir el desgaste heredado.

Ninguna institución, hoy, puede demostrarle a alguien que aportar a lo común, pagar impuestos, cumplir la ley, le devuelve más de lo que consigue por su cuenta. El resultado es un país de historias privadas que no logran conectarse unas con otras.

Y una nación donde cada quien se cuenta su propia historia es el terreno más fácil para cualquier oferta populista. No necesita competir con nadie sobre un proyecto país, porque no hay ninguno en la cancha contra el cual competir. Le basta con hablarle directo a esa historia privada, fragmentar audiencias y ofrecer algo inmediato a cambio de apoyo, sin más justificación que esa oferta. 

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